Swallow: el horror oculto de los cuerpos que luchan

Destacándose como una de las sorpresas de este 2020, el debutante Carlo Mirabella-Davis dirige un sólido thriller sobre una mujer cuya única cuota de autonomía es la de tragar objetos, mientras intenta escapar de un matrimonio frívolo, lujoso y sofocante.

Swallow: el horror oculto de los cuerpos que luchan
Shallow es una gran sorpresa en el universo de los estrenos que aún no encontraron sala.

En un año tristemente caracterizado por las postergaciones de estrenos, la concentración del mercado y el cierre de las salas, ha quedado nuevamente en evidencia la necesidad (u obligación, dadas las circunstancias) de rastrear las buenas películas fuera de los catálogos de las plataformas de streaming. A ejemplos recomendados del 2020 como “First Cow”, “Babyteeth” o “Never Rarely Sometimes Always”, debe sumarse “Swallow”, un thriller psicológico que se anima a dar una tímida relectura al body horror de David Cronenberg. Su director es el debutante Carlo Mirabella-Davis, cuyo nombre seguramente comencemos a toparnos frecuentemente. Y con mérito justificado.

Hunter (Haley Bennett) es lo que comúnmente se conoce como esposa trofeo. Luce inmaculada, con su cabellera blonda y corta y las mejillas color manzana. Criada en una familia de clase trabajadora, está en pareja con Richie (Austin Stowell), un joven CEO adinerado, guapo y controlador. Ella limita su vida a deambular en una mansión buscando cuál cortina remendar, qué nivel del Candy Crush desbloquear en su teléfono móvil o, simplemente, qué baldosa volver a lustrar. Está prácticamente alienada: nada lo siente suyo. Al quedar embarazada (o “embarazados”, como diría su prometido), ya no ve posible un escape en su papel como madre de porcelana.

Inspirada por un libro de autoayuda, Hunter halla una cuota de autonomía en el hábito de tragar objetos, una patología llamada pica. Una canica, una tachuela, una piedra, una pila, un puñado de tierra… Toda una serie de fetiches con textura emocional que empiezan a cohabitar con el feto y que, luego, ella misma decide expulsarlos de su cuerpo y coleccionarlos, como si se trataran de los deseos que se obligó a suprimir.

Mirabella-Davis contó que, más allá de inspirarse indudablemente en clásicos de terror como “El bebé de Rosemary” (Rosemary’s Baby, 1968), de Roman Polanksi, o “Suspiria” (1977), de Dario Argento, quiso honrar la memoria de su abuela, quien en los años 50 había sido víctima de violencia de género. La mujer tenía una obsesión con la limpieza y cierto grado de misofobia, así que el marido decidió internarla en una institución psiquiátrica, donde la sometieron a una terapia de electrochoque y a una lobotomía.

“Siempre sentí que mi abuela estaba siendo castigada por no estar a la altura de las expectativas de la sociedad, de lo que ellos pensaban que debería ser una esposa o una madre, y quería hacer una película sobre eso”, reconoció el director en una entrevista brindada a The Playlist. Lavarse las manos no es demasiado cinematográfico, por lo que indagó en la extracción quirúrgica de objetos en una paciente con pica, de la cual había sido testigo: “Estaban desplegados como una excavación arqueológica, y quería saber qué atraía al enfermo a tragarse esos artefactos”.

La bellísima pero tétrica fotografía de Katelin Arizmendi, dotada de tonos pastel y un perenne resplandor rosa, es una doble experiencia sensorial: por un lado, la lujosa atmósfera creada por ventanales con vista al bosque infinito y, por el otro, la paulatina destrucción interna de la protagonista, inmersa en el horror íntimo en busca de una liberación. Además, la película se enriquece con un diseño de sonido con aura fincheriano y algunos momentos retorcidos que evocan bastante al cine de Yorgos Lanthimos.

Si bien es inevitable asociar la interpretación física de Bennett a la Jennifer Lawrence de “¡Madre!” (mother!, 2017), de Darren Aronofsky, quizás los parentescos acertados sean la Julianne Moore de “Safe” (1995), de Todd Haynes, o, más atrás en el tiempo, la Tippi Hedren de “Marnie” (1964), de Alfred Hitchcock. De todos modos, Mirabella-Davis establece sus propios códigos de narrativa visual y manejo de la tensión, sin caer en el molesto homenaje.

Quizá la queja pueda esgrimirse a la segunda mitad de “Swallow”, cuando el director renuncia a su laboratorio de estímulos y lo reemplaza por el trazo grueso del telefilme.

Para disgusto de su pareja y sus suegros, Hunter adquiere conciencia de los traumas del pasado y huye de la prisión de cristal. La confrontación con el responsable de su calvario le permite comprender que no es aquella muñeca sofocada con expectativas ajenas, sino una mujer fuerte, sagaz e independiente que puede cargar su mochila y ser la que decida sobre su destino. Ahí reside la riqueza de “Swallow”: dejar atrás la sofisticación y la hipocresía de los tabúes para dar paso a la acción librada de los mandatos sociales.

Swallow. Estados Unidos y Francia, 2020. Dirección y guion: Carlo Mirabella-Davis. Dirección de fotografía: Katelin Arizmendi. Música: Nathan Halpern. Edición: Joe Murphy. Protagonistas: Haley Bennett, Austin Stowell, Elizabeth Marvel, David Rasche y Denis O’Hare. Duración: 94 minutos.

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