Angie Villé pinta el desarraigo: "Mis antepasados no cruzaron un océano, cruzaron el tiempo"
La artista mendocina ganó el primer premio del Salón Espíritu de Italia con una obra atravesada por la memoria familiar, la inmigración y la necesidad de echar raíces.
Angie Villé ganó el primer puesto por su obra "Memoria de un sueño que no termina".
En una ceremonia donde nadie sabía de antemano quiénes serían los ganadores, los nombres comenzaron a leerse uno por uno hasta que quedó el último. “Cuando dijeron el mío fue muy emotivo”, recuerda laartista mendocina Angie Villé, quien obtuvo el primer premio del Salón Espíritu de Italia con su obra "Memoria de un Sueño que no Termina".
La muestra, que inició su exposición en el Hotel Hyatt, se mudó desde este jueves a la Nave Cultural, donde estará abierta al público con entrada gratuita hasta finales de abril. En ese espacio, la obra premiada forma parte del conjunto seleccionado por el jurado, que reúne distintas miradas sobre la inmigración y los vínculos culturales entre Argentina e Italia.
El reconocimiento llegó en el marco de un certamen impulsado por la Universidad Nacional de Cuyo junto a instituciones italianas. Según la organización, se presentaron cerca de 60 obras, de las cuales fueron seleccionadas 10 finalistas. Entre ellas se otorgaron tres menciones y dos premios principales.
Angie Villé
Los participantes y ganadores del certamen.
Gentileza
La premiación se resolvió en el mismo acto. Primero se anunciaron las menciones, luego el segundo premio y, finalmente, el primero. “No sabíamos quién ganaba nada, fue todo en el momento”, explicó Villé. El segundo lugar quedó en manos de Agustina Valentini, mientras que el jurado eligió por unanimidad su obra, destacando su resolución técnica y claridad conceptual.
La artista no venía participando del certamen en ediciones anteriores. “Los años anteriores no participé porque no estuve trabajando acá, no estuve con el arte ni nada”, admite. Su regreso coincidió con una búsqueda personal que terminó definiendo el eje de la obra.
El tema que se volvió central
En el caso de Villé, la elección temática surgió de una inquietud previa, vinculada tanto a su historia familiar como a experiencias personales. “Yo justo estoy como en una búsqueda de trabajar mucho el desarraigo, la inmigración, por mi historia personal también de muchísimas mudanzas en mi infancia… y mis bisabuelos vinieron de Italia”, explica.
Ese cruce entre biografía y contexto fue el punto de partida. La convocatoria del salón, centrada en el vínculo con Italia, funcionó como una oportunidad para profundizar en una línea de trabajo que ya venía desarrollando. “Dije: está bueno para seguir investigando esto”, resume.
La obra se construyó a partir de una idea inicial que luego fue transformándose en el proceso. “Esa me costó bastante porque en realidad salí bastante de mi zona de confort… yo venía trabajando otro tipo de lenguaje”, reconoce. El regreso a la pintura, en este caso, no fue una vuelta a lo conocido sino una forma de abordar el tema desde otro lugar, más ligado a lo personal.
El resultado es un lienzo de gran formato en el que la figura central es un inmigrante en movimiento. No hay referencias directas a un lugar específico: la escena está planteada como un tránsito. El personaje avanza cargando una casa sobre la espalda, una imagen que sintetiza la idea de desplazamiento, pero también de pertenencia.
Símbolos que construyen el relato
Uno de los aspectos más trabajados de la obra es la construcción simbólica. A partir de esa figura central, Villé fue incorporando elementos que amplían el sentido de la escena y la conectan con distintas dimensiones de la experiencia migratoria.
“La idea inicial era esa, la de la casa… y después le fui agregando en la marcha”, cuenta. Ese proceso se traduce en una serie de objetos que acompañan al personaje y funcionan como capas de lectura.
Entre ellos aparece una medalla vinculada a la guerra, integrada visualmente con las raíces que emergen de la tierra. También una red en la mano del personaje, que remite tanto al trabajo como a la construcción de vínculos. “No solamente porque muchos inmigrantes eran pescadores… también simboliza redes, nuevas conexiones que se generaron acá”, explica la artista.
A esos elementos se suman un escarpín, asociado a la descendencia; una llave antigua, que remite a las oportunidades o a los cambios de etapa; y una fotografía, que alude a los vínculos familiares que quedaron en el lugar de origen.
Lejos de aparecer como detalles aislados, estos elementos forman parte de una estructura que se fue definiendo en el proceso. “Tenía esa imagen en la cabeza, pero después le fui agregando cosas en la marcha”, señala Villé. Esa acumulación no busca contar una historia lineal, sino construir una escena abierta.
Angie Villé
Memoria de un sueño que no termina
Gentileza
Una historia personal que se vuelve colectiva
El punto de partida de la obra es autobiográfico, pero su desarrollo apunta a una experiencia más amplia. La artista retoma la historia de sus bisabuelos inmigrantes como forma de pensar procesos que exceden lo individual.
“Mis antepasados no cruzaron un océano: cruzaron el tiempo”, escribe en el texto que acompaña la obra. La frase sintetiza una mirada que no se limita al hecho histórico del viaje, sino que pone el foco en sus efectos a lo largo del tiempo.
“Hoy, ese desarraigo se siente lejano y presente al mismo tiempo”, agrega. Esa idea aparece también en la figura del personaje, que no está anclado en un momento específico, sino en una continuidad.
En ese sentido, la obra funciona como una forma de conexión entre generaciones. “Es una forma de decirles a mis bisabuelos que su viaje valió la pena”, afirma Villé. La herencia no se plantea solo en términos materiales, sino también simbólicos.
“Ese sueño se cumplió en las generaciones que vinieron”, resume. La afirmación aparece como una lectura posible dentro de un proceso más amplio, atravesado por cambios, pérdidas y reconstrucciones.
Un proceso de trabajo en construcción
Más allá del resultado final, la artista insiste en el carácter procesual de la obra. La pintura no fue ejecutada a partir de un plan completamente definido, sino que se fue resolviendo en el hacer.
“Salí bastante de mi zona de confort con esta obra. Venía trabajando otro tipo de lenguaje”, explica. Ese corrimiento implicó también un cambio en la forma de abordar la imagen y en las decisiones técnicas.
La figura del inmigrante cargando la casa apareció desde el inicio como eje compositivo. A partir de ahí, la obra se fue complejizando con la incorporación de elementos y la definición del entorno.
“Tenía esa imagen en la cabeza, pero después le fui agregando cosas en la marcha”, cuenta. Esa dinámica permitió que la obra se mantuviera abierta durante el proceso, incorporando nuevas capas sin perder coherencia.
El resultado es una pintura que combina una estructura clara con una construcción simbólica que se desarrolló progresivamente.
Una obra en circulación
Tras la premiación, la obra comenzó su recorrido expositivo. Luego de su presentación inicial en el Hotel Hyatt, fue trasladada a la Nave Cultural, donde integra la muestra abierta al público.
El acceso gratuito y su permanencia hasta finales de abril amplían su circulación, permitiendo que la obra salga del ámbito del certamen y se inserte en un espacio más amplio.
En ese contexto, Memoria de un Sueño que no Termina se presenta como parte de un conjunto de producciones que abordan la relación entre identidad, memoria e inmigración. La obra toma una historia familiar concreta y la traduce en una imagen construida a partir de elementos reconocibles, que organizan un relato desde lo visual.
Angie Villé
La artista Angie Villé junto a su obra.
Gentileza
Angie Villé: trayectoria de una artista que traza lenguajes y territorios
Angie Villé, cuyo nombre completo es María Angélica Villegas, es licenciada y profesora en Artes Plásticas por la Facultad de Artes y Diseño de la Universidad Nacional de Cuyo, donde se formó antes de expandir su práctica hacia otros lenguajes.
Su vínculo con la pintura se consolidó a partir de una formación con referentes mendocinos como José Bermúdez. A ese proceso se sumaron instancias con artistas como Emilio Reato, Constanza Giuliani y Diana Aisenberg.
En 2006 obtuvo una beca completa para estudiar en la Universidad de Guanajuato, México, experiencia que marcó el inicio de una trayectoria con proyección internacional. Desde entonces, su obra ha sido exhibida en Argentina, México y Estados Unidos.
Sus primeros reconocimientos llegaron en los salones “Luján es Otoño” (2009 y 2010), y en 2013 recibió el Premio Escenario a la mejor muestra del año. También fue nominada a los premios Jóvenes Mendocinos Destacados en Cultura por su labor como gestora en Pakidermo Espacio de Arte.
En 2015 fue beneficiaria de una beca del Fondo Nacional de las Artes, bajo la tutoría de Max Gómez Canle. Al año siguiente obtuvo el Premio Plataforma Futuro, desarrollando proyectos que combinaban fotografía, realidad aumentada e impresión 3D.
En 2019, su obra fue seleccionada para el primer premio del Fondo Nacional de las Artes en Arte y Tecnología, con exhibición en el Centro Cultural Kirchner.
Sus trabajos integran colecciones en Argentina, Chile, Perú, España, México, Francia y Estados Unidos, consolidando una trayectoria con proyección internacional.