A los 83 años, Jorge Astrudillo es el eslabón central de una familia de músicos que hicieron del tango la pasión de sus vidas. Primero, el abuelo Luis, que fue el líder de una gran orquesta de tango de los años 40 y luego, Jorge, que empezó en la orquesta de su padre e hizo su propia trayectoria, incluyendo el folclore y la música clásica. Tocó para los cantores Alberto Podestá, Omar Verón, Cipe Lincovsky y hasta acompañó a Piazzolla en una presentación en Mendoza. En el Día Nacional del Tango, hablamos con uno de los principales músicos de tango que ha tenido la provincia, para conocer algo de su historia.
—Si te parece podemos empezar con la historia de tu familia, porque tengo entendido que esto empezó con tu padre.
—Sí, efectivamente. Mi papá, el maestro Luis Astrudillo, era bandoneonista y de los muy buenos que había en aquella época. Yo prácticamente escucho música desde el vientre de mi madre, porque mi papá estudiaba permanente en nuestro hogar y yo escuchaba la música. A los 6 años más o menos mi padre me empezó a enseñar solfeo. Vivíamos en San José y me llevaba en tranvía. Íbamos hacia la Quinta Sección, con el maestro Otero. Después de unos tres o cuatro años me hicieron venir para entrar a la escuela de música de la Universidad Nacional de Cuyo, donde hice parte de mi carrera junto al maestro Alberto Vázquez, un concertista de primera.
—Lo de tu viejo fue en el tango clásico, de los años 40...
—Sí, él empezó en 1920, más o menos a tocar el bandoneón. Era un instrumento que amaba, tanto el amor que llegó a ser uno de los mejores bandoneones de la provincia de esa época. De los años 30 en adelante.
—¿Y vos cuándo empezaste profesionalmente?
—Cuando ya cumplí 15 años más o menos. Fue una cuestión del destino. Mi padre tenía la orquesta armada con 12 músicos, y el pianista, que lo acompañó muchos años, tiene la desgracia de que se le muere la madre. Me dice mi viejo: "No quiere tocar. Así que tenés tocar vos”. Yo ya leía bastante la música, había probado algunos temas, así que lo remplacé. El primer tango que toqué con la orquesta de mi padre fue Yira, Yira.
—¿Y dónde tocaban?
—En un local bailable que estaba frente al diario Los Andes. Era un lugar donde se bailaba, había orquesta típica y orquesta de jazz, como se estilaba en esa época. Ahí íbamos permanentemente a tocar. Yo era menor de edad, pero bueno, entraba para tocar. En los intervalos se tocaba jazz y nosotros pasábamos a un cuartito que había al fondo y los músicos jugaban a las cartas. Cosa que yo nunca aprendí, salvo el chinchón.
—Pero supongo que tocaban en distintos lugares también...
—En esa época estaba de moda el casino de Mendoza y contrataban una orquesta de tango y otra de jazz todas las noches. También ahí me dejaron entrar siendo menor. Y tocábamos en Radio del Cuyo, en las distintas radios de Mendoza, Radio Nacional. Mi papá fue el bandoneonista oficial de la radio nacional.
—¿E hiciste grabaciones? ¿Cómo fue eso?
—Grabamos el disco Dibujando. Fue un una gustada que se dio mi padre, pero ya casi en los 80. La grabación incluía todos temas de él y tres temas míos. Fue lo único que más o menos quedó para la historia. Es muy difícil en Mendoza progresar o sobresalir. Como dice el dicho: "Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires." Así que para llegar a hacer algo hay que ir a Buenos Aires.
—¿Siempre tocaste con la orquesta de tu viejo o en algún momento empezaste tu propio camino?
—No, no, yo primero con mi papá, sí. Después el tango fue perdiendo interés en los clubes. En esa época se iba a todos los clubes de la provincia de Mendoza. Nos cruzábamos los músicos de un club a otro. Y nos encontrábamos en el Sindicato de Músicos, en la calle Rioja. Los sábados y domingos, cuando había fiestas, salíamos las orquestas armadas. En esa época estaban de moda las orquestas de Aníbal y Héctor Appiolaza y de Anibal Guzmán. Con ellos armamos el Sexteto de Oro del Tango. Hicimos también una grabación, donde hay un tema mío, Dibujando. Cuando empecé a tocar con los hermanos Appiolaza, Aníbal le hizo un arreglo que parecía un concierto. Tengo ese orgullo, de que maestros como esos hayan aceptado mi pequeña obra.
—¿Siempre fue con el tango o tocaste otros géneros?
—Folclore he hecho mucho. Cuando fui maestro de música de una escuela, compuse gato, cueca, chacarera, malambo y samba. Me tocó hacerlo en la escuela Newton, donde van chicos del COSE, creo que ha cambiado ahora el nombre. Pero yo daba clase a esos chicos y les enseñé a bailar folclore. Pero la carrera mía era concertista de piano. Cuando armé mi quinteto, hace 40 años más o menos, se incorporó el maestro Eduardo Daract, que era de la Orquesta en Filarmónica en ese momento. Un pianista muy destacado y con él hemos hecho mucha música clásica. Hemos actuado en Música clásica por los Caminos del Vino casi 10 años seguidos, haciendo obras de Beethoven, Mozart, Händel, Bach. Así que la música principal para mí fue la música clásica. Son temas maravillosos realmente.
—Y si tuvieras que hacer una definición sobre el tango, en el Día Nacional del Tango, ¿cuál sería?
—Bueno, es la música argentina. El Tango fue declarado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad. O sea: estamos en todo el mundo y se practica en la mayoría de los países. Lamentablemente tiene poca difusión en Mendoza.
Por qué el día de tango
El 11 de diciembre se celebra el Día Nacional del Tango. Es una fecha que rinde homenaje a dos figuras nacidas ese mismo día y fundamentales para la identidad del género: Carlos Gardel y Julio De Caro. Un recordatorio que busca poner en valor la tradición, la memoria y la vigencia de una música que ha acompañado generaciones, transformándose sin perder su esencia. En cada barrio, en cada milonga y en cada orquesta, el tango sigue contando historias de amor, de pérdida y de deseo. Más que un género musical, es una forma de sentir el mundo, un lenguaje que Argentina proyecta al mundo.