Hay algo incómodo —y necesario— en el trabajo de Lorena Vega. Incluso cuando el público la reconoce por un personaje televisivo cercano o irónico, su recorrido no se acomoda a lo esperable. No suaviza, no simplifica, no se queda en lo que funciona. Su trabajo parece empujar siempre hacia un lugar más denso, más complejo, más expuesto.
Esa lógica se vuelve evidente en "Yo, Encarnación Ezcurra", el unipersonal que protagoniza desde 2017 y que en esta ocasión llega a Mendoza con una función en el Teatro Independencia, el próximo sábado 4 de abril a las 21.30. Las entradas se pueden adquirir por entradaweb o en la boletería del teatro.
Escrita por Cristina Escofet y dirigida por Andrés Bazzalo, la obra se mete con una figura histórica incómoda: la de Encarnación Ezcurra, esposa de Juan Manuel de Rosas y pieza clave —aunque muchas veces invisibilizada— en la política argentina del siglo XIX.
Lorena Vega
Lorena Vega junto a Cristina Escofet y Andrés Bazzalo
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Pero lo interesante no es solo el personaje, sino la forma en que, lejos de construir una representación solemne o académica, Vega trabaja desde una relación viva, cambiante, casi conflictiva con esa figura. No la fija, no la ordena ni la ‘explica’, sino que la activa como una presencia en permanente transformación. En escena, Encarnación no aparece como un retrato cerrado, sino como una presencia que se reconfigura función tras función. Hay interpretación, pero también hay discusión, invocación, incluso una especie de posesión actoral que desarma cualquier idea cómoda de “personaje histórico”.
Un archivo histórico hecho teatro
El punto de partida de la obra está en las cartas reales de Ezcurra, un archivo epistolar que funciona como motor dramático. Desde ahí, la escena se construye como un espacio suspendido en el tiempo: una mujer en sus últimas horas repasa su vida, su vínculo con Rosas, su rol en la política, el poder que tuvo y el que ya no tiene. No hay una reconstrucción lineal ni un relato didáctico, sino una trama atravesada por la memoria, la tensión y el cuerpo.
Esa decisión no es menor, en tanto implica correrse de las lecturas más cristalizadas. Encarnación Ezcurra fue durante mucho tiempo una figura maltratada o directamente ignorada por la historia oficial. Recién con el revisionismo histórico empezó a ser leída desde otras perspectivas. La obra se instala justamente en ese punto incómodo: no busca absolverla ni condenarla, sino devolverle complejidad.
Lorena Vega
Lorena Vega
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Y ahí aparece uno de los núcleos más potentes del trabajo de Vega: la elección de habitar personajes contradictorios. Lejos de las construcciones “de un solo color”, la actriz se mueve en zonas donde conviven la lucidez y la manipulación, la pasión y la estrategia, la vulnerabilidad y el poder. En términos escénicos, eso se traduce en una interpretación que no tranquiliza al espectador, sino que lo obliga a posicionarse.
La puesta, además, suma un elemento clave: la música en vivo de raíz folklórica, que atraviesa la obra como una vibración constante. No es un acompañamiento decorativo. Es pulso, ritmo, territorio. Hay algo de esa “tierra” —como fuerza física y simbólica— que sostiene todo lo que ocurre en escena. La danza, el cuerpo, la iluminación y la palabra se organizan desde ahí, generando una experiencia sensorial que va más allá del relato histórico.
Mientras tanto, en otro plano completamente distinto, Vega amplió su alcance a partir de su participación en Envidiosa, donde su personaje conectó de forma inmediata con el público. La serie, atravesada por el humor y la observación filosa de los vínculos contemporáneos, le dio una visibilidad masiva que no siempre es habitual para actores con fuerte anclaje en el teatro independiente.
Sin embargo, lejos de modificar su forma de trabajo, ese reconocimiento funcionó más como una puerta de entrada para nuevos espectadores. Público que quizás llegó por la serie y se encontró con otra cosa: un teatro exigente, físico, atravesado por preguntas más que por respuestas. Lejos de diluir su búsqueda, esa ampliación del público parece haber reforzado su posición.
No es un detalle menor, en una escena cultural donde muchas trayectorias se reconfiguran en función de la exposición, Vega sostiene una coherencia poco frecuente: sus proyectos no se definen por la visibilidad que puedan generar, sino por el desafío artístico que implican. Yo, Encarnación Ezcurra, en ese sentido, no es una apuesta reciente apalancada por el éxito televisivo, sino una obra que lleva casi una década en cartel, creciendo en capas, complejidad y potencia.
Esa persistencia también habla de otra cosa: de un tipo de teatro que no busca el impacto inmediato, sino la construcción a largo plazo. Función tras función, el material se transforma, se ajusta, se vuelve más preciso. Hay algo casi orgánico en ese proceso, como si la obra respirara con el tiempo.
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Lorena Vega en "Envidiosa" como Fernanda la psicóloga de Vicky, Griscela Scicilliani.
Y en el centro de todo, está esa idea de pulso. Si se le quitara lo histórico, si se despojara la obra de sus referencias más explícitas, lo que quedaría —según la propia Vega— es esa vibración: el cuerpo, el ritmo, la energía que atraviesa la escena. Algo que no se puede explicar del todo, pero que se siente.
Quizás ahí está la clave de su trabajo: en no subestimar al espectador sino en confiar que la experiencia no tiene que ser cómoda para ser valiosa y en sostener preguntas abiertas, incluso cuando el contexto empuja a simplificar.
En tiempos de consumo rápido, de narrativas cerradas y personajes fácilmente digeribles, propuestas como "Yo, Encarnación Ezcurra" funcionan casi como una anomalía. Y, justamente por eso, como algo necesario.
En esta entrevista de Lorena Vega con Los Andes profundiza ideas acerca del personaje de la obra, en tanto analiza su otro personaje ubicado en las antípodas, en la serie Envidiosa.
-En Yo, Encarnación Ezcurra hay una apropiación muy directa de su voz ¿En qué momento decidiste que no ibas a “interpretarla” sino casi discutir con ella?
-Yo creo que hago distintas cosas con el personaje: la interpreto, la discuto, la evoco, la invoco, la miro, también me dejo poseer por ella. Pasan muchas cosas en relación a cómo es mi vínculo actoral con ese personaje y esas cosas fueron cambiando a lo largo de estos 9 años que ya tiene la obra. Eso es lo rico de seguir haciéndola: de alguna manera el personaje se presenta y se expresa de diferentes modos a través de todo el tiempo que lleva teniendo vida en el escenario.
Lorena Vega
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-La obra pone en primer plano a alguien que históricamente operó desde las sombras. ¿Cómo se construye escena para una figura cuyo poder justamente consistía en no exponerse?
-Bueno, en principio la escena se construye a partir de la inquietud de su autora, Cristina Escofet, que es la dramaturga y filósofa que escribe esta obra y una especialista en mujeres de la historia argentina. Tiene varias obras escritas sobre distintos personajes de nuestra historia y, en el caso de Encarnación, se basa en las cartas que escribió, cartas reales que son patrimonio histórico, que están en el Museo Nacional de Historia en Buenos Aires o que se pueden encontrar digitalizadas en la web. Ese archivo epistolar es el que genera el material que después Andrés Basalo, el director, tiene en sus manos, entregado por Cristina Escofet, y que él me convoca a mí para interpretarla. O, como decíamos antes, para invocarla, para llevarla a cabo.
-Hay algo incómodo en darle cuerpo a una mujer asociada al poder duro, sin pedirle disculpas al espectador. ¿Te interesaba incomodar o eso apareció como consecuencia?
-Bueno, al asumir un personaje histórico que tiene adeptos y detractores, o que ocupa un lugar en la historia que durante mucho tiempo fue señalado con una mirada crítica, acusatoria e incluso descalificante, y que después con el revisionismo histórico empieza a encontrar otras aristas, sabíamos que abordábamos un personaje complejo, con claroscuros, y eso en términos ficcionales es de lo más interesante. Está buenísimo actuar personalidades complejas, que no sean de un solo color, sino que tengan distintos matices, ambigüedades, contradicciones y tensiones en la mirada que hay sobre ellas.
-¿Qué partes del archivo o de la versión “oficial” tuviste que descartar porque, aunque fueran ciertas, no servían teatralmente?
-Como la obra no la escribí yo, no tuve la potestad de descartar. El director hizo una adaptación: Andrés Basalo hizo una adaptación donde no es que algunas partes dejó afuera —no podría recordar cuáles— pero sí hizo cambios. Por ejemplo, en la parte donde Encarnación se confiesa con Dios: en la versión original se confesaba con un cura en la iglesia y acá está reversionado. Tiene esos pequeños giros o cambios de adaptación, pero no recuerdo qué escenas pudieron quedar afuera porque la versión original ya casi no la tengo presente; tengo muy incorporada la versión que hago en vivo porque la hago hace muchos años.
-En escena, el tiempo histórico se vuelve medio inestable. ¿Trabajaste desde una lógica más emocional que cronológica para ordenar el material?
-En principio trabajé cronológicamente porque volví a estudiar historia para hacer este personaje: leí mucho, tomé clases, fui recorriendo la historia en esos términos. Después la obra tiene algunos saltos cronológicos aleatorios, pero en general conserva una organización cronológica, así que eso fue un organizador. De todos modos, una vez que estaba muy adentro del material, la relación emocional con la intimidad de Encarnación es un vector que organiza la interpretación y atraviesa al personaje de principio a fin, sabiendo que es un personaje que habla desde sus últimas horas, que se está despidiendo. Entonces, incluso en el inicio, en las primeras anécdotas y momentos que narra de su vida, hay un dejo de nostalgia, de dolor y un sabor a cierre, aun hablando del comienzo.
-¿Dónde aparece el límite entre empatizar con Encarnación y justificarla?
-Bueno, el límite entre empatizar o justificarla: en escena siempre se busca comprender al personaje sin juzgarlo. En términos artísticos y ficcionales lo que hay que hacer es comprender su lógica, sea quien sea. Por eso es posible actuar distintos roles: si solo actuáramos aquello con lo que comulgamos, se actuaría un solo tipo de personajes. En escena, desde la actuación, se busca comprender.
Lorena Vega
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-¿Qué tipo de espectador te interesa interpelar con esta obra: el que ya viene con una lectura política previa o el que entra “limpio” y sale medio descolocado?
-A mí me gusta todo tipo de espectador. Me gusta que los materiales sean vistos por todo público, hacer obras que no sean elitistas. Creo que las obras son para todos y para todas, en el estadio en que cada persona esté al ver ese material, y que el arte, y en este caso el teatro, es una oportunidad de conocer el mundo. Así que no elijo un tipo de espectador: abro las puertas a que venga quien quiera.
-Tu personaje en Envidiosa tuvo una recepción muy inmediata, casi visceral. ¿Te cambió en algo la relación con el público volver al teatro después de esa exposición?
-Mi personaje en Envidiosa y todo lo que pasó con la serie no cambió mi forma de hacer teatro ni de estar en las obras. Creo que lo que sí hizo fue nutrir a las obras de un nuevo público que, estimulado por el cariño, la diversión o el atractivo que encontraron en la serie y en mi personaje, se animó a venir a ver las obras, a cruzarme ahí y a hacer un voto de confianza en mi trabajo. Eso hizo que vinieran a disfrutar y acompañarme también en el teatro, y eso estuvo buenísimo.
-¿Sentís que ese reconocimiento masivo te dio más libertad para arriesgar en proyectos como este, o al contrario, te puso un ruido extra?
-En relación a si ese reconocimiento me dio más libertad para arriesgar, Encarnación es una obra que hago hace 9 años. No es que ahora la haga incentivada por un apoyo extra o más masivo. Se estrenó en 2017 y la hicimos todos los años desde entonces. Mi relación con las obras de teatro que hago es con obras largas, con muchos años en cartel, de dramaturgos y dramaturgas contemporáneos, que abordan temas con perspectiva de género y con una mirada renovadora del mundo, a veces a través del pasado, como en este caso. A mí me interesan los proyectos por cuestiones artísticas o por el desafío que me generan como artista. Cada experiencia suma e incentiva, pero Encarnación no es nueva: siempre estuvo en cartel y por eso sigue ahora.
Lorena Vega
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-Si tuvieras que quitarle a la obra todo lo histórico y dejar solo una idea, un pulso, ¿qué es lo que no podría desaparecer sin que todo se caiga?
-No le quitaría nada a la obra porque es una pieza que, para mí, es una joya. Tampoco podría quitarle lo histórico: la obra es la historia. El sentido tiene que ver con la memoria sobre nuestra historia, sobre la historia argentina, a través de un personaje clave. Pero si pienso en ese pulso, diría que es el baile, el candombe, la vibración de la tierra. Esa vibración está todo el tiempo presente: en la danza, en la música, en el cuerpo, en el ritmo de los cambios de luz, en las palabras, en cómo se encadenan. La obra es pura vibración.
Lorena Vega, una trayectoria sostenida entre escena y pantalla
La carrera de Lorena Vega se construyó a lo largo de los años con un fuerte anclaje en el teatro independiente, mucho antes de alcanzar visibilidad masiva, y ese recorrido inicial sigue siendo el núcleo desde el cual se proyectan sus trabajos en cine, televisión y plataformas, consolidando un perfil artístico que prioriza la investigación escénica y la complejidad de los materiales por sobre la exposición inmediata, algo que se vuelve evidente en proyectos como Yo, Encarnación Ezcurra, obra que protagoniza desde 2017 y que se ha mantenido en cartel durante años como una de las experiencias más intensas de su trayectoria.
Formada como actriz y también como docente, Vega ha participado en numerosos procesos vinculados a la dramaturgia contemporánea argentina, trabajando con textos que abordan tensiones políticas, sociales y de género, lo que fue delineando una identidad interpretativa asociada a personajes complejos, atravesados por contradicciones y zonas de ambigüedad, lejos de construcciones lineales o previsibles, una marca que se sostiene tanto en su trabajo teatral como en sus intervenciones audiovisuales.
En cine, ha desarrollado una presencia constante en producciones donde su actuación evita lo accesorio para instalarse en registros más densos, mientras que en televisión y, especialmente, en el ámbito del streaming, su alcance se amplió a partir de su participación en la serie Envidiosa, donde su personaje generó una conexión inmediata con el público y permitió que nuevas audiencias se acercaran a su trabajo.
Ese reconocimiento, lejos de modificar el rumbo de sus elecciones, funcionó como una ampliación de su visibilidad sin alterar los criterios que sostienen su recorrido, guiado por el interés artístico y el desafío interpretativo, en una trayectoria que confirma una constante: la construcción de una voz propia dentro de lenguajes diversos sin perder coherencia.