martes 11 de mayo de2021

Il sorpasso: una cátedra de lenguaje cinematográfico al rescate de nuestra alienación
Vittorio Gassman y Jean-Louis Trintignant en "Il Sorpasso" (1962)
Espectáculos

Il sorpasso: una cátedra de lenguaje cinematográfico al rescate de nuestra alienación

La película de 1962 dirigida por Dino Risi no solo es una de las referentes de la commedia all’italiana y una postal de la posguerra, sino también un grito revolucionario contra los temores y las exigencias infundadas.

Il sorpasso: una cátedra de lenguaje cinematográfico al rescate de nuestra alienación
Vittorio Gassman y Jean-Louis Trintignant en "Il Sorpasso" (1962)

Ferragosto. Los habitantes de la Roma de la primavera económica de los años 60 abandonan la ciudad para ir a la playa. La quietud escénica, que por momentos evoca al neorrealismo de la década anterior, es interrumpida por la presencia de un querible chanta, a bordo de su descapotable Lancia Aurelia y a una velocidad que le hace cometer infracciones en cada esquina. Él busca un teléfono público, pero lo que encuentra son persianas bajas. Hasta que se detiene al costado del camino a tomar agua del grifo y, enfrente, el rostro de un apocado joven asoma desde el balcón de un departamento. Parece ser su esperanza, el único que registra su existencia, así que lo interpela: “Oiga, usted. ¿Qué hace? ¿Se escapa?”.

Una sola línea le bastó a Dino Risi para construir de principio a fin “Il Sorpasso” (1962), una cátedra de lenguaje cinematográfico. Además de ser una postal fiel de la Italia posguerra, la película ratifica que una historia no solo es lo que se cuenta, sino la manera de contarla.

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Quien escribe estas líneas detesta utilizar la primera persona. Nada más aburrido que la autorreferencialidad en desmedro de las demás voces. Pero cuando algo logra alterar la fibra más oculta, es imposible evitar el escape de las emociones. Y es el cine (o el arte en general) el que mejor posibilita los recursos para que esas sensaciones puedan volverse ecuménicas.

Mi vínculo con la película de Risi va más allá de cualquier piropo a sus logros artísticos, que la han coronado, con justicia, como una de las referentes de la commedia all’italiana. Revisitarla es siempre reflejarme en ese tímido, introvertido y desventurado Roberto Mariani encarnado por Jean-Louis Trintignant, enfrascado en sus temores y responsabilidades autoinfundadas. Hasta que otra persona, una de carácter inquieto, canchero y experimentado como el Bruno Cortona de Vittorio Gassman, le confía que es posible adoptar otra filosofía, lanzarse sin calculadora en mano y trincar el destino, aunque nada asegure esquivar los infortunios.

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Precisamente en el filme, Roberto estudia abogacía y está enamorado de una vecina, a quien no se anima a decirle ni la hora desde su ventana contigua. Advertido de esta penitencia, Bruno convence a Roberto de llevarlo de viaje para divertirse juntos, propuesta a la que el joven accede pese a las serias reticencias que guarda.

Los diálogos de Rodolfo Sonego y el guion firmado por Risi, Ettore Scola y Ruggero Maccari construyen a sus dos protagonistas desde rabiosos y veloces diálogos: la película rara vez se queda en silencio. Por un lado, la desenvoltura verbal de Bruno, quien está un paso adelante de lo que digan los demás (las llaves que asegura cargar en el departamento de Roberto, la simpática solución de la multa en su auto, el accidente con la comida...). Distinto al titubeo de Roberto, cuya conciencia (en una funcional voz en off) es la encargada de cimentar su neurosis y el conflicto interior.

A pesar de los soberbios libretos, el realizador italiano no descuida la puesta en escena de “Il sorpasso”: la imagen significa por sí misma sin traducirse al parloteo. En contrapunto a la Roma vacía y simétrica, se vale del dinamismo interno en las escenas en trattorias a la vera del camino o en la agitada playa del tramo final. Se suma la elección de los encuadres para captar las andanzas en la ruta del dúo protagonista, la actitud de Bruno al volante, el juego con los espejos retrovisores...

Si bien es inevitable la melancolía, en especial en lo que respecta a la cárcel interna de Roberto, “Il Sorpasso” no se avergüenza de respetar el esquema de la road movie, es decir, dos seres opuestos que se complementan y enfrentan sus conflictos en la carretera de manera episódica.

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El filme también es un canto a la recuperación económica y social de Italia después de la Segunda Guerra Mundial. Al ritmo de pegadizos temas como “Guarda come dondolo” (“Mirá cómo me balanceo”), Bruno y Roberto recorren las regiones de Lazio y Toscana, donde el consumo, la liberación de la juventud y la búsqueda de ascenso social marcan el pulso. La expansión cultural, por supuesto, también condiciona. En un momento, Bruno menciona la alienación de “moda” y hace un guiño irónico al cine de Michelangelo Antonioni, en particular a “El eclipse” (L’eclisse, 1962): “Me dormí una buena siesta. ¡Gran director Antonioni!”.

“La escapada”, como se tradujo la película en el mercado hispanoamericano, debe ser uno de los títulos menos inspirados que existen (y eso que la lista es vasta). Pero la lengua es una construcción social: nos hemos adueñado del “sorpasso” para referirnos a cada oportunidad en la que algo se nos adelanta, nos supera, nos rebasa. Como a Bruno, quien huye de su matrimonio fallido y elude las diferencias con su joven hija Lilli (Catherine Spaak), enamorada de un veterano. Lo mismo con Roberto, presionado por los deberes familiares y urgido de adoptar la elocuencia de su nuevo amigo.

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Hay quienes dicen que el abrupto desenlace de “Il sorpasso” castiga el hedonismo. Que Risi no hace más que camuflar a través de la sátira una comedia conservadora. Que al final poco importa el regocijo espiritual de los humanos porque el sistema, más temprano que tarde, los hará regresar a su rumbo de corrección y explotación. Pero también hay quienes prefieren atesorar el grito que antes suelta Roberto en la ruta zigzagueante, mientras alienta a su compañero Bruno a sobrepasar a los demás sujetos inertes en sus rutinas: “¡He pasado contigo los días más hermosos de mi vida!”. Si hay algo más revolucionario que la felicidad, no quiero saberlo.

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