La manifestación del pasado 8 de noviembre sirvió para desmontar la idea del país dividido, un discurso que tanto Gobierno como oposición, prensa adicta como crítica, vienen repitiendo deliberada o inconscientemente.
La manifestación del pasado 8 de noviembre sirvió para desmontar la idea del país dividido, un discurso que tanto Gobierno como oposición, prensa adicta como crítica, vienen repitiendo deliberada o inconscientemente.
¿Qué es un país -pueblo- dividido? Un país en el que coexisten concepciones opuestas sobre su organización o sus fines. Un país está dividido cuando la población en su mayoría se ha embanderado (voluntariamente o a la fuerza) en alguna de las facciones en pugna.
Debe haber cierta proporcionalidad entre la entidad y la fuerza de cada facción. No hablamos de país dividido en el caso de que exista una pequeña minoría disidente, ni tampoco en el caso de un poder despótico o una burocracia ineficaz y corrupta que obra en provecho propio y contra el bien común.
El desarrollo esencialmente pacífico y ordenado de la protesta estaría mostrando algo inadvertido. En un contexto de alta tensión o conflictividad social, concentrar grandes cantidades de manifestantes descontentos en muchas ciudades del país tiene un alto potencial de violencia.
Es posible explicar la ausencia de incidentes (excepto el caso aislado que fue difundido por los medios) de dos formas: un estricto disciplinamiento -cuasi militar- del kirchnerismo respecto de su base social, que impidió cualquier provocación o respuesta a provocación, o la discreta indiferencia de la población que no compartía la protesta, fuera o no beneficiaria de los sistemas de cooptación y clientelismo (desde grandes empresarios a sectores marginales) sobre los que se articulan las lealtades al gobierno.
En el primer caso estaríamos en presencia de un país realmente dividido, que acata sin objeciones ni despistes las directivas del poder. En el segundo caso, se trataría de grupos sociales conscientes de las limitaciones del interés que no están dispuestos a ir más allá de lo estrictamente exigible a cambio del beneficio concreto que reciben del poder. Razón calculadora, no militante.
En la política ¿qué mueve con mayor fuerza: el interés o la convicción? Para responder a la pregunta, además de motivos quizá también haya que diferenciar ámbitos.
El kirchnerismo no se destaca por su coherencia ideológica ni tampoco por la consolidación de estructuras eficaces de movilización: sus instrumentos principales son el temor y el interés. La persuasión no es lo suyo: el fracaso de su aparato de comunicación es un secreto a voces.
Maquiavelo, en estos casos, afirmaba sin vacilar la superioridad de los ejércitos ciudadanos (o nacionales) por sobre las tropas mercenarias, siempre sensibles al mejor postor. Para ir al frente o ganar la calle, mejor la convicción que el interés.
El 8N no mostró un país dividido sino a una importante porción de población descontenta y a otra importante porción que contempló la protesta en silencio, a la expectativa, sin el odio ni el apasionamiento confrontativo de los centros del poder. No hay un país dividido en torno a la acción del gobierno.
Pero esta división ficticia, que es un argumento deliberado del poder para reforzar su propia legitimidad o consenso y que es repetido por sectores críticos para cargar las tintas sobre una irritación del conflicto ideológico, oculta o enmascara la verdadera fractura social, que avanza sin prisa pero sin pausa desde hace décadas en nuestro país.
Aristóteles explicaba que una ciudad compuesta por ricos y pobres en realidad son dos ciudades conviviendo en un mismo espacio. Esas ciudades permanecen en un estado de guerra latente, a punto de estallar. Por eso adelantó, siglos antes de que el argumento se volviera explícito en la teoría social moderna, la idea de una fuerte clase media como elemento de unidad y estabilidad de la comunidad política.
Idealizar a la clase media tiene tan poco sentido como denostarla: lo suyo es el término medio, pocas veces virtuoso, generalmente mediocre. Es preciso que la clase media argentina se someta a una seria autocrítica, porque posee una responsabilidad principalísima en los derroteros políticos del país.
En cualquier caso, ni los oportunistas discursos que la alaban y la ponderan, ni los engañosos datos de las entidades internacionales sobre su estado actual, pueden ocultar su progresiva remisión, su agónico deterioro, que se potencia con las medidas gubernamentales: por un lado le otorgan beneficios injustificados y aumentan su irresponsabilidad (derechos sin deberes); por el otro le impiden el ahorro y le aplican impuestos confiscatorios.
Si no es posible sostener lo que ya existe, menos todavía cabe esperar que pueda aumentarse. Para expandir la clase media sería necesario transformar la matriz productiva del país y mejorar sustancialmente el sistema de la educación pública. Nunca estuvimos más lejos de esas metas. Mientras tanto, la brecha sigue creciendo.
Las opiniones vertidas en este espacio, no necesariamente coinciden con la línea editorial de Diario Los Andes.