El nuevo concierto de la Orquesta Filarmónica de Mendoza llega en un momento oportuno: justo cuando se vive un renacimiento del interés por la Antigua Grecia. Gracias a "La Odisea", el taquillazo de Christopher Nolan que sigue convocando a la gente a las salas del mundo, el imaginario de la Antigüedad es admirado y discutido en redes, con sus mitos, imágenes e incluso una inédita aproximación musical (a cargo de Ludwig Göransson).
Se trata de una feliz coincidencia con el séptimo concierto de abono de la Filarmónica, que nos propone, bajo el título de "El legado de Atenas" un acercamiento al universo clásico y sus valores de equilibrio y proporción. La cita es este 31 de julio, a las 21, en el teatro Independencia, bajo la dirección del maestro suizo Nicolás Rauss. Las entradas pueden adquirirse a través de la plataforma EntradaWeb para quienes no cuentan con el abono de temporada.
En esta ocasión, la formación mendocina compartirá escenario con el Coro Amicana, el Coro de Egresados del Colegio Martín Zapata y los solistas Mariana Rodríguez (soprano) y Fernando Lázari (barítono), ya que el programa combina repertorio sinfónico y vocal.
Una cita con la Orquesta Filarmónica de Mendoza
Decíamos que la propuesta busca mostrar cómo los ideales del mundo clásico trascendieron su tiempo para convertirse en una fuente permanente de inspiración para la música occidental. La primera parte estará dedicada a la Sinfonía N°80 en Re menor de Joseph Haydn, que expresa la mesura formal del compositor, exponente del clasicismo vienés.
La segunda parte del concierto estará dedicada a "Las ruinas de Atenas", Op. 113, de Ludwig van Beethoven, una obra que suele ocupar un lugar más bien discreto dentro del inmenso catálogo del compositor, pero que paradójicamente tiene una de sus melodías más famosas: la de la "Marcha Turca" (usada, por ejemplo, en la cortina de "El chavo del 8").
El maestro Rauss, el director titular de la Filarmónica, a la que ya había comandado entre 2000 y 2004.
Escrita en 1811 como música incidental para la inauguración de un teatro en Pest, la partitura combina pasajes sinfónicos, intervenciones corales y números vocales para construir una alegoría sobre el destino de la civilización griega y un diálogo con la época en que el compositor escribió.
Lejos del impulso revolucionario de la "Eroica" o de la dimensión filosófica de la "Novena", "Las ruinas de Atenas" muestra a un Beethoven fascinado por la Antigüedad como idea antes que como reconstrucción histórica. El compositor no intenta recrear la música de Grecia (una empresa imposible incluso hoy, aunque el intento de Göransson sea fascinante), sino traducir al lenguaje del clasicismo vienés el imaginario de una cultura convertida en símbolo de la razón, el arte y la libertad.
En este sentido, la obra traduce una fascinación que en la pintura, con artistas como Hubert Robert, ya venían explorando: el encanto de las ruinas (a decir de María Gainza). Así pone en música una sensibilidad que ya formaba parte de las artes visuales y la literatura misma, ya que se trata de música incidental de una pieza dramatúrgica. Se estaba dando forma al romanticismo: pocos años después, las ruinas ya no serían un ideal estético perdido, sino metáforas del paso del tiempo y de la fragilidad humana.