De modo que no fue una decisión forzada ni un plan estratégico: cantar era, simplemente, lo que sucedía. En ese entorno aprendió a escuchar antes que a imponer, a respetar los silencios tanto como las melodías, y a entender que el folclore no es una suma de géneros sino una manera de narrar la vida.
Formosa y una identidad
A diferencia de otras regiones del país, Formosa no carga con una única marca musical que la identifique de forma excluyente. El propio Lázaro lo ha definido “Mi provincia no tiene una música por la que se la defina solamente. No es sólo chamamé, ni sólo zamba, ni sólo chacarera”, ha dicho en varias ocasiones. Esa ausencia de una etiqueta rígida terminó siendo, paradójicamente, una fortaleza para él. Desde temprano entendió que su identidad artística debía construirse a partir del cruce, de la mezcla, de los bordes.
En una entrevista brindada en Entre Ríos, el músico explicó con claridad que “Mi identidad musical tiene que ver con cosas pertinentes al Litoral y a la cultura. Eso abarca Formosa, el norte de Santa Fe, Paraguay, Bolivia, Salta”, explicó trazando un mapa que excede las fronteras administrativas. Ese mapa cultural amplio se traduce en un repertorio que dialoga con el chamamé, pero también con otros ritmos del norte argentino, sin encasillarse ni buscar legitimaciones ajenas.
Referentes y aprendizaje
Como ocurre con muchos artistas del folclore, la formación de Caballero no se dio solo en escenarios, sino también en la escucha atenta de quienes lo precedieron. Entre sus referentes aparecen nombres fundamentales como Mario Bofill, Zito Segovia, Jorge Cafrune y Atahualpa Yupanqui, figuras que no solo marcaron una estética musical, sino una ética del canto popular. “Ellos me enseñaron que el folclore no es solo cantar bien, sino decir algo con sentido”, expresó Lázaro en distintas oportunidades.
De Cafrune toma la idea del cantor comprometido; de Yupanqui, la profundidad poética; de Bofill y Segovia, el arraigo al Litoral. Esa herencia no se copia: se metaboliza.
De todos ellos tomó algo más que canciones: una manera de pararse frente al público, una idea del compromiso cultural y una noción clara de que el folclore no se agota en la repetición de fórmulas. En ese sentido, su trayectoria puede leerse como una continuidad sin copia, como una herencia asumida sin solemnidad.
Los festivales, su territorio
El recorrido de Lázaro Caballero por los grandes festivales del país es extenso y sostenido. Su debut en el escenario mayor de Cosquín en 2012 y la posterior consagración en 2014 marcaron un punto de inflexión en su carrera. A partir de allí, su nombre comenzó a repetirse en grillas centrales y a consolidarse como una referencia dentro del circuito festivalero.
Jesús María, Diamante, la Fiesta Nacional del Chamamé en Corrientes y numerosos festivales provinciales fueron ampliando su público y fortaleciendo su presencia. Sin embargo, Caballero nunca habla de estos hitos como conquistas individuales. En sus declaraciones suele destacar el rol del equipo, de los músicos que lo acompañan y del público que lo sigue desde hace años. “El festival es una fiesta del pueblo. Uno va a compartir, no a lucirse”, señaló en más de una entrevista.
Para él, el festival no es solo un escenario: es un espacio de encuentro social, de celebración comunitaria y de transmisión cultural. Allí, el canto deja de ser individual y se convierte en experiencia colectiva.
Una relación directa con el público
Uno de los rasgos más notorios de Caballero es su capacidad para establecer un vínculo directo con quienes lo escuchan. No hay distancia impostada ni gestos grandilocuentes. Su presencia escénica se apoya en la palabra sencilla, en el relato breve, en la mirada cómplice. Y en la sinceridad.
Durante un paso reciente por Entre Ríos, Caballero fue consultado sobre la chamarrita, uno de los ritmos característicos de la provincia. Su respuesta sorprendió por la honestidad: “No la conozco, no la escuché nunca. Me imagino que debe ser linda, pero no la voy a cantar si no la siento”.
Un hombre sencillo
Lázaro ha hablado ocasionalmente en entrevistas sobre su amor por los animales, en especial los perros, de la compañía de sus mascotas y de la importancia de esos vínculos afectivos en su equilibrio personal. “Mis mascotas son parte de mi familia. Me acompañan y me dan equilibrio”, confesó. Lejos de ser un dato menor, ese costado humano aporta una dimensión concreta a un músico que, aun con reconocimiento nacional, se mantiene anclado a lo esencial. La sensibilidad que aparece en sus canciones tiene un correlato en su forma de habitar lo cotidiano.
El folclore como defensa cultural
En los últimos años, Caballero también se ha destacado por asumir una postura clara en defensa del folclore como expresión cultural del pueblo. Uno de los episodios más comentados ocurrió durante un festival en Catamarca, cuando respondió desde el escenario a declaraciones despectivas sobre el folclore argentino realizadas por un conductor mediático. Desde el escenario, Caballero fue directo: “El folclore es el pueblo. No hables de algo que no conocés”.
La frase se viralizó, pero más allá del impacto mediático, condensó una postura constante. “El folclore no es pasado. Es presente y futuro”, suele repetir. Para él, cantar es también tomar posición.
Ese gesto no fue una reacción aislada, sino la expresión pública de una convicción profunda. Para Caballero, el folclore no es un género menor ni un objeto de burla, sino una construcción colectiva que merece respeto. Su defensa no se apoya en discursos grandilocuentes, sino en la coherencia entre lo que canta y lo que vive.
La Tonada como cruce de territorios
La presentación de este sábado en el Festival Nacional de la Tonada, en Tunuyán, suma un nuevo capítulo a ese recorrido. La Tonada es, por definición, un encuentro de geografías musicales. Aunque anclado en la tradición cuyana, el festival se ha convertido en un espacio de diálogo entre distintas expresiones del folclore argentino.
En ese marco, la presencia de Lázaro Caballero adquiere un sentido particular. Su música, nacida en el Litoral y atravesada por el norte argentino, dialoga con la identidad mendocina desde el respeto y la afinidad cultural. Para Lázaro, ese cruce es parte del sentido profundo del folclore y al respecto señaló que “La música une lugares que parecen lejanos, pero que en el fondo tienen mucho en común”
Así pues, no se trata de una visita circunstancial, sino de un cruce genuino entre tradiciones que comparten valores, historias y formas de sentir.
Un presente sólido y un futuro abierto
Hoy, Lázaro Caballero se mueve con naturalidad entre la consagración y la búsqueda. No necesita demostrar pertenencia ni forzar renovaciones. Su carrera avanza con pasos firmes, sostenida por un público fiel y por una identidad artística clara. Cada presentación reafirma un camino que no se desvía de su eje principal: cantar desde la raíz, sin perder contacto con el presente.
En un contexto cultural atravesado por la velocidad y la fragmentación, su figura propone otra temporalidad. Una en la que las canciones se transmiten de boca en boca, de escenario en escenario, y en la que el folclore sigue siendo una forma válida de decir quiénes somos.
Tunuyán se prepara para continuar hoy con una doble jornada de música y tradición con la 44° edición del Festival Nacional de la Tonada, que tendrá lugar el sábado 31 de enero y domingo 1 de febrero en el Anfiteatro Ciudad de Tunuyán.
La programación del 31 de enero reúne a artistas consagrados y nuevas propuestas del folclore argentino. En el escenario actuarán Jonathan Ballesteros, Los Chimeno, Los Pardo, Matria Cuyana, Viviana Montoya, Sin Frontera y Lázaro Caballero, ofreciendo una noche pensada para familias y amantes de la música tradicional.
El domingo 1 de febrero cerrará el festival con un cartel diverso: subirán al escenario AMTA Valle, Algarroba.com, La Grieta, Las Hermanas Abraham, Las Voces de Mi Tierra, Los Méndez y el reconocido Abel Pintos, en una velada que se espera multitudinaria y festiva.