15 de mayo de 2026 - 00:30

Juan Sebastián Delgado, chelista mendocino: "Carlos Gardel y Astor Piazzolla tenían la capacidad de abrir caminos"

El mendocino, radicado en Canadá, lanzó el álbum "Tangos imaginarios", donde tiende un puente entre los dos mitos en colaboración con reconocidos músicos.

El chelista mendocino Juan Sebastián Delgado, radicado en Canadá, acaba de lanzar "Tangos Imaginarios". Se trata de un disco que dialoga con las sombras tutelares de Carlos Gardel y Astor Piazzolla, aunque sin caer jamás en la nostalgia ni en la redundancia. Lo suyo es, precisamente, una reimaginación.

Desde el chelo, Delgado diseñó un álbum de atmósfera contemporánea: aquí conviven la improvisación jazzera, la electrónica sutil y una sensibilidad profundamente rioplatense. El resultado es un disco sofisticado, emocional y audaz, capaz de tender un puente entre Buenos Aires, Montreal y el mundo.

La ambición artística del proyecto, disponible en plataformas digitales, también se refleja en sus invitados: participan figuras esenciales del tango contemporáneo como Gustavo Beytelmann, heredero directo del universo piazzolliano; Daniel “Pipi” Piazzolla, uno de los grandes renovadores del jazz argentino desde la batería y nieto de Astor; Marcelo Nisinman; Philippe Cohen Solal, figura clave en la electrónica vinculada al tango moderno; y Federico Díaz.

Su recorrido explica, en parte, esa amplitud musical. Nacido en Mendoza, comenzó a estudiar chelo a los nueve años y muy pronto su carrera tomó una dimensión internacional: becas en Italia, Estados Unidos y Canadá, estudios con referentes de la música clásica contemporánea y una trayectoria que lo llevó a presentarse en más de 28 países.

"Ahora estoy terminando el semestre como profesor de chelo en la Universidad de Maryland, en Baltimore. Después viajaré a 'casa', que hoy es Montreal, y a fin de mes tengo conciertos en Francia", nos dice ahora Delgado. "Luego espero poder tomarme un respiro durante el verano, para bajar un cambio y recargar energías para los próximos proyectos, que son muchos".

¿Y habrá algún lugar reservado para Mendoza en ese itinerario? "Tengo agendado volver en junio del 27 para tocar como solista con la Sinfónica de la UNCuyo", nos anticipa.

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-En el disco dialogás con dos figuras imprescindibles del tango como Gardel y Piazzolla. ¿Qué te animó a establecer este diálogo?

-Me interesaba unir a Gardel y Piazzolla porque, aunque representan momentos muy distintos dentro del tango, en el fondo responden a un mismo impulso creativo: la necesidad de explorar, de ir más allá de los límites de una estética muy definida. Gardel condensa una tradición, una forma de decir y de interpretar que se volvió casi fundacional; Piazzolla, en cambio, toma ese mismo lenguaje y lo tensiona, lo expande, lo empuja hacia otros territorios. Ese contraste, esa distancia entre uno y otro es justamente lo que me resultaba más fértil para trabajar.

- La pregunta obligada es cómo se hace para volver sobre estos clásicos, tantas veces interpretados, sin caer en la redundancia.

-Acercarse a figuras así implica entrar en un terreno delicado. La dimensión casi mítica que tienen hace que la cuestión de lo reverencial sea inevitable, y para mí siempre fue un punto complejo. No me interesaba repetir fórmulas ni caer en clichés que ya fueron expresados de manera brillante. Entonces la pregunta central fue: ¿cómo vincularme con este repertorio sin imitarlo, pero tampoco negarlo? Ahí es donde aparece el verdadero desafío creativo. En mi caso, implicó tomar cierta distancia y permitirme intervenir el material: trabajar con arreglos propios y también con aportes de otros compositores, abrir espacios para la improvisación, explorar otras sonoridades incluso desde lo electrónico y, sobre todo, escuchar qué me pasa hoy con esta música. Es un proceso que combina intuición, estudio y experimentación, a veces desde la partitura y otras desde la interacción más libre en el estudio o con otros músicos.

- Excedió, de alguna manera, el homenaje.

- Más que pensar en un homenaje en términos tradicionales, me interesaba generar un diálogo vivo con ese legado. Un diálogo que no sea estático, sino en movimiento, donde pasado y presente se crucen y se resignifiquen mutuamente. Y dentro de ese proceso aparece, casi como consecuencia, la búsqueda de una voz propia: algo que no es un punto de llegada, sino una construcción permanente. De alguna manera, siento que el resultado refleja no solo una manera de entender esta música, sino también un momento personal. Porque encontrar una voz propia también implica un ejercicio de honestidad: animarse a tomar decisiones, a exponerse y a asumir una mirada. No es un camino sencillo, especialmente cuando se trabaja con figuras de un peso tan grande, pero justamente ahí radica el sentido y la motivación de este proyecto.

- Aunque el chelo es un instrumento que ha sido probado como solista en el tango (recuerdo que una vez interpretaste “Le grand tango”, de Piazzolla, en Mendoza), no es precisamente el instrumento que uno más asocie con este género.

- Exactamente. Y esta es una pregunta frecuente. Sí, creo que hay una perspectiva particular, aunque también es importante recordar que el chelo no es ajeno al tango. Este instrumento ha estado presente desde hace mucho tiempo en las orquestas típicas, ya en formaciones vinculadas a Osvaldo Pugliese e incluso antes, y más adelante adquiere otra visibilidad con Astor Piazzolla, especialmente en el Octeto de 1955. Sin embargo, históricamente su rol ha sido más bien secundario, no tanto como instrumento solista o al frente.

-¿Qué posibilidades expresivas le da el chelo al tango?

- Mi visión parte directamente de mi relación con el chelo. Es mi forma natural de escuchar, de pensar y de construir la música. También hay algo en la gestualidad del instrumento, en la manera de frasear, de articular, de sostener el sonido, que inevitablemente modifica la forma de interpretar el tango. No se trata solo de trasladar un lenguaje a otro instrumento, sino de dejar que el propio instrumento sugiera nuevas formas de decir. En ese sentido, el chelo abre un espacio para repensar ciertos aspectos del género desde otro lugar, sin perder su esencia. Y, por otro lado, mi enfoque también está atravesado por una conciencia histórica y una mirada actual al mismo tiempo. Me interesa mucho entender de dónde viene el instrumento dentro del tango, pero también mantener una cabeza abierta respecto a hacia dónde puede ir. Esa tensión entre tradición y búsqueda es, en definitiva, lo que guía mi manera de trabajar. Más que pensar que estoy haciendo algo “inusual”, lo vivo como una continuidad posible dentro de la historia del género: una forma de expandir sus límites desde un lugar muy personal, pero profundamente conectado con su identidad.

- En el álbum, una técnica que se despliega en todo su esplendor es la improvisación. ¿Cómo es tu relación con ella y el jazz?

- La improvisación tuvo un rol muy importante en el proceso, y en ese sentido puede aparecer cierta cercanía con el jazz, pero creo que es importante hacer una distinción. La improvisación dentro del tango, históricamente, es mucho más sutil y está más delimitada: no se trata de tocar “cualquier cosa”, sino de moverse dentro de un lenguaje muy específico, con códigos bastante definidos. En algunas de las piezas, en particular “Oblivion” y “Escualo”, trabajamos con arreglos que abrían espacios tanto para una improvisación más idiomática como para momentos más libres, especialmente en secciones como las introducciones o los desarrollos centrales. Ahí es donde se genera un diálogo más orgánico entre los instrumentos, una interacción en tiempo real que le da a la música un carácter distinto, más dinámico y, en cierto modo, más impredecible. Al mismo tiempo, incluso en esos momentos más abiertos, la improvisación nunca se aleja completamente del material original. Siempre parte de estructuras, ideas o gestos que ya están presentes en la composición, algo que también sucede en el jazz, y desde ahí se expande. En el caso de trabajar sobre la música de Piazzolla, eso fue particularmente interesante, porque su obra ya contiene una gran riqueza rítmica, armónica y formal que invita naturalmente a ese tipo de exploración. También hay una cuestión más conceptual: sin cierto margen de riesgo es muy difícil que algo realmente se transforme. Si uno piensa en figuras como Carlos Gardel o el propio Piazzolla, ambos asumieron riesgos muy grandes en su momento, y eso fue lo que permitió que el tango evolucionara. La improvisación, de hecho, siempre fue parte del tango, aunque no siempre se la ponga en primer plano. Negarla sería desconocer una dimensión importante de su historia.

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- Algo que fue clave para darle forma al álbum fueron tus encuentros con músicos reconocidos como Beytelmann y Pipi Piazzolla, incluso en distintos puntos del mapa. ¿Cómo resumirías ese periplo y en qué medida ayudó a darle variedad y emoción al proyecto?

- Sí, ha sido un periplo increíble, casi un viaje de vida. Un camino de aprendizaje, de evolución personal, de encuentros y de inspiración constante, viajando por ciudades que me fascinan como Buenos Aires y París. Entrar a un estudio de grabación, que siempre es intimidante, pero en este proyecto tuve la oportunidad de tocar, improvisar, grabar y discutir ideas musicales con personas que admiro enormemente y que son auténticos genios, como Gustavo Beytelmann, una verdadera leyenda nacional. Todo esto le dio al álbum un valor emocional único para mí. Cada sesión, cada improvisación, cada conversación musical me inspiró profundamente y definió mi visión sobre el tango y sobre cómo abordar este proyecto. Hubo momentos en los que me levantaba por la mañana y decía: “¡Wow, mirá lo que estoy haciendo y con quién lo estoy haciendo!”. Esa mezcla de asombro y humildad es algo muy raro, algo que te mueve y te transforma, y creo que toda esa energía se refleja en la música del disco.

También algo fundamental fue el trabajo colectivo. Este tipo de proyectos se construyen en diálogo constante con otros músicos, en un ida y vuelta donde las ideas se transforman. Tuve la suerte de estar acompañado por grandes figuras del género, gente muy estudiosa que, al mismo tiempo, me dio la confianza para sumergirme en un universo muy propio, pero también abierto y receptivo para seguir explorando y buscando. Esa combinación de libertad, riesgo y colaboración fue clave para que el disco encontrara su forma y su identidad. Sin lugar a dudas, este disco representó mucho más que un proyecto artístico: fue una expansión hacia caminos conocidos y menos explorados, un espacio donde pude realmente entrar, entregarme y dejarme llevar. Y creo que, al final, eso es lo que da vida a la música: cuando uno se conecta de manera profunda, honesta y valiente con lo que está creando y con quienes lo acompañan, algo único surge, algo que no solo suena, sino que también late, respira y emociona.

- En este sentido, un encuentro decisivo fue el que tuviste con Philippe Cohen Solal, de Gotan Project, un mito del tango electrónico. ¿Cómo fue y qué te dejó artísticamente?

- Siempre me resulta fascinante cómo a veces los puntos se conectan de formas que uno ni imagina. En 2001, cuando Gotan Project lanzó su primer disco “La Revancha del Tango”, yo tenía apenas 12 años. Fue mi hermana quien me los hizo descubrir, y pronto ese sonido estaba en todas las radios de Argentina. Nunca pensé que, más de veinte años después, terminaría trabajando codo a codo con uno de sus fundadores. Todo sucedió en un pequeño club de jazz parisino, mientras tocaba junto al legendario Gustavo Beytelmann, quien participa en este disco como pianista y arreglador. Ahí tuve la enorme fortuna de conocer a Philippe Cohen Solal. La conexión fue inmediata, y en el verano de 2025 nos encontramos creando juntos, en tan solo tres días, dos nuevos temas: uno de Piazzolla y otro de Gardel.

Trabajando en los mismos estudios donde se grabaron todos los discos de Gotan Project, ubicados en un edificio histórico en el corazón de París —donde incluso vivió Julio Cortázar— nos sumergimos, junto con Philippe y su asistente Marc, en la idea de reimaginar un Gardel diferente: un Gardel atravesado por sonidos electrónicos y por la voz del cello. La versión se construyó a partir de múltiples capas de cello: desde pizzicatos de acompañamiento hasta la melodía principal, con contracantos y armonizaciones, todo integrado en un universo electrónico donde el beat sostiene la pulsación tanguera, y lo acústico y lo electrónico se funden de manera natural. Fue un proceso hermoso, orgánico y cargado de una fuerza emocional importante. Como vos dijiste, estar sentado junto a una leyenda viviente, en los estudios donde se dieron a luz todos los discos de Gotan Project, en el edificio donde vivió el gran Cortázar… ¿cómo eso no va a influenciar mis emociones y, por ende, el contenido artístico?

- Después de estas reinterpretaciones y “reimaginaciones” de Gardel y Piazzolla, y pese a que muchos podrían contraponerlos como “tradición vs. vanguardia”, ¿qué puntos en común encontrás entre ellos?

- Qué buena pregunta. Y, para ser sincero, un poco complicada, porque depende mucho del contexto (ríe). Pero si intento avanzar, creo que la clave está en mirar hacia atrás para poder avanzar hacia algo nuevo. Para poder reinterpretar o “reimaginar” a Gardel y Piazzolla, primero tuve que entender su lenguaje, los códigos que hacen que esa música sea lo que es y no otra cosa. Y solo cuando uno comprende esos cimientos puede permitirse mover las piezas, jugar y experimentar. Es allí, en ese punto de balance entre respeto por la tradición y exploración, donde surge algo realmente interesante para proponer. De alguna manera, esto refleja lo que Piazzolla nos enseñó: para romper, primero hay que saber cómo se construyó cada pieza. En este álbum, no se trató de “intervenir” el tango desde afuera, sino de expandir elementos que ya estaban presentes en su historia. Tanto Gardel como Piazzolla tenían esa capacidad de abrir caminos: Gardel con su intuición melódica; Piazzolla con su audacia armónica, rítmica y formal. Ambos compartían un sentido profundo del fraseo, de la emoción y de la narración musical, aunque desde lugares muy distintos. En el contexto de “Tangos Imaginarios”, me pareció natural explorar ese territorio abierto que, en realidad, el tango siempre ha sido. Lo que conecta a Gardel y a Piazzolla no se reduce a la tradición o la vanguardia, sino a su capacidad compartida de evolucionar desde dentro, de ingresar a este mundo tan único y expandirlo desde sus miradas personales. Esa curiosidad, ese deseo de expansión sin perder la raíz, es, para mí, el punto de encuentro más profundo entre ellos.

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