9 de marzo de 2013 - 22:34

Las estatuas, el imprevisible espejo de una ciudad furiosa

La historia me llegó de casualidad y de chica, como otro de esos tantos relatos familiares que se cuentan sin que nadie sepa si son verdad o no. Sin que a nadie le importe si son verdad o no.

En este caso, alguien creía haber escuchado a una tía (¿o era una abuela?) que contaba la historia aquella de la mujer que, cada vez que llovía, corría a la Costanera a secar a las deidades de una fuente. Nadie hablaba entonces de “mito urbano” sino de cuentos, de sucedidos.

Como haya sido, la imagen de aquella mujer pequeña a la que yo imaginaba vestida de negro y luchando a pañuelito limpio contra la lluvia me confirmó lo que ya sospechaba: que las estatuas son seres vivos. Quietos pero vivos, como los árboles o ciertas casas. Para muchas culturas, de hecho, la idea misma de una “estatua” resulta ajena. Prefieren hablar de “presencias”, de ideas encarnadas, vivas a su modo.

Pero la historia de la secadora de lágrimas también sirvió para poder ver el costado más débil de tanto prócer a caballo, de tanta figura coronada de laureles. Según la ley 25.197 de registro del patrimonio cultural, “se entiende por bienes culturales a todos aquellos objetos, seres o sitios que constituyen la expresión o el testimonio de la creación humana”. Y si se las registra es justamente para cuidarlas, porque las estatuas son seres indefensos. Provienen de un universo que no es éste, y en un mundo impaciente y desquiciado, su quietud las vuelve blanco inmóvil.

Por esos días de mi niñez, la Diana cazadora de la plazoleta La Delicia, en Adrogué, ya tenía varias flechas menos en su carcaj y la nariz herida de una pedrada. Pero lo que vino después fue aún peor, porque con el tiempo fuimos perdiendo cierto temor sagrado frente a aquellas presencias detenidas. Y todo acabó en canibalismo: de a poco, la ciudad entera comenzó a devorar a sus vecinos inmóviles, a arrancarles las placas de bronce, los dedos, las flores, los detalles. ¿Por qué? Porque sí. Porque se puede. Y porque todo nos ha embrutecido tanto que ya no podemos ver más que un pedazo de metal o de mármol en donde antes veíamos una ninfa, un tritón o una tortuga.

Nuestras estatuas ya no nos dicen nada porque hablan con una voz antigua de cosas que desconocemos: el amor, el coraje, la paciencia. Ese señor sentado en un banco en el medio de una plaza no es ya un valiente almirante, como tampoco tiene nada de heroico ese hombre que camina decidido hacia el Río de la Plata en medio de la Costanera sur. No son ni el almirante Guillermo Brown ni el bravo Luis Viale, muerto en el naufragio del vapor América luego de haberle cedido su salvavidas a la esposa de un amigo. No son ninguno, nadie, porque las historias que les daban sentido y luz se han ido perdiendo, y así hasta llegar a estos penosos días en donde ya ninguna de todas esas maravillas dice nada.

O, peor todavía, dice demasiado pero sobre nosotros, sus convecinos. Cada 30 días, unas 25 estatuas llegan hasta una suerte de hospital ad hoc en donde se las restaura, limpia y se les devuelve todo lo que han perdido: coronas, flechas, manos, pies, espadas y yelmos. El proceso representa un gasto anual cercano a los 12 millones de pesos, pero lo desesperante no es eso sino la certeza de que muchas estarán pronto de regreso. Cubiertas de nuevas letras, de otros corazones en birome azul, de flamantes heridas. Volverán a contarnos entonces eso que tampoco queremos saber: en qué clase de bestias nos hemos convertido, cuán indignos somos de tener vecinos así de bellos. Así de quietos. Así de sabios.

LAS MAS LEIDAS