Como una suerte de deja vu poético-existencial, aquel Joan Manuel Serrat que supo acompañarnos cotidianamente en el inicio de la vida universitaria, en el esplendor de la primavera democrática, se dio una vuelta por nuestra Universidad Nacional de Cuyo.
Tal vez el otorgamiento del doctorado honoris causa sólo sea una necesaria e imprescindible peripecia académica que le permitió a la comunidad universitaria, y con ella a toda Mendoza, poner en valor (como si eso fuera necesario) la coherente trayectoria de un artista capaz de emocionar, pero también de incomodar.
En el hervidero post-dictadura de mediados de los 80, este catalán cerraba las grietas que incluso todavía no se habían abierto. No había peña universitaria de cualquier palo, ni espontánea guitarreada que indefectiblemente no tuviera algún aspirante a trovador, o simple audaz de ocasión, que no arriesgara “alguna de Serrat”.
Canciones con la suficiente capacidad de hacernos respirar hondamente el clima de libertad que circulaba, pero no por eso exento de miradas todavía desconfiadas hacia personajes sospechosos de algún vínculo con “los servicios”. Esa inteligencia tan poco sensible que supimos conocer.
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Como ha sucedido a través del tiempo, el repertorio de Serrat era de manera espontánea un sincero acto de reflexión y militancia, pero a su vez, un puente dorado hacia la seducción de aquellos jóvenes que en la incubadora de los desencantos intuían que la vida también pasa por el amor. Entre el compromiso y la ternura, la razón suele rendirse ante la piel.
En los fogones, en los casetes o en los longplays, el Nano nos trasladaba (aún lo hace) hacia un territorio de ilusión, de construcción de un mundo nuevo, más equilibrado y contemplativo. Capaz de mirar a Latinoamérica desde Europa, de respetar e interactuar con nuestros artistas y sus pueblos. Que expresaba —arriba y abajo del escenario— esa conexión que nosotros percibíamos en sus letras. O en la de los poetas a los que a menudo corporizó en éxitos de las radios.
Después, muchos tuvimos la posibilidad de verlo y aplaudirlo conmovidos en teatros, estadios. Y volteretas de la profesión, de anotar en el anecdotario personal algún que otro intercambio periodístico que, sin embargo, no me generó lo que esta visita produce.
Lejos de los balances, este Serrat reposado que interrumpe su retiro para venir a Mendoza en plan de cosechador vital supone la necesaria y humana pulsión de tender a cerrar los ciclos, para agradecer y celebrar que aunque las utopías sean tales, al menos hacen más llevadero el desdén y la violencia.
Él tendrá sus razones para este encuentro porque el afecto aquí recibido no es distinto al que se le tributa en gran parte del planeta. Nosotros, porque todavía nos emociona recordar esos días de la épica reconstrucción ciudadana tras el horror; pero en especial, por la increíble certeza del presente que muchos de aquellos sueños todavía están intactos.