miércoles 2 de diciembre de 2020

Cuatro obras del cine de 1999: El club de la pelea, Magnolia, Todo sobre mi madre y Sexto Sentido.
Espectáculos

1999: ¿por qué es el último año memorable del cine?

Al borde de la paranoia del nuevo milenio, los directores supieron canalizar las inquietudes del ser humano y expandir las fronteras artísticas, justo antes de que la industria adoptara un modelo menos riesgoso y más predecible.

Cuatro obras del cine de 1999: El club de la pelea, Magnolia, Todo sobre mi madre y Sexto Sentido.

Hubo una época en que las películas más vistas no eran en su mayoría un eslabón más de franquicias gigantescas ni tenían guiones constreñidos por la discusión de turno en las redes sociales. Y no hace falta regresar precisamente a los años 1939 o 1974 (bah, o cualquiera de la década de los ’70).

Una serie de relatos interconectados sobre la culpa y la soledad con una ejecución magistral. Un padre de familia que ridiculiza los ideales norteamericanos. Cinco hermanas llevadas a la muerte por la presión de los mandatos sociales. Un portal directo a la mente de la persona más envidiada. Un oficinista hastiado de la parafernalia consumista... Todas son historias que salieron el mismo año, justo al borde de la paranoia por el nuevo milenio y la posterior adopción de un modelo más seguro, pero también predecible, monótono y superficial. ¿Por qué 1999 es el último año memorable del cine?

Entre 1997 y 1998, el DVD había experimentado una explosión en ventas, desplazando al VHS como formato estándar para consumir una película en casa. Con la posibilidad de alquiler, el negocio se triplicaba para los estudios. En consecuencia, las ganancias les permitían brindar una mayor oferta de producciones, incluso las de directores cuyos proyectos no siempre obtenían el aprecio inmediato de los ejecutivos.

Es sabido que los de 20th Century Fox nunca expresaron demasiado entusiasmo por “El club de la pelea” (Fight Club, 1999). Pese a las alabanzas que dediquemos al filme por su abordaje de las emociones reprimidas y la violencia del sistema, el fallido desempeño en taquilla le dio la razón al estudio. No obstante, la película de David Fincher se convirtió en un suceso en DVD (el primer clásico de “culto” de su era), generó cientos de análisis sociológicos y se posicionó como una especie de presagio del colapso del 11-S en 2001 o la crisis en 2008.

Esa desesperanza de la recordada cinta de Fincher se repitió en el patetismo de los personajes de “Belleza americana” (American Beauty), el debut fílmico de Sam Mendes que se llevó el Oscar a mejor película.

También en 1999 asomaron Spike Jonze y Charlie Kaufman con “¿Quieres ser John Malkovich?” (Being John Malkovich), que presentó un planteo filosófico con elementos de ciencia ficción acerca de la corrupción del cuerpo, la fluidez de la identidad y la inmortalidad. Mientras que las hermanas Lana y Lilly Wachowski profundizaron algunas de esas cuestiones y reavivaron los miedos de la vigilancia en internet con “Matrix”, la precursora de esos recursos visuales imitados hasta el hartazgo.

Más allá de su tan comentado final, “Sexto sentido” (The Sixth Sense) propulsó la consagración de M. Night Shyamalan -lo que hizo después es un debate aparte-. En tanto que la comedia “Election” ubicó en el mapa a Alexander Payne, y Sofia Coppola lanzó su carrera como directora con la adaptación de “Vírgenes suicidas” (The Virgin Suicides).

Las leyendas tampoco se quedaron afuera del calendario de estrenos de 1999. El thriller “Ojos bien cerrados” (Eyes Wide Shut), con Tom Cruise y Nicole Kidman, se lanzó en cines cuatro meses después del fallecimiento del director Stanley Kubrick. David Lynch aportó “Una historia sencilla” (The Straight Story), quizás la más emotiva de su filmografía. Y a fin de año, arribó “Vidas al límite” (Bringing Out the Dead), con el regreso de la dupla Martin Scorsese y Paul Schrader en un drama sobre un paramédico taciturno (Nicolas Cage) que recorre las calles de Nueva York.

Pero, sin dudas, la obra máxima de 1999 le pertenece a Paul Thomas Anderson. A los 29 años, cuando ya tenía “Hard Eight” (1996) y “Boogie Nights” (1997), el director brindó una lección sobre qué significa hacer cine: “Magnolia”. Tom Cruise, Philip Seymour Hoffman, Julianne Moore, John C. Reilly y William H. Macy, entre otros, conforman un mosaico de personajes cuyas vidas y sentimientos empiezan a unirse insospechadamente, en una propuesta potenciada por encuadres y un montaje soberbios.

Ojos bien cerrados, Belleza americana, Vírgenes suicidas y ¿Quieres ser John Malkovich?

La lluvia de ranas de PTA azotó el mismo año en que era posible que Julia Roberts y Hugh Grant convirtieran una comedia romántica como “Un lugar llamado Notting Hill” (Notting Hill) en la séptima película más taquillera de 1999 (US$ 363 millones). Una película que hoy sería la carnada ideal para una plataforma como Amazon Prime Video, por ejemplo, al igual que el drama “Milagros inesperados” (The Green Mile), con Tom Hanks y Michael Clarke Duncan.

A la troupe de estrellas establecidas, se sumaron otras como Angelina Jolie (“Inocencia interrumpida”), Jude Law (“El talentoso Sr. Ripley”), Reese Witherspoon (“Election”, “Juegos sexuales”), Hillary Swank (“Los muchachos no lloran”), Russell Crowe (“El informante”), Heath Ledger (“10 cosas que odio de ti”) o Kirsten Dunst (“Vírgenes suicidas”).

La cosecha de 1999 fue tan generosa que alcanzó a la animación. “Tarzán”, producida por Disney, no era una película necesariamente original, pero sí la relectura más estimulante en décadas para el personaje. “La princesa Mononoke”, de Hayao Miyazaki, consolidó al estudio Ghibli en Occidente previo a la llegada de “El viaje de Chihiro” (Spirited Away, 2001). Tras su paso por “Los Simpson”, Brad Bird saltó al cine con “El gigante de hierro” (The Iron Giant), antes de ser director clave de Pixar en las dos películas de “Los increíbles” (2004, 2018) y “Ratatouille” (2007). Y hablando del estudio de la lamparita, nos regaló en 1999 la adorada “Toy Story 2”.

En 1999, la animación también fue destacada: Toy Story 2, Tarzán, La princesa Mononoke y El gigante de hierro.

Pese a ser la película más recaudadora de aquel año, “Star Wars: episodio I - la amenaza fantasma” (Star Wars: Episode I - The Phantom Menace) no es recordada por sus méritos artísticos y narrativos, sino más bien por sentar el patrón de producción y consumo a seguir por las sagas de superhéroes en la década siguiente.

En las antípodas de la ostentación de George Lucas tuvimos “El proyecto de la bruja de Blair” (The Blair Witch Project), la cual demostró que el terror de bajo presupuesto podía ser un fenómeno masivo: costó 60.000 dólares y recaudó 248 millones de dólares. Muchos elogios cayeron sobre su campaña de marketing -incluyó una leyenda urbana viralizada en la incipiente web- y su concepto de cámara en mano y found footage, que después explotaron “Actividad paranormal” (2007) o “Cloverfield” (2008).

Fuera de Hollywood, el español Pedro Almodóvar presentó “Todo sobre mi madre”, que gozó de múltiples reconocimientos en los festivales de Cannes y San Sebastián y en los premios Goya, Globos de Oro, Bafta y Oscar.

Quizás muchos lo conozcan por “Somos una familia” (Shoplifters, 2018), pero el japonés Hirokazu Koreeda ya había adquirido prestigio dos décadas antes por “Afterlife”, una experimentación onírica que coqueteaba con el documental. Mientras que en otra latitud, el argentino Pablo Trapero estrenó su ópera prima “Mundo grúa” y Martín Rejtman lanzó la icónica “Silvia Prieto”.

Sin embargo, 1999 también fue el debut de “Los Soprano” en HBO y, dos años más tarde, el de “Six Feet Under”: bienvenidos a la era de la televisión.

Paulatinamente, costó más hallar directores que supieran canalizar las inquietudes del público y, luego, revalidar sus marcas autorales en los proyectos siguientes. En la actualidad, exceptuando casos como los de Ari Aster, los hermanos Safdie o Robert Eggers, los realizadores se abren paso a través de episodios de series de tv y/o de pequeñas películas que utilizan como trampolín para saltar a franquicias ya establecidas (Rian Johnson o Ryan Coogler, por mencionar un par).

Ya en la segunda mitad de los 2000, los DVDs (y por ende, las películas medianas) comenzaron a desaparecer, el sistema de estrellas dejó de ser tan eficaz y las franquicias pasaron al frente como maquinarias autosustentables. A este panorama se le sumaron factores como la reducción de las ventanas de exhibición, el marketing parasitario y las películas de grandes directores confinadas al streaming debido a su “falta de rentabilidad”, según las majors.

Hoy es difícil imaginar que la industria tome riesgos, pero así estos sean pocos, como espectadores debemos asumir el compromiso de darles el reconocimiento que merezcan. Y aunque destaquemos como consuelo la multiplicidad de canales de visionado, los productos cinematográficos más elegidos siguen compartiendo la misma línea de ensamble.


Por las redes