La muerte de Sonny Rollins clausura uno de los capítulos más trascendentes del jazz moderno. Tenía 95 años y falleció el lunes en su casa de Woodstock, en el estado de Nueva York, según confirmó su representante. Con él desaparece no solo un instrumentista monumental, sino también una forma casi espiritual de concebir la improvisación: la música entendida como una búsqueda interminable de un absoluto.
En la historia del jazz abundan las leyendas. Pero pocas poseen la densidad simbólica del retiro de Rollins al puente de Williamsburg. En el verano de 1959, cuando ya había grabado el monumental “Saxophone Colossus”, decidió desaparecer de los escenarios. Así comenzó una de las escenas más extraordinarias de la música del siglo XX: un saxofonista solitario, suspendido sobre el East River, tocando durante horas (a veces llegaban a las 14) bajo el viento metálico del puente, embarcado en una búsqueda espiritual cuyo único camino eran los sonidos de un saxofón.
Sí: muchos reconocerán la famosa escena en que Lisa Simpson encuentra a Encías Sangrantes Murphy tocando en el puente de Spingfield bajo la luz de la luna. Y no es nada desacertado, porque Matt Groening se inspiró en Rollins para componer el popular personaje, y así homenajear la leyenda.
Nada hacía pensar a Rollins en lo que terminaría esa aventura. Lo que inicialmente fue una decisión puramente doméstica (no molestar a una vecina embarazada, dicen los libros) terminó convirtiéndose en un rito prolongado, que lo convirtió en un personaje peculiar: admirado, y tildado más de una vez de excéntrico loco . “Sabía que no estaba satisfecho”, declaró en 2022 a The Guardian, recordando los motivos por los que decidió parar su carrera y subirse al puente.
De aquella etapa emergió “The Bridge ” (1962), un disco rupturista: no solo con su propio estilo anterior, sino con los devenires del jazz. Y con él también empezó a consolidarse su figura en el panteón del saxofón, con dioses como John Coltrane y Wayne Shorter.
Sin embargo, el encuentro de Rollins con el puente fue una mera casualidad. "Estaba dando un paseo y vi unas escaleras y pensé: ‘Veamos qué hay ahí arriba'", contaba en la entrevista citada. “Y cuando llegué arriba, me encontré con un espacio abierto fantástico. No había nadie. Claro que había movimiento: los trenes del metro y los coches pasaban por encima y los barcos por debajo, pero en aquella época no había mucha gente caminando por allí; ahora hay mucho más. Había muchos pilares y estribos, donde podía encontrar rincones donde la gente no me veía, aunque sí me oía. Los únicos que me veían eran los pocos que cruzaban el puente. Y no muchos se paraban a hablar. Supongo que la mayoría pensaba: ‘¿Quién es ese loco?' (...) Era maravilloso estar tan cerca del cielo allá arriba, en cualquier época del año. Quizás suene un poco cursi, pero para mí fue una experiencia espiritual".
Nacido como Walter Theodore Rollins el 7 de septiembre de 1930 en Harlem, creció en un paisaje donde el jazz era el pan de cada día. Grabó más de sesenta álbumes como líder y colaboró incluso con los Rolling Stones en “Tattoo You”, aunque luego relativizaría esa experiencia al afirmar que el rock británico era, en esencia, “una derivación del blues negro”.
En 2014, una enfermedad respiratoria lo obligó a abandonar definitivamente los escenarios. Para entonces ya había recibido múltiples premios Grammy y el reconocimiento universal.