-Sí, Chapote, como creación, ya tiene 35 años. Si bien yo creo que nació conmigo, después lo redescubrí, lo saqué a flote, lo exterioricé. ¿Qué tiene? Siento que una de las claves es que Chapote ha ido evolucionando, transformándose, creciendo y modificándose, igual que yo. No creé un personaje estático, que habla siempre igual, que se mueve siempre igual, que hace los mismos chistes o canta las mismas canciones. Siento que fue mutando conmigo. Es más, creo que cada vez se fue acercando más a mí y dejó de ser tanto ese personaje que había pensado o construido para empezar a tener mi ironía, mi humor ácido, mi humor negro. Se fue fusionando conmigo. Al mismo tiempo, fui incorporando latiguillos, frases, palabras y canciones del momento. Pero no desde un lugar técnico o demasiado preparado, sino porque realmente sentía que así debía ser y porque me sentía cómodo haciéndolo. Voy incorporando lo que está sucediendo. Puede ser algo de TikTok, de Instagram, de la política, de la sociedad, de los dibujos animados o de la música, siempre que a mí me divierta hacerlo...
-En esta oportunidad Chapote se enfrenta a un clásico como "Cyrano de Bergerac". ¿Qué fue lo que encontró en esa historia que le hizo pensar que podía dialogar naturalmente con el universo del clown?
-Por un lado, siento que es un recurso que hice de forma inconsciente. Pero, luego de estudiar la historia del payaso, me di cuenta de que es algo que el payaso ha hecho casi desde que empezó: tomar clásicos, hacerlos al estilo payaso y transformarlos. "Don Quijote", "Hamlet", "Otelo", "Romeo y Julieta"... Creo que también el público tenía mucho más cercanos esos clásicos. Estaban en sus bibliotecas y los conocían mucho más que ahora. Siento que ese fue uno de los tantos recursos del payaso. Además de sus sketches clásicos, estaba esto de tomar grandes obras. Acá, en Argentina, por ejemplo, se adaptaban clásicos como Juan Moreira o Martín Fierro, esos grandes textos gauchescos, y se los llevaba al circo.
-¿Cómo llegaste al personaje?
-Debe haber sido a finales de los 80 o principios de los 90. No sé si descubrí primero el libro y después la película, o al revés. Cuando leí el libro me encontré con una obra tremenda. Me sentí súper identificado con Cyrano y con su temor al rechazo por una particularidad corporal. Y, al mismo tiempo, con su valentía, con su enorme talento para la poesía y con su habilidad como espadachín. Que todo eso se derrumbe ante los ojos de la mujer que ama me conmovió muchísimo. En ese aspecto me sentí súper, mega, ultra identificado. Y, además, Cyrano tiene mucho humor. Es muy irónico. Él mismo se ríe de su situación, salvo cuando tiene que hablar de amor. Por eso, yo coqueteaba con este personaje desde hace muchísimo tiempo. De hecho, cuando empecé con los espectáculos de "Star Clown", me di cuenta de que podía jugar con esto: tomar personajes de la literatura, del cine o del teatro y hacerlos a mi manera. En el primer "Star Clown", además, había armado el monólogo final de "Cyrano de Bergerac" en Chile, junto con una maestra de clown. Entre los dos construimos ese monólogo y yo lo interpretaba. Siempre estuvo la posibilidad de hacer la obra completa. Lamentablemente, las cuestiones económicas y de producción hacen que sea muy difícil llevar adelante un proyecto así.
-Y fue también un desafío.
-Sí. Así como en su momento transformé "Romeo y Julieta" para convertirla en un espectáculo familiar —siendo una gran tragedia, con el tema del veneno y dos chicos que terminan muriendo—, acá con "Cyrano" surgía la misma pregunta: ¿cómo contar esta historia para toda la familia? La verdad es que no tuve muy claro el final hasta bastante avanzados los ensayos. Cómo hacer para que no terminara siendo la tragedia que escribió Rostand. Me parecía un desafío muy interesante.
-Los clásicos siempre están vigentes.
-Los clásicos son clásicos justamente porque nos hablan de algo muy profundo de la naturaleza humana, en distintos momentos y estados. En este caso, la historia de un personaje tan simpático, enamorado de una chica que no le corresponde, es casi una historia clásica de payaso. En el circo se hizo muchísimas veces la figura del payaso enamorado de la equilibrista: él la mira desde abajo, completamente embelesado, pero ella termina eligiendo al forzudo o al mago y a él solo lo ve como un amigo. Ese espíritu está muy instalado en el universo del payaso. Por eso siento que "Cyrano de Bergerac" tiene un espíritu clown en su interior.
-La obra habla de la diferencia, de la inseguridad y de la belleza interior. ¿Crees que esos temas siguen siendo tan necesarios para las infancias actuales como hace más de un siglo?
-Sí, sí. Yo creo que es algo propio del ser humano. No sé si realmente lo siento así o si, en realidad, son las ganas de que pase menos, de pensar que quizás viene una generación con un poco más de fuerza en ese sentido. Pero me parece que es algo muy humano. Si bien no se puede generalizar, siento que todavía existe esto del temor al rechazo, de las inseguridades con nuestro cuerpo, con nuestras formas, con ese ideal de perfección y belleza que se sigue imponiendo. Ahora, incluso, está mucho más presente a través de las redes sociales. Antes podían ser las revistas, el cine o la televisión; hoy todo eso está al alcance de la mano. Constantemente vemos qué se considera "perfecto", tanto en lo corporal como en el estilo de vida, porque todos muestran sus éxitos en las redes.
La historia del payaso mendocino más popular
-Tras más de treinta años dedicado a Chapote, ¿recordás cómo nació el personaje?
-Siento que Chapote nació conmigo y después se fue construyendo con el tiempo. Yo vivía cerca de un lugar que nosotros llamábamos "el Campito", sobre San Martín Sur. Detrás de mi casa había un gran descampado donde se instalaban los circos y los parques de diversiones. Ahí vi muchísimos payasos que me flashearon. Inconscientemente, ellos fueron mis primeros maestros, porque después llegaba a mi casa e intentaba repetir todo lo que había visto. Además de los payasos de circo, también me marcaron mucho los de la televisión y el cine. Creo que ahí empezó a gestarse Chapote. Ya cuando estaba en la Facultad, junto con Gustavo Muñoz y Fabián Castellani, decidimos hacer una obra infantil. Dentro de esa obra había una escena en la que hacíamos de payasos y, justo en ese momento, llegó a la Escuela de Teatro una maestra buscando artistas para una función en su escuela. Hablé yo y, me acuerdo, cobramos muy poco. Éramos tres y dijimos un precio bajísimo. Pero como los tres habíamos crecido viendo a los mismos artistas, armamos un espectáculo tremendo. Fue en ese proceso cuando cada uno creó su propio payaso. Yo llamé al mío Chapote. Quería que el nombre empezara con "Ch", porque era y sigo siendo un fanático de Chespirito. Entonces empecé a jugar con la expresión "chipote chillón" y de ahí salió Chapote. Después apareció la voz finita. La probé, la gente se rió y quedó, igual que el nombre.
-¿Cómo cambió el público infantil desde sus comienzos hasta hoy?
-Sí, ha ido cambiando en algunos aspectos, pero en lo esencial creo que no. Sigue habiendo una risa que nace del golpe, del pastelazo, de la impronta, del chiste, de la palabra atravesada, de la palabra mal dicha, del error humano. El payaso es tan humano en su humor y en su estilo, expone algo que todos tratamos de ocultar: que somos imperfectos. Y justamente eso provoca risa, identificación y empatía. En ese sentido, siento que la esencia sigue siendo la misma.
- ¿Es más difícil captar su atención en tiempos de pantallas y redes sociales?
- Los adultos estamos exactamente en la misma, y hasta diría que peor. Los chicos, al menos, nacieron en este contexto; nosotros venimos de otro y nos fuimos adaptando a esta lógica de que todo tiene que ser rápido, corto, inmediato. Ya ni siquiera podemos ver una película sin mirar el celular. En mi caso, nunca fui de extender las situaciones. Siempre tuve la sensación de que el espectáculo debía avanzar con un gag detrás de otro. Cada momento tiene su clima, claro, pero enseguida aparece un nuevo chiste y la historia sigue. En realidad, eso ya lo hacían los grandes cómicos como Chaplin, Buster Keaton o Harold Lloyd. Lo mismo pasa con muchos dibujos animados. Yo crecí viendo ese tipo de humor y, de alguna manera, terminé trabajando desde ese lugar. Pero nunca fue una decisión calculada, del tipo: "Vamos a hacerlo más rápido para que los chicos no se distraigan". No. Me sale naturalmente. Además, también confío en que cada espectador hace su propio recorrido. Hay quienes se distraen, quienes por momentos se desconectan y quienes están completamente metidos en la historia.
-Muchos artistas dicen que hacer reír a un adulto es complicado, pero hacer reír a un niño es todavía más desafiante porque no finge. ¿Compartís esa idea?
—No, nunca lo viví como un gran desafío. Mi objetivo siempre fue hacer reír a quienes tengo adelante, sean adultos, adolescentes o niños. Nunca pensé: "Ahora tengo que hacer reír a los chicos". Mi desafío es conectar con el público que tengo enfrente. Además, muy pocas veces el público está compuesto solo por niños. Si es un jardín, también están las maestras; si es un cumpleaños, están los padres y otros adultos. Entonces, mi búsqueda siempre fue hacer reír a todos.
-Además de Chapote, Marita Parangachully también se hizo de un lugar muy querido entre los mendocinos. ¿Qué aspectos de tu propia personalidad hay en cada uno de ellos?
-Sí, yo creo que en algún punto se unen y, en otros, cada uno tiene su propio público. Tanto Chapote como Marita nacieron siendo personajes bastante exteriorizados, un poco alejados de mí. Pero, con el paso del tiempo, los dos se fueron acercando cada vez más a quien soy yo. Hoy ambos tienen menos maquillaje, menos artificios y menos elementos. Ya no son personajes tan grotescos. Son mucho más cercanos a mí, tanto en el vestuario como en la forma de ser. De hecho, con Marita nunca busqué hacer una voz femenina. Creo que estos dos alter egos, que durante tantos años fueron mis grandes compañeros —y ahora, gracias a la radio, he creado un montón de "monstruos" más—, también me sirvieron para no aburrirme.
-Desde hace algunos años que estás teniendo una presencia cada vez más amplia en la televisión local. ¿Pudiste comprobar que esto te haya dado más proyección o popularidad?
-Sí, totalmente. La televisión y, ahora que la descubrí, también la radio tienen una capacidad de llegada impresionante. Son dos mundos distintos que, por momentos, se cruzan, pero cada uno tiene su propio público. Está el oyente de radio, que te reconoce y te sigue, y está el televidente, que hace lo mismo desde otro lugar. La primera vez que lo viví fue en 1995, cuando hacía el Gato Tuco en ""La Galera del Mago Zzin", por Canal 7. Era un programa infantil y yo estaba dentro de un muñeco de gato. Hacía mi trabajo sin pensar demasiado en el alcance que podía tener, simplemente porque me divertía hacerlo. Pero ya en ese momento empecé a recibir comentarios de gente que me hablaba de lo que había hecho con El Gato Tuco. Ahí entendí el poder que tienen esos medios. La televisión y la radio funcionan como una catapulta enorme. En el teatro, en cambio, el ida y vuelta es inmediato: tirás un chiste, vuelve la risa, respondés a esa reacción y se arma un juego permanente con el público. Es algo muy directo.