Hay algo que conviene despejar antes de hablar de "La Odisea" de Christopher Nolan: lo extraordinariamente chatas que resultan muchas de las discusiones que rodean a la película, estrenada en las salas argentinas el pasado jueves.
Christopher Nolan adapta el poema fundacional de Homero y entrega una epopeya deslumbrante que sintetiza todas las obsesiones de su cine: el tiempo, la memoria, la culpa y la redención.
Hay algo que conviene despejar antes de hablar de "La Odisea" de Christopher Nolan: lo extraordinariamente chatas que resultan muchas de las discusiones que rodean a la película, estrenada en las salas argentinas el pasado jueves.
Las redes sociales se han apuntado a una cruzada en contra del filme: que si es "woke", que si Lupita Nyong'o es negra y no debería interpretar a Helena, que si las armaduras no corresponden a la época, que si Mel Gibson hubiera hecho la película el guion estaría en griego antiguo (¿¡Qué!?), etcétera...
Pese a sonar dogmático, hay que recordar que el cine no existe para reproducir un texto ni para reconstruir un pasado con exactitud: existe para reinventarlos. No le debe nada a la historia, ni a la política, y ni siquiera a los autores que crearon las obras originales. Su única obligación es ser verosímil dentro del mundo que crea.
Dicho esto, lo diré sin vueltas: "La Odisea" de Nolan es una obra maestra. Es, quizás, incluso la mejor película del británico: la más humana, la más redonda, la que mejor fusiona la espectacularidad del blockbuster con una búsqueda autoral. En ella confluyen todas las obsesiones que han atravesado su filmografía (el tiempo, la memoria, la identidad y la narración como rompecabezas) para encontrar, por fin, el material perfecto. Y es, por lo menos, curioso: Nolan tuvo que ir a buscar uno de los textos fundacionales de Occidente para hablar, en realidad, de quiénes somos hoy.
La historia sigue a Odiseo (Matt Damon), rey de Ítaca, en su largo y accidentado regreso al hogar tras la caída de Troya. Mientras su esposa Penélope (Anne Hathaway) resiste el asedio de los pretendientes que buscan quedarse con el reino y su hijo Telémaco (Tom Holland) emprende la búsqueda de su padre, el héroe atraviesa un itinerario poblado de monstruos, dioses y tentaciones: desde el cíclope Polifemo hasta la hechicera Circe, pasando por Escila, Caribdis y la isla de Calipso.
Pero, como comprende Nolan, el verdadero enemigo de Odiseo nunca es una criatura mitológica, sino el tiempo: los años que perdió, la memoria que se erosiona en un eterno sueño amnésico provocado por los lotos que le provee la etérea Calipso (Charlize Theron), y la incertidumbre de regresar a un hogar que quizás ya no exista tal como lo recuerda.
Rodada íntegramente en IMAX 70mm, la película no es solo un despliegue de músculo técnico, sino una decisión estética fundamental. ¿Qué importa que esta tecnología esté disponible solo en un puñado de salas en todo el mundo? ¿O que ni siquiera el IMAX haya llegado a Mendoza? Lo que importa es que el director confía en que el cine en sala es algo imposible de reemplazar. Y el espectador que vaya a verla, aunque sea en la pantalla grande más anticuada, saldrá transformado.
Y aún así, más que un reto visual, esta película supuso un reto narrativo. ¿Cómo dotar de realismo cinematográfico a un poema épico? Cada episodio de la historia de Odiseo (desde el Caballo de Troya hasta el canto de las sirenas) obligó al director a encontrar soluciones en el guion, para que esta historia no se convirtiera en una enumeración de aventuras.
El Cíclope, inmenso, triste y solitario, devorando a un guerrero en clara cita a Goya; Tiresias emergiendo de la arena, sediento de la sangre del sacrificio; Atenea (Zendaya), convertida en una presencia espectral que acompaña a Odiseo con el rostro de una sacerdotisa troyana asesinada; o las sirenas, apenas insinuadas entre las rocas, cuyo canto (el más célebre de la literatura occidental) Nolan tiene la inteligencia de no dejarnos oír. Todo nos convence que el director británico ha tenido el magistral pulso no solo para contar, sino para reimaginar, para volver palabras en imágenes cinematográficas.
Aún así, es evidente que la densidad del material literario presionó la película: el relato avanza a una velocidad vertiginosa, casi asfixiante. Uno puede preguntarse legítimamente si dividir esta historia en dos o tres partes le habría dado más aire al desarrollo de aciertos arcos, pero lo que resulta fascinante es el resultado final: lo que en manos de otro director hubiera sido un desastre, en las de Nolan se convierte en maravilla.
Las actuaciones son, sin excepción, notables. El llanto de Anne Hathaway por fin deja de ser kitsch y Robert Pattinson, como Antínoo, el pretendiente más despreciable, logra destilar maldad con cada gesto. Es más: apunten especialmente, para la temporada de premios, a Samantha Morton por su terrorífica Circe.
Y, aun así, detrás de la grandiosidad del espectáculo, Nolan encuentra espacio para hacerse las preguntas fundamentales. Su Odiseo descubre demasiado tarde que las civilizaciones no caen únicamente por las guerras, sino cuando dejan de creer en la palabra del otro. Haber concebido el caballo de Troya lo convirtió en el vencedor de un conflicto, pero también en el hombre que quebró el pacto invisible sobre el que descansa toda convivencia. El regreso a Ítaca deja entonces de ser el final de una aventura para convertirse en el comienzo de otra: el viaje hacia su propia redención.