León Gieco en el Plaza: canciones, memoria y una historia que sigue abierta

En su regreso a Mendoza, el artista construyó un relato autobiográfico apoyado en imágenes de archivo, clásicos, nuevas canciones y el respaldo de dos talentos jóvenes: su hija Joana, al piano, y el guitarrista Alejo León.

Un público fervoroso y de un amplio registro de edades colmó la noche del sábado el Teatro Plaza para presenciar y celebrar el regreso a la provincia de León Gieco, uno de los músicos más queridos del país.

Con recursos muy simples —pantalla con videos e imágenes en reproducción continua, sus guitarras y armónicas y la voz intacta (¿o tal vez mejor que nunca?)— el León oriundo de Cañada Rosquín entregó, a lo largo de casi tres horas, una nueva muestra de su obra tan contundente como inagotable.

Todo empezó con algunos videoclips que fueron preparando el ambiente, incluida una versión conmovedora de Sólo le pido a Dios grabada por el músico israelí Gabriel Meyer Halevy junto a la vocalista iraní Aída Shahghasemi en cinco idiomas de la región de Medio Oriente. Tras lo cual, en la pantalla se proyectó una secuencia fílmica del músico cantando Hombres de hierro en el recital de 1972 en Buenos Aires que al año siguiente se transformaría en el álbum Acusticazo, uno de los discos fundantes del rock argentino e hispanoamericano. Ese recuerdo filmado sirvió de fondo para la entrada de León al escenario: aplaudido a rabiar, con su guitarra y armónica entabló enseguida una suerte de dúo con su propia imagen de juventud.

Esa apertura entrañable y emocionante le sirvió luego al músico para recordarle al público el origen de esa canción —la primera de su repertorio—, que fue el Mendozazo, la protesta social de 1972 en nuestra provincia, salvajemente reprimida por el gobierno del entonces interventor Francisco Gabrielli. Gieco aprovechó para saludar a la artista mendocina Marcela Furlani, presente en la sala, quien publicó un libro de grabados inspirado en la canción y en los hechos.

Tras una versión conmovedora de Días peligrosos, León hizo un recorrido por canciones fundamentales de El Hombrecito del mar, su último álbum: La amistad, Las ausencias y Alimentación, los tres temazos que en el disco hace en dúo con Gustavo Santaolalla, Emma Shapplin y Sergio Arau respectivamente.

A partir de ese momento, Gieco se constituyó en una especie de narrador de su propia historia, revisándola a través de sus canciones y de las imágenes proyectadas en pantalla. No faltó la advertencia previa sobre los males que lo tienen a mal traer —sulcus, una dolencia de las cuerdas vocales, y tinnitus—, sobre las cuales bromeó con el público antes de demostrar que ninguno de los dos le gana la pulseada.

Uno de los momentos más festejados por los espectadores fue un juego con fotos de su larga trayectoria, donde la imagen y la canción se disparaban mutuamente: Cachito, campeón de Corrientes o La cultura es la sonrisa sonaban mientras el Teatro reconocía caras y épocas. El punto más alto de ese segmento llegó con Ojo con los Orozco a capella y a coro con la gente, seguido de un homenaje a Charly García en el que León contó los orígenes de El Fantasma de Canterville y lo entregó en una versión bien rockeada —a lo Charly— que sacudió la sala.

Entonces León le cedió el escenario a los músicos que lo acompañan: su hija, la pianista Joana Gieco, y el guitarrista Alejo León. Los dos encararon solos este segmento con temas instrumentales de Suprasustancial —álbum que publicaron en 2025—, como Aura, Epicrisis y Portal. Lo que propusieron no fue un interludio de cortesía sino un show dentro del show: Joana construyendo texturas densas desde el piano mientras Alejo las desbordaba con una guitarra que sonó a veces lírica y a veces eléctrica y salvaje.

Al regreso de Gieco, los tres encararon juntos la última parte con una hermosa versión de Canción de amor para Francisca, deslizamientos hacia temas de Mundo Alas, una versión impecable de La colina de la vida y el recuerdo de la notable gesta musical de De Ushuaia a La Quiaca, con Carito o Canto en la rama de Leda Valladares. A lo largo de todo el show, León fue desgranando pequeños aunque generosos homenajes a los músicos que marcaron su trayectoria: Santaolalla, Valladares, Spinetta, Sixto Palavecino, Pete Seeger. No como datos biográficos sino como deudas que se pagan con emoción genuina. También hubo continuas referencias a la lucha de las Madres de Plaza de Mayo y, por supuesto, una bella versión de ese otro himno argentino que es La memoria.

El segmento en conjunto cerró con un trepidante Pensar en nada que galvanizó el Teatro Plaza entero.

Ya solo en el escenario, León se empezó a despedir con Cinco siglos igual y La última batalla —compuesta para una nueva película de Edgardo Esteban—, para terminar con un tributo a María Elena Walsh y una versión a todo sentimiento de La Cigarra a la que nadie en el Plaza le escatimó la voz.

LAS MAS LEIDAS