Lobesia botrana: casi una de cada tres viñas de Mendoza tiene alta población

Foto: Ignacio Blanco / Los Andes
Foto: Ignacio Blanco / Los Andes

De 150 mil hectáreas en la provincia, aproximadamente 45 mil hectáreas tienen alta presencia de la polilla de la vid. La plaga genera estragos y se necesitan $ 2.000 millones para reducirla.

La Lobesia botrana o polilla de la vid es una plaga que no da tregua a la vitivinicultura: según datos de Iscamen (Instituto de Sanidad y Calidad Agropecuaria de Mendoza), sólo en la provincia hay presencia de ese insecto en 135.000 ha de vides y, de ésas, unas 45.000 ha tienen altas poblaciones. Ese último número representa cerca de un 30% de las 150.000 ha de viñas en Mendoza, y asociaciones de productores piden un combate a larga escala.

Hay que recordar que esta polilla, que entró en el nuevo milenio a la provincia, fue combatida con fuerza hasta 2019, cuando empezaron a mermar los fondos para su combate. A partir de entonces, en los últimos 3 años, se han realizado campañas de contención, pero la plaga volvió a crecer donde no llegaban los recursos. El abandono de fincas y su falta de curaciones, generó otro foco para que el animal pueda reproducirse y afectar a los vecinos.

Guillermo Azin, coordinador del programa Lobesia, Carpocapsa y Grafolita del Iscamen, sostiene que “lo recomendable es volver a campañas de grandes áreas” y, como ejemplo, señala el trabajo en el Oasis Sur, donde casi no se detectan daños de Lobesia. Sin embargo, la situación es muy heterogénea en el Valle de Uco, en el Este y en el Norte provincial, con zonas que crecen y otras que bajan en poblaciones de polilla.

Esta última temporada, los problemas aumentaron por dos razones principales. La primera fue que nuevamente se optó por una campaña de contención de la plaga, que implica menos inversión que una campaña de erradicación. La segunda fue que los fondos para comprar insecticidas y feromonas de confusión sexual llegaron recién en agosto, cuando para esa fecha ya deberían haberse comprado los insumos.

“He visto zonas con 10% de daño y otras con el 100% de pérdida. La plaga está muy dispersa. Si se bajan las acciones de control, la explosión será muy rápida y, al final de la campaña, tendríamos pérdidas muy graves, más aún si hay lluvias, por la botritis”, comentó Azin. Vale aclarar que la Lobesia botrana se llama así porque, cuando el insecto daña la uva, aumenta el riesgo de botritis.

El daño en la producción

Desde el Centro de Viñateros y Bodegueros del Este, su director ejecutivo, Mauro Sosa, comentó que no manejan con exactitud el dato de cuántas hectáreas están afectadas con altas poblaciones de Lobesia botrana, pero que “no le asombraría” que fuera el 30% que mencionan en el Iscamen.

“Hay zonas que una temporada se dejaron de lado mientras que se priorizaban otras. Entonces, donde no había plaga puede ser que ahora sí haya. Es muy difícil medir porque hay muchos viñedos abandonados. Ahí se multiplica la plaga y contamina al vecino, que invierte todos los años en curaciones y después, igual, no le rinde la producción”, describió Sosa.

Este referente criticó que los últimos programas de combate hayan sido con bajos presupuestos y desfasados en el tiempo. Si no se actúa pronto, “podemos retroceder a niveles peligrosos”, con un fuerte impacto en la producción. Además, recordó que la plaga entró desde Chile por un mal control que hizo Senasa de una maquinaria, por lo que sostiene (al igual que muchos en el sector) que la responsabilidad del pago es del Estado nacional.

En la mirada de Edgardo Roby, directivo de la Asociación de Productores del Oasis Este de Mendoza (Aproem), el problema “es muy sencillo: yo gasto en curar, pero si mi vecino no cura, entonces la plaga también me afecta”. En ese sentido, cree que no se debe esperar que cada persona actúe por su cuenta, sino que se debería invertir en combates a gran escala, con entrega de feromonas y uso de aviones con productos especiales.

Según cuenta Roby en su caso personal, sus viñas de Sauvignon Blanc en Andrade (Rivadavia) tuvieron daños por Lobesia, pero afortunadamente “no fue un daño significativo”. Lo llamativo es que él sí había aplicado tratamientos pero, al parecer, algún vecino no lo hizo.

“Cuando el primer año se hizo un combate fuerte, al principio hubo mucha resistencia, pero los aviones fumigadores pasaron por todos lados y aparte se repartieron insumos a los productores. Desconozco si el avión es la forma más eficaz. Sí te digo que las feromonas están haciendo un buen efecto”, comentó Roby. Además, para importar esas feromonas se necesita saber que estará el dinero para hacer los encargos con tiempo.

Para Sosa, “no se toma conciencia de que esto debe ser una política de Estado y cada año hay que rogar fondos a un gobierno provincial y a otro nacional”. Así, se preguntó: “¿Qué hace falta para que los funcionarios vean que se necesita una atención especial como en 2018, cuando fue un programa impactante que redujo las poblaciones? Ahora ya no es sólo un problema de Mendoza”. Según datos del Iscamen, por ejemplo, en San Juan hay 40.000 ha con presencia de la plaga.

Los fondos necesarios

Guillermo Azin recordó que en 2021 no hubo certezas sobre los fondos, lo que generó que los importadores no trajeran suficientes difusores de feromonas (en su mayoría, se importan desde Japón). “La expectativa de la campaña pasada fue nula hasta agosto, cuando la provincia dispuso de $ 600 millones y luego la Nación puso $ 356 millones. Para hacer las cosas bien se calculaban necesarios casi $ 1.200 millones”, detalló Azin.

Más allá de contar con menos recursos de lo necesario, la demora implicó reacomodarse en el momento según lo disponible en el mercado. Algunos privados compraron sus propios insecticidas, cubriendo entre 4.000 y 5.000 ha. En años previos, el gobierno cobraba a productores de más de 10 hectáreas un valor de alrededor de $ 1.500 por la campaña, pero eso ya no se hace.

¿Cuánto puede costar este año una campaña para empezar a bajar los niveles? Azin calcula al menos unos $ 2.000 millones, con dos aplicaciones de insecticidas en 140.000 ha, difusores en 60.000 ha problemáticas de ese total (130 dólares oficiales por ha) y feromonas pulverizables en 30.000 ha con menor población (dentro de las 140.000 ha ya comentadas). También habría que generar certezas de fondos entre abril y mayo, para que en agosto ya estén los difusores.

El ministro de Economía y Energía, Enrique Vaquié, comentó a este medio que la provincia se ha hecho cargo de la mayoría de los gastos y que mantener a raya la polilla de la vid costará este año más de $ 2.000 millones. “Si bien es cierto que el Gobierno nacional nos ha dado fondos en los últimos años, fueron fondos que no llegaban ni a un tercio de lo que costaba mantenerla. Se agradece la plata que nos enviaron, pero hacía falta mucho más”, afirmó.

En 2015 el justicialismo votó una ley nacional para dar estabilidad al programa contra la Lobesia y, para Vaquié, lo más sensato sería hacer eso mismo. Así, habría una ley “que diga con claridad” no sólo cuánto dinero habría para 2022, sino “con vista a cuatro o cinco años cuántos fondos va a destinar el Gobierno nacional, para que podamos tener previsibilidad todos: desde el gobierno provincial para disponer la diferencia y, desde los productores, para ver qué hacer”.

En el Desayuno de Coviar 2022, el pasado sábado 5 de marzo, Julián Domínguez, ministro de Agricultura, Ganadería y Pesca de Argentina, hizo mención a la polilla de la vid y coincidió con que sería “necesario” contar con una ley que brinde estabilidad al combate contra la plaga. Al respecto, también adelantó que el Estado Nacional aportará fondos por $ 900 millones, aunque no especificó cómo sería el reparto.

Investigar la plaga y cómo combatirla

En la EEA Mendoza del INTA, Violeta Becerra es la responsable del Laboratorio de Fitofarmacia y Manejo Integrado de Plagas. Según explica, desde 2010 vienen investigando la biología del insecto tanto a campo como laboratorio, lo que les ha permitido obtener varios parámetros biológicos necesarios para el manejo de la plaga y probar herramientas de control como pesticidas y difusores de feromonas de confusión sexual.

“Hemos hecho ensayos para productores orgánicos, con productos orgánicos y las feromonas que están permitidas”, comentó Becerra. Además, han analizado los residuos de insecticidas en la uva y en vino elaborado (con la bodega experimental del INTA), un tema que es muy importante cuidar a la hora de exportar a mercados como Estados Unidos o a la Unión Europea.

Otra línea de investigación es sobre controles biológicos en Mendoza, como algunos insectos y microorganismos que afectan el desarrollo de la polilla de la vid. En cuanto a la técnica de confusión sexual, que evita que el macho encuentre a la hembra, permitiría no dañar a otros insectos y reducir el uso de insecticidas, algo buscado por la producción orgánica o agroecológica.

Además, en el INTA han elaborado modelos matemáticos para detectar en qué momento aparece la Lobesia, ya que si un año es muy frío, el insecto aparecerá después, mientras que si es un año cálido, aparecerá antes. “Se estudian modelos matemáticos para ayudar al Iscamen y que den las alertas al productor para hacer las aplicaciones. Todo es una suma de estudios que también ofrecemos al productor en capacitaciones y formaciones”, concluyó Becerra.

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