26 de abril de 2014 - 22:11

La fariñización de la política

De la política farandulera de los años 90, cuando a los poderosos les encantaba retratarse con vedettes o con los más frívolos y famosos personajes mediáticos, llegamos a estos tiempos de la política fariñera, cuando mientras los poderosos se fotografían

Leo Fariña es un arquetipo de época fenomenal, un personaje de la farándula que se metió en política o, mejor dicho, un aventurero que gracias a la política logró hacerse famoso y formar parte del jet set farandulero. Comenzó como valijero del poder, trasladando los dineros sucios de un lugar a otro, en general "limpiándolos" para hacerlos retornar a su lugar de origen.

Gracias a sus amistades y sus talentos en ingeniería financiera fue pronto ascendido de valijero a la categoría superior de testaferro y empezaron a poner propiedades a su nombre. Fue entonces cuando el pícaro cometió un error que no se debe cometer en esos ambientes pero muy frecuente y tentador de cometer: el de creerse dueño de algunas de las propiedades colocadas a su nombre.

En términos más tradicionales, de "mexicanear" el botín de sus mandantes quedándose con una parte del mismo. Como era de prever, descubierto por los ladrones dueños que no están dispuestos a perdonar a los ladrones testaferros, le dijeron con todas las letras que si no devolvía la guita sería boleta. 

 Ante esa disyuntiva Leo Fariña, quien ya debió haberse gastado hasta el último peso, inventó una estratagema tan genial como audaz que ya venía preparando desde antes que lo descubrieran, por si las moscas. Se fue a hablar con Lanata y le contó todo, sabiendo que la única forma de salvarse ya no pasaba ni siquiera por devolver el dinero malhabido a los malhechores porque nunca lo perdonarían, sino por hacer público todo lo que sabía, obligando a los que lo querían matar a que se avinieran a negociar con él.

Efectivamente así ocurrió. Luego de hacer público todo el universo secreto de la patria testaferra como difícilmente nunca jamás algún otro implicado lo contará con tamaña frescura y lujo de detalles, fue llamado por los que lo que lo habían amenazado con matarlo, pero esta vez le dijeron que si se desdecía, le perdonarían la vida. Entonces el tránsfuga se arrepintió de haber confesado la verdad, quedándose con la plata y salvando la vida.

El modo que encontró de desmentir todo lo que  dijo a Lanata fue haciéndose entrevistar por las caras más afamadas de la farándula para que éstas lo protegieran banalizando mediáticamente el tema. Así se demostró, además, el cada vez mayor compromiso de la farándula televisiva con la corrupción política, síntoma de los nuevos tiempos.

No obstante, por más intentos de ocultamiento vía farandulización, cuando avance el reloj y la época actual sea historia, las confesiones tan detalladas de Fariña constituirán una de las radiografías más impactantes de la década, por su fabulosa capacidad para desnudar la verdad del poder, dentro de la cual este ser insignificante fue un mero chichipío y por eso cantó. Pero quizá su nombre quede en la historia porque ilustra con brillo superlativo la era de la fariñización de la política. Ésa donde todos son testaferros de todos.

De "A la cama con Moria" a Moria la progre. Durante el menemismo, los políticos se acercaban a los personajes de la farándula porque era con quienes se sentían más identificados culturalmente. Lo suyo era compartir veladas con vedettes mientras jugaban al póker con Sofovich y Rolo Puente y se aparecían en los más bizarros programas televisivos donde en vez de sillas había camas y los políticos respondían preguntas sobre su vida privada. Eran los tiempos en que la corrupción se ocultaba banalizando la política. Para eso servía el jet set.

Ahora la cultura del poder tiene pátinas de progresismo y entonces en vez de vedettes se fotografían con cantautores o poetas "comprometidos" creyendo que con eso basta para diferenciarse del menemismo. Pero no por ello la farándula ha sido excluida de la política sino que cumple otro papel, incluso más significativo que en el menemismo. Ahora no es la política la que va hacia la farándula, sino quien la convoca para que participe ocultamente en las cosas del poder. Los faranduleros pasan a ser perfectos testaferros que disimulan los negociados detrás de sus escandaletes de cabaret televisivo.

De eso se trata la fariñización de la política, la nueva obscenidad del poder, de mostrarse en toda su banalidad mediática para ocultar la profundidad de la corrupción en la que están metidos, aunque a la postre los delitos resulten descubiertos por los mismos deseos exhibicionistas de los testaferros.

Mientras Fariña se casaba destapando para miles de invitados botellas de Dom Perignon, la coartada resultaba válida porque era uno más de la trouppe de mediáticos faranduleros a los cuales la tevé transformaba en héroes. Lo que nadie esperaba es que apenas lo atraparan cantaría con tamaña afinación. Del mismo modo, Amado Boudou jamás debió imaginarse que sus amigos de bohemia gritarían a medio mundo los negocios en los que estaban metidos, incluso aún antes de cometerlos, por el mero placer que produce la mostración de lo que se tiene o se va a tener. Así como los peces, los Fariña y los Vandenbroele por la boca mueren.
 
La patria testaferra.
La farandulización y la fariñización son dos etapas del mismo continuum en la saga de la corrupción que ha ido transformando el sistema político argentino en una cosa absolutamente distinta a la de los inicios democráticos. En un primer paso, se banalizó la política al mismo tiempo que la coima tradicional se multiplicó por mil mediante el dinero fácil adquirido por las privatizaciones.

En un segundo paso, se ocultó tras la banalización a los testaferros de los nuevos negocios, los negocios "estatistas", esos mediante los cuales se crean nuevos ricos mediante subsidios, licitaciones y concesiones. Estamos en la "patria testaferra", etapa superior a la de la mera coima.

Junto a los personajes de la farándula, el poder convoca a los seres más ignotos para que también sirvan de testaferros. Los peluqueros son nombrados embajadores culturales; a los choferes se les regalan multimedios; los secretarios privados se compran departamentos en Puerto Madero al lado de los de sus patrones y los cajeros de banco devienen dueños de media Patagonia, como Patoruzú, pero no gracias a la herencia que le dejó Patoruzek sino a las licitaciones de obras públicas que ganan siempre porque las empresas que compiten son todas del mismo dueño. Hasta que un testaferro fuera de control cantó todo. Fariñizó todo.

Naturalización de la corrupción. Cuando la corrupción comienza a crecer dentro de las estructuras del poder hasta amenazar con hacerse estructural, hay dos formas de solucionar el problema: o atacarla en profundidad como si se tratara de un cáncer extendido, o amplificarla al sistema entero para que el confundirse con el mismo, deje de ser una anomalía y se convierta en la práctica frecuente, se normalice, se naturalice. y que por una razón u otra a nadie desde el poder le convenga hablar de ella.

A los que se benefician porque se benefician, a los que no se benefician directamente porque si no la toleran serán eyectados del poder. Incluso a los "progres" que hoy forman parte del gobierno o simpatizan con él y que en los 90 fueron los principales denunciantes mediáticos de la corrupción. Ellos dicen que hoy la denuncia contra la corrupción del poder es el caballito de batalla de la "derecha" para golpear a la "izquierda" que gobierna, exagerando sus "pocos" errores para atacar sus "muchas" virtudes.

Entonces, para no hacer el juego a la derecha, los mismos que desnudaron mejor que nadie la corrupción del menemismo hoy callan ante la corrupción del kirchnerismo. Callan todos y todo.

En pocas palabras, hoy de lo que se trata es de hacer tan grande a la corrupción para que ya nadie se ocupe de ella, porque sin ella no podría funcionar nada. La corrupción devenida en mecanismo esencial de funcionamiento del poder, no en su obstáculo. Aunque se funcione como la mona.

Del ascenso social al ascenso político. Más allá del menemismo, dellaruismo, duhaldismo o kirchnerismo este sistema comenzó cuando en la Argentina su tradicional movilidad social ascendente se detuvo y la política devino el único lugar donde ese ascenso pudo mantenerse. Eso condujo a que hoy hacer política sea la forma más fácil de enriquecimiento para los más audaces. Hay en ella menos riesgos y más ventajas que poner una empresa.
 
Lo más grave es ir presos, pero ir preso para un político es infinitamente más improbable que quebrar para un empresario. En todo caso para eso están los Fariña, las María Julia o los Jaimes Y si no alcanzan, los Boudou pero, más que por culpables, en tanto chivos expiatorios para que esos pocos paguen por los miles que no pagarán nunca.

Por eso cada vez más el poder político es el espacio donde la riqueza se enseñorea, donde se la da por sentada, donde se ha naturalizado que sus miembros (la nueva clase) deben vivir como  millonarios y salir de la política, si alguna vez salen, con su vida arreglada para siempre.

En síntesis, aunque no todos  los políticos sean corruptos, es desde la política donde se está construyendo la nueva oligarquía. Y será desde la política donde se consolide esta tendencia para siempre o donde se la decida combatir frontalmente para que el poder vuelva a servir a la sociedad y no a sí mismo, como ocurre cada vez más.

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