14 de diciembre de 2012 - 23:25

La fiebre de Madonna en River

La artista presentó ayer MDNA Tour. El show empezó con retraso porque ella no se sentía bien.

La noche del jueves, en su primera presentación de The MDNA Tour en el Estadio Monumental, las luces se apagaron después de una hora y cuarto de demora. Hubo impaciencia generalizada e incluso hubo quienes atravesaron la indeseable contradicción interna de insultar a la artista que luego ovacionarían por casi dos horas. Allá ellos y ellas.

Pero el momento esperado, ansiado, desesperado -y envuelto en interrogantes cuando la espera superó el tiempo habitual- llegó y a las 23.15 la cancha quedó casi completamente a oscuras.

En el escenario, un coro de algunos ¿monjes?, un incensario alumbrándolo todo y un mantra en esas voces litúrgicas: “Madonna, Madonna, Madonna”. Como una plegaria. Cruces en las pantallas, una especie de catedral de fondo, un estallido como de cristales sonoros, y antes de que el escenario se convierta en backstage se revela ella, la reina del pop, que será por las próximas dos horas el centro inamovible de la atención, de las decenas de miles de ojos y orejas que casi colmaron el estadio de River.

Dividió el espectáculo en las cuatro etapas en las que lo viene haciendo desde que la gira empezó en Tel Aviv, Israel, en mayo de este año. “Transgression” fue la primera de ellas: empezó con la gran protagonista pidiendo perdón por sus pecados, jurando que en realidad muere por ser buena, y a esa súplica, cargada de ironía, le siguió el gran corte de difusión de su último disco, “Girl gone wild”.

Un poco después se enfrentó a tiros (tan ficticios como ruidosos) como todo su cuerpo de baile, los mató uno por uno, ganó cada batalla, y no se le movió un pelo, porque Madonna es de esas mujeres que además de vencer cada uno de sus desafíos, lo hace vestida, peinada y maquillada para matar. Y lo sabe. Así que “Revolver” y “Gang Bang” fueron la banda sonora de una pelea doméstica subida de tono y en el crucifijo de la habitación matrimonial se convirtió en un objeto digno de ser pisoteado una, dos, muchas veces, con tal de huir y atacar en el mismo movimiento. A ese segmento, en el que también se coló un clásico como “Papa don't preach” entre varias otras canciones, le siguió “Prophecy”.

Ciconne cambió el traje negro vinílico por uno de porrista. De la reina de las porristas. De porrista que tiene 54 años pero puede jugar a que tiene 16 o 17, total quién va a atreverse a discutirle a Madonna sus cambios de apariencia, si de ellos ha hecho una forma de ¿cuál es el verbo que le corresponde al adjetivo “vigente”? De reinventarse, de ser otra y mostrar en sus pantallas de alta definición su versión rubia, morocha, pelirroja, con camisa a cuadros, con un corset de conos, con kimono, y siguen las firmas.

“Express yourself” cantó, en uno de los momentos más altos del show, y envió un mensaje: coló el estribillo de “Born this way”, hit de la nueva estrella pop Lady Gaga, que deslumbró a River hace sólo un mes, y enseguida agregó, valiéndose de un verso propio. “She's not me” (“Ella no soy yo”).

Nadie se atreva a tocar a la vieja, que por si quedan dudas pone a su colega Nicki Minaj en un video de fondo proclamando: “Hay una sola sola reina, y esa es Madonna”. “Open your heart”, un tema de 1986, se fusiona con uno del último disco, “Turn up the radio”, con gusto a futuro clásico.

Sobre esas mismas pantallas desfilan una banana warholiana, y latas de tomate, y la mujer forzuda que devino emblema del feminismo. Son todos íconos de la cultura pop que le sirven de telón de fondo a Ciccone: ella es en sí misma otro de esos íconos que describen al siglo XX, y se pone en primer lugar.

Durante el segmento “Masculine / Femenine” sale la porrista y entra otra vez la Madonna que se viste de negro, que se viste de hombre para cantar su clásico “Vogue”, en un desfile en el que la ropa de cada uno de los bailarines es la mejor que podría encontrarse en cualquier fiesta de etiqueta. Y la de Madonna es la mejor que podría encontrarse en la mejor fiesta de etiqueta, porque, no hay que olvidarse, hay una sola reina. Ese fue el momento de la confesión, cuando se la veía bailar algo menos de lo habitual, dados sus shows ya convertidos en enormes puestas en escena en las que se resigna algo de voz en vivo para que el recorrido sobre el escenario, el baile, las acrobacias, justifiquen el playback.

“Tengo un poco de fiebre”, dijo. “No me acuerdo algunas partes de las canciones”, contó. Y la hora y cuarto de espera se explicaron en esas dos líneas, casi sollozantes. Es que hasta ese momento Madonna había puesto a su público a acompañarla desde el desafío habitual, desde la provocación interminable, y sobrevino la empatía.

“Voy a necesitar que me acompañen con sus voces en las canciones, Buenos Aires, y muchas gracias por recordarme mi nombre”, bromeó, después de que el Monumental entero lo coreara. Estaba lo más desnuda que se la vio la noche del jueves, después de sacarse su ropa de hombre y de despilfarrar todos los dólares que tenía pegados en el corset, cuando cantó “Don't cry for me, Argentina” entre lágrimas, acompañada sólo por un piano -y las voces del público que más debe reconocerse en esos versos en el mundo, que no es nada menor para una artista que ha atravesado tantas giras-.

Se sentía mal y se le notaba, a sus movimientos y a su voz. Y aprovechó ese momento de intimidad para proclamar su admiración por las mujeres que luchan contra la dominación patriarcal, contra quienes quieren darle un lugar que no merecen en el mundo o quieren acallarlas, incluso se refirió al conflicto que las Pussy Riot mantienen con el presidente ruso, Vladimir Putin, brindándoles su apoyo -algo que ya había expresado-.

Es cierto que el show no tuvo la energía que podría haberse esperado, o que no la tuvo de manera constante. Que al malestar generado por la espera se le sumó el propio de la artista, inevitable a pesar de su esfuerzo, porque cuando el cuerpo duele, no hay mucho que se pueda hacer. Pero nada de eso le impidió emocionar a su público, que la acompañó en un show en el que los clásicos de siempre no fueron tan dominantes como en sus presentaciones anteriores, pero no faltaron temas importantísimos de su discografía como “Human nature”.

El segmento final ya pasada la una de la madrugada del viernes, estuvo a la altura de su nombre: “Celebration”. El clásico “Like a prayer”, de la mano de su correspondiente coro gospel y una Madonna apropiándose de la bandera argentina, con una energía recuperada, encendieron al público en un último estertor.

Fue el momento más enérgico de la noche, y enseguida llegó el cierre, que mezcló las letras de “Celebration”, “Give it 2 me” y “Girl gone wild”. Las pantallas, los bailarines, las columnas que se elevaban y bajaban en el escenario, todo lleno de colores; una coreografía arrasadora, los escalones de las tribunas moviéndose de bajo de los pies que los usaban de pista de baile. Algunos se habrán ido a seguir esa fiesta -porque el final fue una indicutida fiesta- a algún boliche cercano, en la Costanera. Otros a descansar, como lo habrá hecho ella para presentarse nuevamente esta noche en River y el 22 en Córdoba.

Lo cierto es que Madonna, a esta altura de sus logros, muestra un ego inconmensurable: su gira se llama como ella, su nombre sobrevuela el escenario, sus monjes arriba y debajo de él la llaman, la invocan, y ella, todopoderosa, armada con revólveres, una guitarra voraz, una escenografía envolvente, una ropa audaz, una ausencia de ropa aún más audaz, sus canciones y la sensualidad de siempre, se hace cargo.

Pregunta si la aman mucho, si la aman mucho mucho mucho, si su público está tan caliente como ella jura estar. Y durante dos horas ninguna otra reina, de ninguna otra comarca del mundo, tiene tanto poder como ella.

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