Desde hace más de diez años, Juampi González ocupa un lugar propio dentro del cada vez más poblado universo del stand up argentino. Su nombre circula con naturalidad tanto en las redes sociales como en los escenarios teatrales, dos territorios que hoy forman el ecosistema habitual de muchos comediantes de su generación. En su caso, el combustible creativo proviene de un terreno tan cotidiano como inagotable: el amor, las relaciones de pareja y las dudas que acompañan a los vínculos afectivos.
En espectáculos como "Oveja Negra" —su cuarto unipersonal—, esa mirada se traduce en un formato que muchas veces se parece más a una charla franca con el público que a un monólogo rígido. En ese espacio aparecen la soltería, las citas que no salen como uno esperaba, los códigos implícitos de las relaciones contemporáneas y los mandatos sociales que todavía sobreviven. Todo funciona como disparador para el humor.
Ese costado casi confesional de su comedia se intensifica cuando el humorista se transforma sobre el escenario en Alexandra Teapoya, un personaje que aparece con peluca roja y tacos altos. El alter ego —una parodia evidente de la sexóloga Alejandra Rampolla— actúa como una falsa experta en cuestiones sentimentales que, con ironía, desmonta muchas de las supuestas verdades del universo amoroso.
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Sin embargo, el recorrido que llevó a González a dedicarse a la comedia dista bastante de ese universo emocional que hoy explora sobre las tablas. Su historia personal comienza en un ambiente familiar más cercano a la lógica de los números que al caos de los sentimientos.
“Mi casa de la infancia era muy estructurada. Mi papá es ingeniero y yo estaba estudiando la misma carrera, hasta hice una pasantía de un año y medio en una empresa. Decidí bajarme con cuatro finales pendientes”, recuerda el comediante en una charla con Clarín.
El giro hacia el humor surgió casi por casualidad, durante su etapa universitaria. Fue allí donde descubrió que la comedia podía tener un lugar incluso en los contextos menos esperados. “Yo ya empezaba a hacer stand up, todavía no se me cruzaba por la mente que podía ser mi profesión. Y se me ocurrió unir las dos cosas”, explica. La chispa, cuenta, apareció al observar a un profesor que lograba transformar una materia pesada en algo llevadero gracias a su manera de dar clase.
Ese descubrimiento fue el comienzo de un camino que lo llevaría a consolidarse dentro del circuito del stand up argentino y a ganar visibilidad en redes sociales, además de coronarse ganador de la primera temporada del reality "LOL Argentina", de Amazon Prime Video.
Ahora, después de años de consolidarse en la comedia en vivo, Juampi González decidió dar un paso que lo coloca en un terreno diferente: el teatro de texto. Anoche debutó en el Teatro Premier de Buenos Aires con "Regla de tres simple", una comedia escrita y dirigida por Hernán Krasutzky en la que comparte escenario con la humorista Nancy Gay.
“Es una transición que venía buscando hace tiempo y tenía ganas de que suceda. Me habían ofrecido ya una obra de teatro, pero no la sentía tan cercana. Esta la leí y es una comedia que me divirtió desde el minuto cero. Hoy me siento cómodo con la comedia, el día de mañana capaz me anime a un drama. Es un desafío para mí, así que me meto en los ensayos y por suerte la pasamos bien. Pero bueno, también estoy lleno de miedos por ser algo nuevo”, admite.
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Aunque tuvo pequeñas experiencias actorales —participaciones en microteatro y algunos papeles breves en series—, esta será la primera vez que deba sostener una obra entera apoyado en un texto.
“Había participado en microteatro o tenía algunas participaciones en series, pero todo muy chiquito. Es la primera vez que voy a estar una hora y algo aferrado a un texto al 100%. Entonces sí, obviamente con mucho miedo, pero del miedo lindo, de ese que te motiva, que te da energía y te da pilas. Estoy contento”, explica.
Reír, llorar y descubrir nuevos matices
Para un comediante acostumbrado a manejar los tiempos del humor en soledad frente al público, la actuación en una obra implica también enfrentarse a otros registros emocionales. El teatro exige momentos dramáticos, silencios y una construcción de personaje que excede el remate del chiste.
“Estoy aprendiendo, pero tengo ganas de pelar esa parte también y que la gente lo disfrute. Muchas veces escuché la frase de que es mucho más difícil reír que llorar. Yo siempre digo que no sé porque hacer reír me sale fácil y hacer llorar no lo intenté nunca. No sé si en esta obra van a llorar, pero seguramente alguna fibra íntima toquemos porque es un tema delicado: las relaciones, los amores correspondidos y los no tanto. Me encanta el desafío de mostrar otra cara mía. Me estoy descubriendo en esto, viendo qué matices puedo dar”, reflexiona.
Uno de los grandes interrogantes para cualquier comediante que se traslada al teatro tradicional tiene que ver con la improvisación. En el stand up, gran parte del encanto radica en la espontaneidad y en la posibilidad de reaccionar a lo que sucede en la sala.
“Acá todavía no. Digo ‘todavía’ porque estamos peleando, je. Justo eligieron a dos comediantes para hacer esto, o sea Nancy y yo, y es obvio tiramos a aportar. Han surgido cosas que ya quedan como fijas del texto, pero después veremos con el público y la adrenalina del vivo qué sucede. Tanto Nancy como yo tenemos la virtud de tener la creación de chistes a mano. Yo creo que si pasa algo en la sala, capaz que lo usemos a nuestro favor”, adelanta.
La evolución del stand up
El vínculo con el público también cambió con el paso del tiempo. Hoy es común que los espectáculos incluyan momentos de interacción directa. “Es parte de la evolución del género. Hoy hay muchos shows que son solamente crowd work (interacción con el público). Creo que las redes sociales cambiaron el lenguaje. Uno tiene ida y vuelta constante con su público y sería raro que en el show no se abra ni un mínimo la puerta para interactuar. La gente va con ganas de participar”, explica.
Aunque reconoce el valor de ese recurso, también advierte sobre el riesgo de reducir el stand up a una simple charla improvisada. “Está bueno como recurso, pero a veces se abusa. Hay gente que se va con la idea de que el stand up es solo preguntarle a la gente qué hizo en el día, y el stand up no es terapia”, aclara.