Llega "El Performer" de Gonzalo Valenzuela: "Venía de roles de galán y quería explorar otra sensibilidad"

En "El Performer", Gonzalo Valenzuela se corre del lugar cómodo de su carrera para habitar un unipersonal de gran exigencia física y performática.

¿Qué queda de un actor cuando se apagan las luces, cuando ya no hay personaje que sostenga el cuerpo ni aplauso que ordene el sentido? Esa es, en esencia, la pregunta en "El performer", el unipersonal que trae a Mendoza Gonzalo Valenzuela con una propuesta que se aleja del teatro complaciente y se mete de lleno en una zona incómoda.

La obra se presenta esta noche en el Teatro Plaza de Godoy Cruz, a las 21. Las entradas están disponibles en Entradaweb.com.ar y en la boletería del teatro.

En este contexto, el otrora galán chileno, que despertó más de un suspiro entre las argentinas, se corre de ese lugar reconocible para asumir un riesgo poco habitual en trayectorias consolidadas. Aparece así, detrás del velo ,un actor que, forjado en las profundidades de su propio ser, no viene a demostrar quién es sino a compartir una experiencia. Profunda, sí, pero también enriquecedora.

Gonzalo Valenzuela
Una propuesta de teatro diferente.

Una propuesta de teatro diferente.

El resultado es un trabajo que apuesta por la honestidad antes que por la espectacularidad, y que encuentra en esa decisión su mayor potencia. No hay grandes artificios escénicos ni estructuras convencionales, lo que aparece en escena es un dispositivo austero que se apoya en la presencia del actor, en el texto y en una construcción física que atraviesa toda la obra.

Quién es El Performer

El punto de partida es un personaje en crisis. Un performer en su última noche, en un estado de deterioro que mezcla enfermedad, abandono y una necesidad urgente de decir su verdad. Desde ese borde, la obra construye un recorrido que no es lineal ni busca una progresión clásica, sino más bien como una especie de deriva, donde el recuerdo, la memoria y la acción escénica se superponen sin jerarquías claras.

La noción de “performer” no es casual. A diferencia del actor tradicional, que se refugia en un personaje, el performer se expone a sí mismo como materia de la obra. En ese cruce se instala uno de los núcleos más interesantes de la propuesta: la tensión entre lo que es representación y lo que parece ser una forma de verdad. El espectáculo juega constantemente en ese límite, sin ofrecer respuestas cerradas.

La obra, dirigida y escrita por Roberto Farías, se construye a partir de materiales personales, cartas que escribió Gonzalo Valenzuela en momentos cruciales de su vida, y que luego fueron trabajados dramatúrgicamente, alejándo al personaje del actor, pero basándose en la profundidad de sus emociones reales. Ese origen le da una densidad particular sin ser confesional o catártico.

En términos formales, El performer se apoya en un trabajo físico intenso. El cuerpo no solo acompaña el texto, sino que lo tensiona, lo contradice y lo amplifica. Hay una búsqueda vinculada al teatro corporal que se percibe en los movimientos, las tensiones y la quietud. La escena se construye tanto desde la palabra como desde lo que el cuerpo sugiere o resiste.

A eso se suma una dimensión sonora que funciona como una capa más del relato. La música original de Fito Páez aparece integrada a la estructura de la obra, sin subrayados evidentes. No se trata de un elemento decorativo, sino de un componente que dialoga con lo que sucede en escena y acompaña el recorrido emocional del personaje.

Gonzalo Valenzuela
Gonzalo Valenzuela expone su sensibilidad en una obra profunda.

Gonzalo Valenzuela expone su sensibilidad en una obra profunda.

Uno de los riesgos de este tipo de propuestas es caer en el hermetismo o en una densidad que expulse al espectador. Sin embargo, El performer esquiva ese lugar. Si bien el material es profundo y por momentos incómodo, la obra encuentra una forma de sostener la atención a través de la acción, el ritmo y la construcción de imágenes. Hay incluso espacio para un humor oscuro que emerge desde la propia tragedia del personaje.

En ese sentido, la experiencia no se apoya en la identificación directa, sino en una especie de incomodidad compartida. El espectador no es guiado de la mano, sino invitado a completar lo que ve desde su propia percepción. Esa apertura es, al mismo tiempo, una apuesta y un riesgo.

El recorrido de la obra también está atravesado por su propia historia de gestación. Concebida varios años antes de su estreno, atravesó distintos obstáculos que demoraron su llegada a escena. Lejos de diluirla, ese tiempo parece haber potenciado su lectura: “Ahí entendí que la obra no era para 2020, era para ahora”, dice Gonzalo Valenzuela en la entrevista con Espectáculos, de Los Andes.

En ese cruce entre biografía, ficción y presente, El performer se instala como una propuesta que no busca agradar, sino interpelar. No es una obra para el consumo liviano ni para la distracción del fin de semana. Es, más bien, una experiencia que exige atención y disponibilidad.

Gonzalo Valenzuela
La obra, escrita por Roberto Farías, expone situaciones de un personaje complejo.

La obra, escrita por Roberto Farías, expone situaciones de un personaje complejo.

En la charla con Los Andes, con las últimas luces de la tarde chilena, luego de un ensayo en la sala que él mismo fundó hace más de 20 años, Teatro Mori, Gonzalo Valenzuela no solo habla de su personaje, sino también de los inexplicables caminos truncos que demoraron más de cinco años el estreno de esta obra, y los motivos por los cuales El Performer es una experiencia escénica que el público no debe dejar de disfrutar.

—Venís a Mendoza con El performer, una obra que ya generó bastante repercusión. ¿Es tu primera vez presentándola acá?

—Sí, es la primera vez que voy a Mendoza. Igual, la obra no tiene tanto recorrido como parece. Hice una temporada en marzo del año pasado, de un mes, y después cinco funciones. O sea, no es que haya girado tanto, pero sí es una obra que tiene muchos años de trabajo encima.

—¿Cómo le explicás al público de qué se trata sin spoilear demasiado?

—Es un trabajo bien particular, que hice junto a Roberto Farías, que es el director y dramaturgo. Nace de una necesidad muy personal de volver al origen, a preguntarme por qué estudié actuación, por qué decidí dedicarme a esta locura. Tiene que ver con comunicar, con opinar, con entregar algo a través del arte. Yo me fui hace muchos años a escribir, pero no literatura ni poesía, sino como ejercicio. Y escribir así es muy loco, porque uno empieza a sacar cosas que no sabía que tenía. Es como vomitar lo que aparece. Después viene un segundo momento, que es leerte a vos mismo y sorprenderte con eso que salió. Y después un tercer momento, que es leerlo a otro. Y ahí deja de pertenecerte. Ya no es algo íntimo, pasa a ser compartido. Todo ese proceso hizo que quisiera tomar esas cartas y convertirlas en algo más, liberarlas también. Se las pasé a Roberto, a quien admiro muchísimo, y le propuse hacer algo con eso. Y él se entusiasmó y empezamos a trabajar.

—¿Cómo fue ese proceso hasta que finalmente se pudo estrenar?

—Empezamos a ensayar en octubre de 2019. Y ahí cayó el estallido social en Chile. Tuvimos que replantearnos muchas cosas, pero seguimos. Íbamos a estrenar en marzo de 2020… y llegó la pandemia. Fue un proceso muy largo, muy personal, muy delicado. Después hubo también problemas legales con Roberto, bastante absurdos, que terminaron frenando todo. En ese momento decidí no hacer la obra y filmarla. Pablo Larraín, que es amigo mío, me prestó una cámara y con un equipo chico grabamos durante unos días. No era teatro filmado, sino una especie de pieza audiovisual que mezclaba espacios: la casa, el escenario, la calle. Quedó un material muy interesante, pero no lo quise mostrar. Lo vio muy poca gente. Y pasaron cinco años hasta que sentí que la única forma de responder a todo lo que había pasado era haciendo la obra.

—¿Y cómo fue ese regreso a la obra después de tanto tiempo?

—Fue muy fuerte. La montamos el año pasado y la recepción fue increíble. Para mí también fue muy movilizador poder hacerla después de tanto tiempo. Y ahí entendí algo: la obra no era para 2020, era para ahora. No tiene ningún cambio de dramaturgia, es exactamente la misma, pero hoy tiene un peso distinto. Como si todo lo que dice hubiese esperado este momento.

—¿Qué tipo de historia se encuentra el espectador?

—El personaje es un performer. No un actor tradicional. Está inspirado en figuras como Fernando Peña o Pedro Lemebel, artistas que ponían el cuerpo para expresar una idea, una postura política o artística. En este caso hay un actor que interpreta a un performer, pero ese performer a veces habla del actor. Es un juego complejo. Es un tipo que está en su última noche. Está muy deteriorado, atravesado por enfermedades, por el abandono, por el resentimiento. No quiere seguir viviendo, pero tampoco quiere despedirse. Y en ese momento aparece su costado artístico, que lo empuja a hacer una última performance, a repasar su vida, su historia, antes de irse.

Gonzalo Valenzuela
Gonzalo Valenzuela llega a Mendoza con una obra con un personaje conmovedor.

Gonzalo Valenzuela llega a Mendoza con una obra con un personaje conmovedor.

—Hay una mezcla muy fuerte con tu propia historia…

—Sí, hay elementos personales. En escena hay fotos de mi familia, de mis muertos, hay un cuadro con la cara de mi mamá. También hay algo de un tío mío, que murió de sida y que era muy crítico. Pero no lo pienso como algo terapéutico. Es una obra de teatro. Si tengo que definirla en una palabra, diría que es una autopsia.

—Debe ser muy exigente desde lo físico y lo emocional…

—Sí, es muy física porque es muy performática. Siempre estuve ligado al teatro físico, a la danza. El cuerpo es una herramienta fundamental para comunicar. También trabajé mucho en acercarme a lo femenino, a un lugar que no había explorado antes. Venía de roles más ligados al galán, a lo masculino más tradicional, y me interesaba explorar otra sensibilidad.

—El personaje está en un límite constante. ¿Cómo evitás caer en la exageración?

—Desde la honestidad. Esta obra no es un examen para mí. Es más bien una graduación. No estoy buscando demostrar nada. Cuando uno no tiene pretensión, se aleja de muchos errores. El actor no está para lucirse ni para ganar premios, está para que la obra funcione, para que el mensaje llegue. Acá tengo libertad, no necesito defender un personaje, y eso te da otra tranquilidad.

—La música también tiene un peso importante. ¿La hizo Fito Páez?

—Sí, Fito es amigo mío. Cuando le conté el proyecto, me dijo que quería hacer un regalo al arte y se ofreció a componer la música. La hizo en Córdoba y me la regaló. Es una capa más de la obra, muy sutil. No es algo que me interese destacar como un golpe de efecto, sino que está al servicio de la pieza.

—Digamos que es una obra profunda, pero no necesariamente difícil…

—Exacto. Le escapo al teatro denso. No es una obra para intelectuales. Es performática, tiene acción, tiene humor negro. Es profunda por lo que dice, pero es accesible. Y sobre todo es honesta. Yo dejo todo en escena, y eso el público lo percibe.

—¿Te costó correrte del lugar de galán?

—No, al revés. Me cuesta mucho más hacer el galán. Yo hice teatro toda mi vida, aunque lo masivo haya sido la televisión. Esto es lo que realmente me interesa.

Gonzalo Valenzuela
El personaje exige a Gonzalo Valenzuela a un gan trabajo físico.

El personaje exige a Gonzalo Valenzuela a un gan trabajo físico.

—También estás explorando otros formatos más populares, en programas tipo “Bailando” de Chile

—Sí, y lo tomo como aprendizaje. No estoy compitiendo, estoy absorbiendo cosas que después me sirven como actor.

—Si mirás tu recorrido, ¿esta obra es una síntesis o una forma de romper con todo lo anterior?

—El director una vez me dijo, cuando estábamos en la Berlinale, con la película El club, “Gonzalo, a ti la gente no te ha visto venir. No saben el actor que hay detrás, porque siempre has estado interpretando estos roles, pero nadie sabe la profundidad a la que puedes llegar. Algún día yo te voy a dirigir para que te vean venir”. Yo me quedé con esa frase. Y cuando lo llamé para este proyecto le dije: “¿Te acordás de esto que me dijiste en Berlín?”. Me dijo que no, y contesté: “Bueno, te lo recuerdo. Así que ahora hacete cargo”. Y ahí empezamos.

Entre la exposición y la búsqueda: el recorrido de Gonzalo Valenzuela

La trayectoria de Gonzalo Valenzuela se construyó en dos territorios bien definidos: la televisión masiva y un trabajo sostenido en teatro que, aunque menos visible, fue constante desde sus inicios. Formado en Chile, comenzó su carrera en los años 2000 con participaciones en teleseries como “Machos” y “Hippie”, dos producciones clave de la televisión chilena que lo posicionaron rápidamente como una figura reconocible dentro del prime time.

El salto a la Argentina consolidó esa proyección. Participó en ficciones de alto rating como “Botineras” y "Un año para recordar", donde combinó presencia escénica con popularidad. Más adelante integró el elenco de "Sos mi hombre", en una etapa donde su perfil quedó fuertemente asociado a personajes de galán dentro de estructuras narrativas tradicionales.

En la pantalla chica chilena consolidó una continuidad como protagonista en títulos como “Socias”, “No abras la puerta”, “Si yo fuera rico” y "Yo soy Lorenzo", que sostienen su presencia central dentro de la industria. En paralelo, amplió su campo hacia plataformas con la serie Planners, que lo vuelve a vincular con producciones argentinas en el ecosistema de streaming.

Ese recorrido televisivo, tanto en Chile como en Argentina, le permitió sostener una continuidad laboral poco frecuente, alternando protagónicos y roles centrales en tiras diarias.

En paralelo, nunca abandonó el teatro. A lo largo de su carrera integró distintos proyectos escénicos y formó parte de experiencias vinculadas al teatro físico, en particular con la compañía Teatro de la Dramaturgia Corporal, donde profundizó una línea de trabajo más ligada al cuerpo como herramienta expresiva. Esa formación se refleja en sus elecciones posteriores, especialmente en propuestas de mayor riesgo como El performer.

Gonzalo Valenzuela
El Performer, la obra de teatro de Gonzalo Valenzuela.

El Performer, la obra de teatro de Gonzalo Valenzuela.

En cine, su participación ha sido más selectiva pero vinculada a proyectos de peso dentro del panorama chileno. Formó parte de "El club” (2015), dirigida por Pablo Larraín, una de las producciones más relevantes del cine latinoamericano reciente, premiada con el Oso de Plata en el Festival de Berlín. También trabajó en títulos como “Sal” y "Todos contentos", manteniendo una presencia más acotada pero sostenida en la pantalla grande.

Su actividad no se limita a la actuación. Es cofundador del Centro Cultural Mori, un espacio clave en la escena cultural chilena contemporánea, orientado a la producción y difusión de teatro independiente. Desde allí impulsó proyectos escénicos y generó un ámbito de circulación para nuevas propuestas, consolidando un perfil también vinculado a la gestión cultural.

En televisión chilena continuó encabezando producciones como “Papá a la deriva”, “Ámbar” y “Demente”, manteniendo un lugar central dentro de la industria. En los últimos años sumó participaciones en plataformas y proyectos internacionales, ampliando su alcance hacia formatos de streaming.

En cuanto a reconocimientos, ha sido nominado en diversas ocasiones a los Premios Caleuche -un análogo del Martin Fierro argentino- galardones que distinguen el trabajo actoral en cine y televisión en Chile. Su presencia en estos premios refleja el reconocimiento de sus pares dentro de la industria, más allá de su perfil mediático.

Ese recorrido, que combina popularidad televisiva, búsqueda escénica y participación en proyectos cinematográficos de relevancia, encuentra en sus trabajos más recientes un desplazamiento hacia propuestas más personales. Lejos de abandonar los circuitos masivos, Valenzuela parece haber ampliado su campo de acción hacia zonas menos previsibles, donde el riesgo artístico ocupa un lugar central.

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