Algunos suelen pensar que el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner cambió su modelo cuando decidió el ingreso de Juan Carlos Fábrega como presidente del Banco Central y aceptó aplicar una devaluación del 20% y, posteriormente, una brusca suba de la tasa de interés que frenó al dólar blue pero también a la economía.
En ese momento, los más críticos se solazaban afirmando que el Gobierno se había visto necesitado a tomar medidas ortodoxas. En realidad, los funcionarios, encabezados por el ministro Kicillof no se sentían muy cómodos, pero tampoco la Presidenta. Nos obstante, los anuncios de retiro parcial de subsidios a los servicios públicos parecían confirmar que había cambios en el "modelo".
Pero en realidad era todo fantasía. Las decisiones que tomó el Banco Central solo eran transitorias, para calmar el vendaval, pero hacían falta decisiones de fondo, o sea, un plan serio y creíble para ir bajando la inflación, que es el verdadero problema.
Un diagnóstico equivocado
El Gobierno festejó las decisiones del BCRA y el ministro Kicillof se encargó de aclarar la filosofía. Primero, negó que los aumentos de precios representaran inflación, porque algunos precios bajaban. Luego dijo que los aumentos de precios eran el resultado de una puja distributiva producto de las bondades del modelo que ponía plata en manos de los ciudadanos.
Eran las consecuencias de un "círculo virtuoso".
Lógicamente, rechazó los planteos acerca del rol que tiene el gasto público, el déficit y la expansión monetaria, argumentando que solo eran explicaciones "neoliberales", y que el gasto público nunca era inflacionario porque la inflación "no es un proceso de origen monetario sino de puja distributiva".
Estos argumentos se vieron reflejados en las decisiones que se tomaron posteriormente. Hubo un crecimiento en la emisión monetaria para financiar gasto público creciente y las únicas medidas tomadas estuvieron en relación al programa Precios Cuidados, donde se ponen precios referenciales a no más de 300 productos, cuando los índices de precios se elaboran midiendo más de 15.000.
Esta concepción no le ha permitido ver que el margen que les dio la devaluación realizada ya fue consumido por la inflación (o suba de precios) y esto es algo que sucede cuando se opera con mala praxis. Nunca se hace una devaluación sola sin tomar decisiones destinadas a frenar la expansión monetaria. Que se traspase toda la inflación a precios es un fracaso clarísimo de la medida, y esto es algo que el titular del BCRA advirtió.
Pero ahora enfrentan otro problema ligado al modelo conceptual que aplica el Gobierno. Dado que los exportadores deben venderle obligatoriamente las divisas al BCRA, este tiene que emitir moneda para comprarla, pero debe venderles divisas a los importadores. Esto funcionaría si no tuviera que hacer frente a pagos de la deuda externa. Salen los dólares y quedan los pesos boyando, que el BCRA no alcanza a absorber.
Por eso la suba brusca de la tasa, pero esto tiene un efecto transitorio, ya que el BCRA se endeuda en sumas muy grande que terminan en el mercado junto con el capital. La solución es frenar el chorro y para eso hay que frenar el gasto.
Hoy el ministro Kicillof se pelea con Fábrega para que baje la tasa de interés, porque parte de la base que es el elemento que ha paralizado la economía. Lo que el Ministro no quiere ver es que lo que frena el consumo y la economía es la inflación, porque carcome el poder adquisitivo del salario en forma generalizada, aún a los que no pueden acceder a créditos.
Hay que cambiar la fórmula
Evidentemente, el Gobierno está atado a un modelo que, casi en forma dogmática, no admite discusión. Tan grave es la ceguera que la mayoría de las decisiones adoptadas han sido para expandir el gasto. Si bien son gastos sociales, no hay medidas serias de baja que las compensen, ya que los anunciados retiros de subsidios son parciales y casi inocuos frente a la proyección de mayores gastos anunciada.
Hoy la economía está estancada. Hay una clara caída de la producción industrial mientras el consumo lleva 4 meses continuos de caída con una tasa de inflación del 35% y una pérdida de confianza y credibilidad. Hasta en La Salada admiten que las ventas se caen después del día 15 de cada mes.
Kicillof es el segundo funcionario de peor imagen luego del vicepresidente Boudou. No hay interlocutores confiables, salvo el presidente del BCRA, pero todos saben que él no puede tomar las decisiones que hacen falta.
No hacen falta grandes golpes de timón, sino medidas razonables que transmitan un cambio de expectativas de mediano plazo. Ya todos advierten que el problema no es que no sepan la respuesta, sino que no conocen la pregunta, y eso es muy complicado.
