18 de abril de 2026 - 10:47

Walter Giardino habla de Rata Blanca y su presentación en Mendoza: "Nosotros envejecimos, la música no"

La banda liderada por Walter Giardino se presenta en la provincia para celebrar 35 años de “Magos, Espadas y Rosas”, el álbum que los convirtió en leyenda.

“Hicimos el camino inverso”, dice el guitarrista Walter Giardino en la entrevista con Los Andes, al referirse a los orígenes de la banda y de cómo Rata Blanca fue la excusa de este grupo de músicos para salir de un lugar complicado. “Muchos dicen que los rockeros, cuando llegan al éxito, entran en el mundo de los vicios. Nosotros hicimos todo para salir de ahí”, resume.

Rata Blanca se presenta este sábado en el Arena Maipú, a las 21, para celebrar 35 años de “Magos, Espadas y Rosas”, el disco que los catapultó en una época donde el heavy metal solo se escuchaba en inglés. Toda una apuesta de un grupo de jóvenes del Bajo Flores que podría haber quedado en la anécdota noventosa y que, sin embargo, sigue palpitando, a tal punto que lanzaron una gira nacional con presentaciones en La Rioja, Catamarca, Mar del Plata, Rosario, Córdoba y Posadas, entre otras ciudades, para celebrarlo. Las entradas están disponibles en Ticketek.com.ar y en la boletería del Arena, solo en efectivo.

Rata Blanca

“Lo que más me sorprende es lo que le pasa a la gente”, dice Giardino, cerebro creativo del grupo. Arriba del escenario, asegura, la postal se repite con una intensidad que no se desgasta: chicos que descubren la banda por primera vez y padres que la escucharon en los 80 o 90, abrazados, cantando lo mismo con la misma emoción. “Nosotros envejecimos, la música no”, sintetiza.

Ese cruce generacional, que en otros casos suena a eslogan, en Rata Blanca se vuelve evidencia. La banda no sólo conserva a su público histórico, sino que lo expande. Y eso, en un género como el heavy metal, es admirable.

Rata Blanca y su origen musical

Aunque muchas veces se los asocie con una estética neoclásica, lo cierto es que el ADN de Rata Blanca es más amplio y menos encasillable, ya que su propuesta combinó, desde temprano, elementos del hard rock y el heavy metal con estructuras melódicas más elaboradas, algo poco frecuente en la escena local de fines de los 80.

Esa construcción, en un contexto donde el rock argentino transitaba otros caminos, le permitió a la banda apostar por una sonoridad más ligada a la tradición internacional del género que con la escena local. Esa decisión, que en su momento pudo haberlos dejado en un lugar incómodo dentro del mapa del rock nacional, terminó siendo una de las claves de su proyección a largo plazo.

También hay una cuestión generacional que explica su permanencia. Rata Blanca no sólo logró consolidar un público en sus años de mayor exposición, sino que fue incorporándose, con el tiempo, al repertorio emocional de nuevas camadas con una puerta de entrada a un género que hoy no ocupa el centro de la industria, pero que sigue teniendo una base sólida de seguidores.

El vínculo con Mendoza

Mendoza, históricamente, fue una plaza receptiva para el rock pesado, con audiencias que no sólo consumen los clásicos sino que sostienen una escucha activa. En ese vínculo, la banda encuentra un terreno fértil para reafirmar su lugar, evitando convertirse en una postal congelada de sí misma.

A más de tres décadas de su irrupción, el grupo sigue orbitando alrededor de una idea simple pero difícil de sostener: que la música no funcione sólo como recuerdo, sino como presente. En tiempos donde la lógica del consumo rápido domina la escena, esa persistencia no sólo habla de una trayectoria consolidada, sino también de una forma de entender el oficio.

Rata Blanca

En esta charla con Los Andes, Giardino no solo analiza los años transcurridos y la vigencia de la banda como representante local del género, sino que también habla sin reparos de los lugares que transitaron para sostener el proyecto.

—¿Qué te sigue generando tocar en vivo los temas de este disco después de 35 años?

—Yo creo que lo que interesa es lo que le pasa a la gente, que es lo más importante al final. Sinceramente, a mí me produce lo que me produjo siempre. Esta música la compuse de una forma absolutamente sincera, desde lo más profundo, como todas las canciones que hice en mi vida, y realmente creo que lo que más satisfacción te da es lo que pasa cuando tocás esas canciones. Y no deja de sorprenderme. Eso realmente es muy fuerte.

— El fan de Rata Blanca es muy fiel, incluso generacional. ¿Sentís que hoy tocás para el mismo público de siempre o cambió algo?

—Veo muchos chicos. Muchísimos. Veo algunos padres con sus hijos, escenas realmente emocionantes, abrazados, escuchando los dos con la misma intensidad. Y es lo que te vuelvo a repetir: no deja de sorprenderme, porque es como que si bien nosotros envejecimos, la música no. Lo que pasa ahora estuvo pasando durante muchísimos años, pasó hace 30 y pico de años atrás y sigue pasando con la gente que escucha esa música por primera vez. Y realmente es lo mejor que me puede pasar como músico: que las composiciones que hice tengan ese efecto en las personas que lo escuchan.

—Tu forma de tocar y de componer tiene influencia de música clásica. ¿Eso fue una decisión?

—Tengo muchas influencias. Quizás se destaca más esa porque está ligada al virtuosismo y a la velocidad, es algo más impresionante en algún aspecto. Pero a mí me gusta mucho el rock, el rock and roll, el blues. Me gusta mucho la música en general. Pero sí es cierto que lo más destacado siempre fue esa relación con lo neoclásico. Vale destacar que no es lo único.

—¿Y cuáles son las otras influencias? ¿El jazz, el blues?

—El jazz no tanto. El jazz más bluesero o más ambiental me puede gustar, lo puedo escuchar, pero nunca me relacioné con el jazz. Siempre me relacioné mucho con el rock, el hard rock, el heavy metal, la música clásica. Empecé tocando folklore, por ejemplo. Eso también lo tengo muy integrado y me encanta, me gusta mucho, pero hay cosas que a veces se fusionan y pueden funcionar y a veces no, al menos a mí no me gusta. Por lo tanto, quizás el metal y la música clásica son un poco más compatibles que el jazz rock con el metal o la parte musical del folclore. La letra se puede adaptar, puede decir cosas diversas, pero la música tiene que tener una resolución que realmente sea interesante. Siempre trabajé para que funcione al 100%.

—En un género como el heavy metal, donde muchas veces se repiten fórmulas, ¿cómo hacés para no sentir que te estás repitiendo?

—Yo no estoy muy de acuerdo con eso. Estoy de acuerdo con las canciones buenas. Si una canción es muy buena y me hace acordar a otra que también es muy buena, no me enojo, no me parece mal, no me ofende. En la historia de la música siempre hay alguien que te hace acordar a otro. Los más grandes tienen influencia de sus maestros y muchas de sus obras son especialmente parecidas en cuanto a la esencia, al contenido, a la sustancia de lo que hicieron. Para mí la música está siempre. Va, viene, hay tendencias, aparece alguien que se destaca, que logra llegar a puntos creativos increíbles, pero en todos los casos te va a nombrar a alguien que ama, que admira.

—¿Por ejemplo?

—Bach escuchaba a Vivaldi, Mozart se parecía a Haydn, Beethoven también. Eso no está mal. Como los Rolling Stones, como Zeppelin, hay cosas que generan una revolución, pero no es fácil. Creo que las buenas canciones, cuando las lográs, están más allá del bien y del mal. A veces funcionan mágicamente y uno ni siquiera, habiéndolas compuesto, puede entender muy bien cuál es la alquimia que genera todo lo que pasa. Y está bueno que sea así. Copiar no creo, en absoluto, tampoco lo haría, pero sí creo que mucha gente lucha demasiado por cosas que no son el resultado final de su canción, sino el éxito que tengan. Van más detrás del éxito que de sentirse satisfechos con lo que quedó, con lo que pasó.

Rata Blanca

—Hablando del virtuosismo, ¿sentís que sigue teniendo lugar hoy o quedó relegado frente a búsquedas más simples?

—Pasó esa época, los 80 pasaron, y no está mal. A mí, siendo guitarrista, me encantan los grandes guitarristas. Para mí todos son número uno. Después cada uno elige el que más le gusta, pero son todos grandes, son todos genios. Incluso los que no son virtuosos tienen algo para dar que te puede emocionar y no tiene que ver con tocar rápido o con el género. Todos son respetables. Los 80 fueron una época de una carrera ornamentística, por decirlo así, ver quién era el más rápido o quién era más zarpado. Hoy queda como una anécdota. Como guitarrista, me aburro de los solos larguísimos si no tienen contenido, si no van hacia un lugar. Si la idea es “mirá qué rápido que toco”, puede sonar técnico, pero la emoción empieza a fallar. Yo no quiero eso. Me formé escuchando los 60 y los 70, viví los 80, pero nunca quise pertenecer a un club nerd de la guitarra. Siempre quise mantener mi pie en la intensidad, en la improvisación, en no quemarme la vida practicando 12 horas por día. Quiero ser un guitarrista de rock, básicamente, y mantener esa emoción más allá de la técnica. Creo que sí pasó, y que hoy la gente tampoco está preparada para escuchar más de tres o cuatro minutos de canción, y menos un solo largo. “Leyenda del mago” dura cinco o seis minutos y tiene un solo de dos. No es normal que eso sea un hit, pero pasó. Ahora no lo volvería a hacer. Ya lo hice y hoy siento otra cosa, quiero otras cosas. Me encanta tocarlo,pero es otra etapa. A veces la gente dice “vuelvan a las raíces”, pero no somos la raíz ni el árbol. En mi caso sigo la dirección que me marcó toda mi vida, lo que me nace hacer.

—Rata Blanca ha trascendido varias etapas. ¿Cuál creés que fue la clave para sostenerse tanto tiempo? ¿Y hay discos que hoy harías distinto?

—Sí, hay muchas cosas que uno haría de otra manera. Con el diario del lunes podría haber hecho un montón de cosas mejor, pero no en el mismo medio ni en el mismo entorno. A fines de los 80 y principios de los 90 teníamos la misma intensidad que muchas bandas grandes del mundo, pero nos faltó el entorno. No es solo tocar bien y tener una buena banda. Hay factores externos que hacen que un artista se desarrolle y crezca: productores, managers. Todo eso es muy importante, sobre todo cuando sos chico y vas a grabar tu primer disco. Rata Blanca hizo un camino muy difícil. Se hizo lo mejor que se pudo con lo que teníamos a mano. En la música no funciona como en el fútbol. No te vas a una “liga mayor”. Desarrollas tu carrera donde estás, y hay un grado de heroísmo que muchas veces no sería necesario. La energía que uno tiene que poner es muchísimo mayor. Un disco triple platino en Argentina tiene un valor muy distinto al de Estados Unidos. A Rata le tocó ser la banda diferente, la que pudo generar cosas y superarse. Y el secreto… si hay uno, es que liderar también es ponerse un poco atrás del proyecto para que funcione. Siempre sentí que lo importante era Rata Blanca. Después veníamos todos, incluyéndome. Intenté cuidar ese proyecto, esa entidad.

—¿En qué sentido?

—Nosotros salimos desde muy abajo, del Bajo Flores, de un barrio muy difícil, tratando de salir de la calle, de tener un futuro, de cumplir un sueño que nos diera una buena vida. Lo logramos, y es maravilloso. Es casi un milagro. Cuando teníamos 24 o 25 años, muy poca gente hubiese apostado por nosotros. Las posibilidades eran muy bajas. Aprendimos a cuidarlo y a cuidarnos, a salir de lo que nos hacía mal y de lo que nos podía haber matado. Los 80 y los 90 fueron muy jodidos. Era muy fácil equivocarse y no volver de esa equivocación. Muchos dicen que los rockeros, cuando llegan al éxito, entran en el mundo de los vicios. Nosotros hicimos todo para salir de ahí. Queríamos hacer lo contrario, el camino inverso.

El fenómeno Rata Blanca: números que explican su vigencia

Con más de tres décadas de trayectoria, Rata Blanca se consolidó como una de las bandas más exitosas del rock pesado en español. Formada en 1987 por Walter Giardino, alcanzó su punto de quiebre en 1990 con Magos, espadas y rosas, un álbum que superó los 5 millones de copias vendidas en todo el mundo y marcó un récord inusual para el heavy metal en castellano.

Ese disco no solo fue un éxito comercial: instaló a la banda en el mainstream con temas que todavía hoy forman parte del repertorio popular. A partir de ahí, Rata Blanca encadenó una serie de trabajos con alto impacto en ventas, consolidando su lugar en los primeros puestos del mercado durante buena parte de los años 90.

En términos concretos de industria, uno de sus hitos más grandes llegó con El reino olvidado (2008), que se convirtió en el disco más exitoso de su carrera en tiempo récord: alcanzó 12 discos de oro, 10 de platino y 3 doble platino, cifras excepcionales incluso dentro del rock argentino.

Tras su separación a fines de los 90, el regreso en los 2000 no fue decorativo. La banda volvió con El camino del fuego (2002) y profundizó esa nueva etapa con La llave de la puerta secreta (2005), que fue certificado disco de oro antes de su lanzamiento y luego platino, con una presentación oficial en el Estadio Obras y una gira internacional de tres años por América y Europa.

En vivo, Rata Blanca sostuvo una actividad constante con giras por América Latina, Estados Unidos y España, además de participar en festivales como Cosquín Rock y Rock en Baradero, y encarar en los últimos años tours internacionales como el aniversario de Magos, espadas y rosas, con fechas en países como México, Colombia, Ecuador y Estados Unidos.

A eso se suman presentaciones emblemáticas como sus shows en el Teatro Gran Rex junto a Glenn Hughes, que derivaron en un registro en vivo, y una agenda sostenida en escenarios de alta convocatoria tanto en Argentina como en el exterior.

Con millones de discos vendidos, certificaciones poco habituales para el género y una carrera internacional sostenida, Rata Blanca no solo logró éxito comercial: construyó una trayectoria que, contra la lógica de la industria, sigue activa y en expansión.

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