Otro año más sin Celia Cruz, la cantante que juró no volver a Cuba mientras Fidel Castro gobernara

Otro año más sin Celia Cruz, la cantante que juró no volver a Cuba mientras Fidel Castro gobernara
Celia Cruz, símbolo de Cuba y de Estados Unidos. (Foto: AP).

En un nuevo aniversario de la muerte de la reina de la salsa, recordamos el episodio que marcó su vida. La muerte de su madre y el destierro que ordenó el gobierno comunista.

Era la Cumbre de las Américas del año 1993 y el productor Quincy Jones había invitado a Liza Minnelli, Vicky Carr y a Celia Cruz a participar del evento, que se iba a hacer en Miami, con la presencia de todos los presidentes latinoamericanos y de Estados Unidos, que era en ese momento Bill Clinton. Un escenario de cara a todo el continente.

Así recordaba en sus memorias Celia Cruz ese día: “Yo salí a cantar mi tradicional ‘Guantanamera’, y en una parte de la misma que lleva un solo de violín aproveché para decirles: ‘Señores presidentes, por favor, en nombre de mis compatriotas, no ayuden más a Fidel Castro, para que se vaya y nos deje una Cuba libre de comunismo’. Lo que hice ese día me nació del alma y causó un tremendo escándalo, pero era necesario hacerlo. En mi país hay gente que va a la cárcel durante muchos años por decir lo que dije ese día. En esa Cumbre, Dios me dio la oportunidad de hablar ante esos presidentes y no podía dejarla pasar. Si no, hubiera sido como darle la espalda a todos mis principios más básicos”.

Hoy se cumple un año más sin Celia Cruz, la “guarachera”, la reina, la “queen of salsa” (tal como la conocían en Nueva York), y también la valiente detractora del comunismo. Falleció de cáncer el 16 de julio de 2003, en Nueva Jersey.

Había nacido 77 años antes en La Habana, Cuba, una ciudad que la llenó de nostalgias casi toda su vida. La anécdota de la Cumbre de las Américas tiene como trasfondo haber sido desterrada de su patria.

Durante toda su carrera, Úrsula Hilaria Celia de la Caridad Cruz, una de las voces latinoamericanas más importantes del siglo XX, sufrió en carne propia las consecuencias de un mundo dividido en dos. Negaba siempre el papel político del artista, aunque ella misma defendiera el anticomunismo en sus actuaciones, al punto de convertirse en un símbolo de la lucha por la Cuba libre, un conflicto que resuena todavía hasta hoy. “”Soy una artista y cuando entra la política en una discusión, el arte sale por la ventana. Aprendí eso hace mucho tiempo”, dijo en “Celia, mi vida” (2004). Pero el hecho que marcó su vida, y su forma de pensar, puede rastrearse con facilidad en su biografía.

Hacia el exilio

Los primeros meses de 1959, cuando triunfa la Revolución Cubana, Celia Cruz los recordaba con “terribles angustias”. Por esos años ya era considerada la voz más importante de la isla, pues era la cantante de La Sonora Matancera. “El régimen se apoderó de todas las compañías, de todos los negocios, de todas las emisoras de radio y de la televisión. La situación se convirtió en un desmadre. Al régimen no le importaba la libertad de expresión artística para nada. Así que la Sonora y yo tomamos la decisión de irnos a México y trabajar allí, en donde sí había trabajo garantizado”, escribió.

“Un día el señor Quevedo, director de la revista Bohemia, me dijo que Fidel ‘El Diablo’ quería conocerme. ‘Fidel te quiere conocer, dice que en la Sierra Maestra limpiaba el fusil escuchándote cantar Burundanga’ me dijo. Le contesté: ‘Si a ese señor le interesa conocerme, que venga él a donde estoy yo’. En esos días Fidel todavía se disfrazaba de buena gente. Pero había algo en mí que me hacía rechazarlo, y no me equivoqué”, escribió la cantante.

El punto límite fue cuando, después de un concierto en el teatro Blanquita, donde Fidel Castro estaba presente, el director artístico del lugar se negó a pagarle su actuación. ¿La razón? Ella se había retirado del escenario rápidamente, sin hacerle la “reverencia al comandante”. “‘Si me tengo que rebajar para tener dinero, prefiero no tenerlo’”, le contestó.

“Conforme pasaba el tiempo, la desconfianza aumentaba. Los que un día fueron amigos y a veces hasta familiares se fueron convirtiendo en espías. Hermano hería a hermano, todo por temor a ese demonio que no es nadie sin el arma del terror. Esos diablos no nacen, se hacen. Es la gente a la que manipulan quien les da poder. Aun no entiendo por qué el pueblo cubano no se dio cuenta de eso antes de que fuera demasiado tarde”, lamentaba.

Durante ese año, la Revolución implantó la propaganda en todos los medios de comunicación y los artistas, como decía ella, tenían que “cantarle vítores al régimen”, lo que la llevó a pensar en la posibilidad de abandonar la isla junto a La Sonora.

El permiso para salir del país lo obtuvo Rogelio Martínez, el recordado director de la agrupación. Ella confesó que nunca supo cómo es que pudo obtener, en ese contexto, un salvoconducto de esa clase. Al día siguiente salieron todos en un vuelo hacia México y ella no volvió nunca más a Cuba.

Así evocaba el día de su exilio: “En el aeropuerto, sin saber que era la última vez, sentí el sol de Cuba brillar en ese cielo. Me viré para atrás y vi a Ollita, mi madre, sonriente en la terraza de la terminal, y le soplé un beso. Tía Ana se paró detrás de ella y le puso una mano en el hombro, como diciéndole que no la iba a dejar sola. Eso me tranquilizó. Ahora me alegro de que en ese momento no supiera que esa sería la última vez que volvería a ver a mi madre. De lo contrario, nunca me hubieran arrancado de sus brazos”.

Continuó: “Cuando salimos del espacio aéreo cubano y ya estábamos por entrar en México, Rogelio nos dijo: ‘Caballeros…’ y viró los ojos para mirarme a mí, ‘éste es un vuelo que no tiene regreso’. Todos nos quedamos fríos. Algunos de los muchachos se pusieron a llorar. Recuerdo que Pedro [Knight, su futuro marido y trompetista del grupo] se quedó serio, me apretó la mano y yo solté el llanto. Dejé a mi mamá, dejé mi tierra, dejé mi vida, mi familia y a tantos amigos. Mi vida, tal como la conocía, había desaparecido para siempre”.

La enemistad quedó sellada cuando, en 1961, su madre enfermó y Fidel Castro le prohibió el ingreso a Cuba para estar con ella. El comandante nunca le perdonó que la voz más representativa de su país hubiera decidido exiliarse en vez de sumarse a la gesta revolucionaria. El día que murió Ollita, entre un infinito llanto, Celia decidió que no iba a pisar nunca más el suelo cubano hasta que no desapareciera ese sistema. Lo cumplió con una convicción que, con los años, se volvió una militancia activa contra el comunismo. Y tiempo antes de morir, había decidido reposar en el cementerio Woodlawn de Nueva York.

A lo largo de las décadas, pasó de ser actriz de telenovelas mexicanas a intérprete de relevancia continental, al punto que fue nombrada por el Museo de Historia de América de la Smithsonian Institution como un ícono de Estados Unidos tras su muerte. Un verdadero reconocimiento en un país en el que, antes de desterrada, era considerada poco menos que una espía comunista. De hecho, la visa que le negaron durante los 50′ le fue otorgada en 1960.

Celia Cruz convirtió el doloroso exilio en una música que hoy es símbolo de alegría y de esperanza. Sus exclamaciones como “¡Azúcar!” o sus frases como que “la vida es un carnaval” no nos dejan adivinar las penas. Podría decirse que ella fue el testimonio vivo de que la música puede consolar los más terribles sufrimientos.

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