Enero 2013 viene más estridente que el promedio anual en lo que a extravagancias oficiales se refiere y eso es mucho decir. Se podría pensar que la comparación de Ho Chi Minh con San Martín no marca ningún pico estacional porque era otoño, en 2008, cuando Cristina Fernández comparó al libio Kadafi consigo misma y porque corría agosto, el año pasado, cuando Amado Boudou explicó la palmaria equivalencia de ambos Kirchner también con el Libertador (de lo cual se deduce que la propia CFK, por carácter transitivo, es igual a Ho Chi Minh). Pero era verano cuando la Presidenta dijo (2009) que Obama se parece a Perón, a quien copia -ella lo sugirió- después de haberlo leído.
Para esta misma época hace un año, el desinhibidor oficial de comentarios al paso se excitaba no ya con los top ten del heroísmo mundial. La Presidenta decía que había estado pensando en exponer en el atril de la Casa Rosada su glándula tiroides, se supone que sumergida en formol, para enfatizar el suceso de la extirpación. Es cierto que ni cuando se comparó con Napoleón ni cuando dijo sentirse la reencarnación de un gran arquitecto egipcio estábamos en verano. Pero acaso la escasez estival de iniciativas oficiales exalte hoy con creces el otro producto sostén de la factoría kirchnerista, las teatralizaciones: gesta liberadora de nuestra Fragata de las garras de esos africanos y sus sucios socios buitres; carta para aplicar un certero correctivo al ex contrabandista Ricardo Darín; fotografía de una valiente Vietcong que emerge de un túnel sonriente por haber vencido al imperialismo yanqui (ahora regenteado, enhorabuena, por un seguidor de Perón).
La historia, se sabe, es una cuestión elástica en el credo K. Un asunto opinable, con la sola condición de que quienes opinen libremente logren difundir su pensamiento a través de las oficinas de Presidencia de la Nación. Ése no fue el caso, este mes, del representante industrial José Ignacio de Mendiguren quien repitió, al parecer sin querer, una palabra tabú, horrible, aquella que en boca de Roberto Lavagna ya había sacado de las casillas al Gobierno el año pasado: la palabra “Rodrigazo”. Mendiguren, como Darín, siguió el camino de la penitencia. Tal vez le tocó rezar diez Kirchner nuestros.
Debe extraerse del episodio una enseñanza. Vamos, cualquiera no puede decir cualquier cosa, el concepto de Rodrigazo blasfema. Evoca un hiperajuste que en 1975 pretendió resolver la carrera de precios y salarios en un marco de inflación ascendente, posterior a una feliz temporada de variables controladas por el Estado. Además involucra a una presidenta viuda (olvidada con énfasis, en el campo de los derechos humanos, gracias a la tijera histórica oficial), quien se sorprendió al descubrir que hasta los gremialistas peronistas más verticales optan por la iracundia cuando la inflación destroza los salarios de sus representados.
Voceros del Gobierno consideraron temeraria toda mención del Rodrigazo, en especial por haber sido éste la antesala del golpe de 1976. Se referían al aspecto cronológico, sin entrar en el detalle de que Ricardo Zinn, mentor de la movida de aquel gobierno nacional y popular, devino asesor de Martínez de Hoz.
Última aclaración: no es que no se deba mencionar ninguna hecatombe histórica porque la gente se asusta. Menear 2001 es bueno.