Hay muchas dimensiones en la extensa encíclica del papa Francisco, Laudato si’: una meditación en ecología bíblica, una discusión de política ambiental, una crítica al consumismo e incluso una reflexión en los peligros de los medios sociales. Lo que todo el mundo quiere saber, por supuesto, es si el Papa toma partido en el debate más polarizante. Y lo toma claramente.
Después de este documento, no puede caber ninguna duda de dónde está parado Francisco en la gran discusión de nuestros tiempos. Pero no me refiero a la discusión entre liberalismo y conservadurismo. Estoy hablando del debate entre dinamistas y catastrofistas.
Los dinamistas son personas que ven la modernidad de nuestro siglo XXI básicamente como el avance de una civilización exitosa hacia un futuro que será mejor que el pasado. No niegan que existan los problemas pero creen que podremos sortearlos gracias a la innovación, al tiempo que mantenemos un rumbo cada vez más rico, cada vez más liberado.
Los dinamistas de la izquierda tienden a poner su fe en el gobierno tecnocrático; los dinamistas de la derecha, en el genio del libre mercado. Pero las dos corrientes suponen que la modernidad es una historia de éxito cuyos mejores días están por venir.
Los catastrofistas, por su parte, ven una civilización global que, a pesar de todos sus logros, se está volviendo más atomizada y balcanizada, más en quiebra moral, más despojada ambientalmente. Lo que es más: piensan que las cosas no pueden seguir así, que la trayectoria por la que vamos va a concluir en una crisis, un desastre, un colapso.
Al igual que los dinamistas, los catastrofistas pueden ser de izquierda o de derecha, según pongan de relieve diferentes factores de nuestra inminente desaparición. Pero están unidos en la creencia de que los arreglos actuales están condenados al fracaso y que sólo una verdadera revolución podrá salvarnos.
Esta es la posición del papa Francisco y el tema dominante de su encíclica. Como esperaban muchos liberales y temían algunos conservadores, el documento contiene un llamado a la acción contra el cambio climático, que sin duda hará que los republicanos se retuerzan durante las campañas políticas que están por venir.
Pero leer Laudato si’ simplemente como un argumento en favor de tomar en serio el cambio climático sería perdernos de la profundidad de su crítica, que se extiende al “paradigma tecnológico” completo de nuestra civilización, a todas las formas (económicas y culturales) en que vivimos en la actualidad.
Éste es un documento alineado con el consenso científico sobre el clima que critica duramente la mentalidad científica moderna como si fuera en efecto un error de 500 años. Es un documento que exhorta a la acción global, que incluso aboga por una “nueva autoridad política mundial” pero que está empapado en un franco desdén por la clase dirigente establecida.
Es un documento que insta a dejar atrás los combustibles fósiles y que, al mismo tiempo, critica el principal camino para hacerlo -el régimen de cuotas intercambiables- por considerarlo tan “rápido y fácil”, tan comprometido con los intereses creados y la avaricia, que no permite “el cambio radical que requieren las circunstancias presentes”.
Y si bien contiene pasajes llenos de esperanza, las líneas más mordaces de la encíclica son apocalípticas: "Ya no pueden tomarse las predicciones del juicio final con ironía o desdén. Bien podríamos estar dejándoles a las generaciones por venir un legado de desechos, desolación y basura".
Esta mordacidad es lo que realmente distingue a Laudato si' de anteriores documentos papales.
Los predecesores de Francisco intentaron su propia versión de este doble juego: exhortar a los católicos a reconocer la devastación ambiental como manifestación del individualismo que la Iglesia siempre ha condenado, invitando al mismo tiempo a los laicos a considerar alternativas religiosas a nuestra forma actual de vida.
Pero su urgencia, su ámbito y su sabor apocalíptico podrían hacer que Laudato si’ sea más influyente, más capaz de hacer pensar desde otro punto de vista a laicos y religiosos por igual.
Sin embargo, su catastrofismo también hace que el Papa esté más expuesto a las críticas empíricas. Por ejemplo, no maneja las evidencias suficientes de que los pobres de este mundo se hayan vuelto más pobres precisamente dentro del sistema mundial que condena; una realidad que ha complicado las implicaciones para el ambientalismo.
Tampoco se resuelven debidamente las cuestiones relacionadas con el crecimiento demográfico. Si la restricción de recursos realmente es tan grave como implica el Sumo Pontífice, y el poder de las soluciones técnicas es tan limitado, no está del todo claro cómo es que el planeta va a sostener a una población que crece continuamente tal como implica la visión de la Iglesia Católica respecto del matrimonio y la fecundidad.
Para presentar de manera creíble el argumento de que una raza humana formada por miles de millones de personas puede seguir teniendo familias grandes se necesita una visión del futuro humano más dinamista, digamos, que la que contiene esta encíclica.
Por último, es posible creer que está ocurriendo el cambio climático y, al mismo tiempo, dudar de que eso haga “ciertamente insostenible el actual sistema mundial”, como propone el Papa. Quizá nos enfrentemos, más bien, a una serie de problemas crónicos pero manejables; quizá, de hecho, se pueda posponer indefinidamente el “cambio radical”.
En efecto, quizá nuestro futuro inmediato no encaje ni en la visión dinamista ni en la catastrofista.
Podríamos haber entrado en una especie de posición estancada, una decadencia sustentable, en la que los problemas que identifica el papa Francisco bullen pero sin alcanzar un punto tal que cambien al mundo.
En ese caso, la profunda crítica que merece nuestra civilización tendrá que avanzar sin la amenaza de la destrucción inminente. Los argumentos de Laudato si’ seguirán resonando pero tendrán que estructurarse en torno de otro peligro: no el miedo de que no puedan durar los males particulares de nuestra edad, sino de que, de hecho, duren indefinidamente.