"Vidas posibles", la obra de teatro protagonizada por Sandra Viggiani y Melisa Lara, vuelve a escena este domingo con una única función que llega después de un recorrido donde la obra fue encontrando algo poco frecuente en el vínculo con el público.
Sandra Viggiani y Melisa Lara regresan con "Vidas posibles" en Cajamarca Teatro, una obra que perdura más allá del escenario.
"Vidas posibles", la obra de teatro protagonizada por Sandra Viggiani y Melisa Lara, vuelve a escena este domingo con una única función que llega después de un recorrido donde la obra fue encontrando algo poco frecuente en el vínculo con el público.
La función será el domingo 3 de mayo a las 20 en Cajamarca Teatro, Avenida España 1767, Ciudad, y las entradas pueden adquirirse en entradaweb.com.ar y en la boletería de teatro.
No se trata solo de lo que ocurre arriba del escenario con una obra que ha recibido varias nominaciones y dos premios Arnol, sino lo que ocurre después con los recuerdos, mensajes, fotos e historias que se rearman en las memorias del público y que ya forman del propio pulso de la propuesta.
“Las devoluciones que nos hacen son muy bonitas porque a cada uno le pega por distintos lados”, cuenta Sandra Viggiani, una de las dos actrices que sostienen la escena junto a Melisa Lara. Hace una pausa, y agrega: “Te lleva a recordar una amiga de la infancia, un paisaje, un olor, algo que quizás tenías olvidado desde hace mucho tiempo”.
La estructura de la obra es simple en apariencia: dos actrices abren sus archivos personales. Fotos, cartas, recuerdos. Pero ese gesto, que podría quedarse en lo íntimo o en la nostalgia fácil, encuentra otro camino. “Llegué y me puse a revolver una caja de recuerdos y mirá lo que encontré”, les escriben después de las funciones. No es metáfora, literalmente pasa eso.
La directora Verónica Manzone lo pensó desde ese cruce entre lo personal y lo compartido. La obra nació como una especie de excusa para volver a trabajar juntas, entre amigas que se conocen hace años, pero el proceso terminó derivando en algo más complejo. “Es una creación colaborativa entre actrices y dirección, construida a partir de improvisaciones”, explica. Nada de texto cerrado desde el inicio: el material se fue armando en el ensayo, con escritura, reescritura y selección.
Ese recorrido llevó tiempo, dos años, para ser precisos. “Fue un proceso muy íntegro, muy importante”, dice Viggiani. “Improvisando, llevando materiales, haciendo ejercicios de escritura”. Y ahí aparece el archivo mental que no es solo lo que se recuerda, sino también lo que no: rostros sin nombre, situaciones borrosas, historias incompletas.
En ese tiempo también se fueron colando materiales que no estaban previstos desde el inicio. “Yo soy una lectora empedernida, entonces de cada novela o de cada cosa que leía llevaba un fragmento porque me parecía que podía ser incorporado”, cuenta Viggiani. Esos aportes individuales, sumados a los ejercicios de improvisación, terminaron de darle forma a una dramaturgia que se armó en el hacer, más cerca del ensayo que de una escritura previa.
Ahí entra el juego la parte de la actuación, en la que lo que no se recuerda, se inventa. Y ese límite difuso entre lo real y lo ficcional es uno de los motores de la obra. “Hay recuerdos que son reales y otros que están intervenidos por la ficción”, explican desde el equipo. Pero la obra no tiene intención de aclarar cuál es cuál.
Viggiani lo dice más directo: “Abrimos nuestros archivos, exponemos cuestiones personales, pero desde el humor y el afecto”. Ese punto es clave porque evita que la obra caiga en el tono solemne que suele aparecer cuando se habla de memoria. Acá hay emoción, sí, pero también risa. “Hay gente que se emociona mucho, gente que se divierte”, resume.
Y hay otra decisión que marca el tono y que tiene que ver con una mirada que no romantiza el pasado. “No es nostálgica, no es desde ‘todo pasado fue mejor’”, aclara Sandra Viggiani. Lo que interesa es cómo esas experiencias siguen operando en el presente y cómo lo vivido se filtra incluso cuando parecieran haber quedado atrás.
En el escenario ese universo se amplía gracias al uso -también retrospectivo- de herramientas analógicas y mecánicas como proyecciones, fotografías —incluidas imágenes de la fotógrafa Vivian Maier— y textos de cartas que dialogan con lo que ocurre. Aparecen referencias a autoras como Susan Sontag, Isabel Zapata o Silvia Molloy, no como cita decorativa, sino como parte del tejido de la obra.
“Quien mira puede hacer su propia dramaturgia”, dice Verónica Manzone y es por ese motivo que el vínculo con el público no se corta cuando termina la función. Muchas veces sigue en el mismo espacio, en ese momento medio caótico del saludo, donde la distancia entre escenario y platea se disuelve un poco. “Nos quedamos en el juego con la gente”, cuenta Viggiani. “Y ahí aparecen las devoluciones en caliente, sin filtro”.
Después llegan los mensajes, las historias compartidas, incluso los archivos ajenos que empiezan a circular, como si la obra habilitara una especie de permiso para revisar lo propio.
En ese proceso también aparecieron situaciones que no estaban previstas al inicio. “Nos ha pasado inclusive con gente que conoce o que tiene nuestros contactos que nos envían fotos, cartas, dibujos”, cuenta Viggiani. Esos materiales empiezan a circular después de la función y, en algunos casos, vuelven a la obra como parte de ese intercambio que se arma con el público. “Son cosas muy bonitas las que nos devuelven”, dice.
En paralelo, el recorrido de "Vidas posibles" dentro del circuito teatral mendocino también dejó marcas. Fue nominada en varios rubros y terminó llevándose premios importantes. Pero más allá del resultado, hay un dato que pesa: el reconocimiento vino de sus propios colegas. “Que te premien quienes conocen la intensidad de los procesos de trabajo es muy importante”, señala Viggiani. Ese reconocimiento se suma al recorrido de la obra, que sigue en movimiento. “Probablemente siga mutando”, dice Sandra Viggiani.
"Vidas posibles" se consolidó dentro del circuito independiente mendocino con un recorrido que combinó funciones únicas y reconocimiento de sus pares. La obra obtuvo el Premio Arnol a Mejor Obra y Mejor Equipo de Dirección, en una edición donde también fue nominada en rubros como dramaturgia original, iluminación y dispositivo escénico. Estos premios tienen una particularidad dentro del teatro local: son votados por los propios hacedores, lo que implica una valoración directa de quienes conocen el detrás de escena.
El proyecto cuenta además con el apoyo del Fondo Nacional de las Artes y del Instituto Nacional del Teatro, dos organismos clave para el desarrollo de producciones independientes en Argentina.
El estreno se realizó el 10 de noviembre de 2023 en Cajamarca Teatro, espacio con el que el equipo mantiene un vínculo previo, ya que varias de sus integrantes formaron parte del grupo en distintas etapas. La obra está interpretada por Sandra Viggiani y Melisa Lara, con dirección de Verónica Manzone y dramaturgia construida de manera colaborativa junto a Sara Spoliansky.
El resto del equipo se completa con Analía Quiroga en escenotecnia e iluminación; Katherine Morales y Violeta Elia Moyano en asistencia técnica y montaje; y Pamela Hübbe en asesoramiento y dispositivos audiovisuales.