Shakespeare inventó lo humano. Lo decía el genial y cáustico Harold Bloom. Y tenía razón: al crear sus personajes, el dramaturgo hizo un mapa completo de nuestra condición. Habilitó una forma moderna de concebir nuestra identidad: compleja, contradictoria y en permanente transformación. Por eso sus obras, a más de 400 años de distancia, nos siguen hablando con franqueza y emocionando. Y por eso también sus magnéticas criaturas son la piedra de toque de cualquier actor que se precie como tal. Ricardo III, en ese universo, es el arquetipo absoluto de la maldad humana.
¿Qué podría llegar a hacer con todo este material el osado (y polémico) Calixto Bieito? Aplaudido y criticado por desnudar cantantes de ópera y llevarlos al límite de sus posibilidades, nadie puede negar que tiene un talento particular para encontrar nuevos enfoques en viejas historias. Lo hizo con Mozart, y ahora con "La verdadera historia de Ricardo III", producción del Teatro San Martín de Buenos Aires que estrenó en junio del año pasado y desde este jueves, hasta el domingo 28 de junio, se ve en el Teatro Mendoza. Las entradas se pueden adquirir en EntradaWeb.com.ar.
La función del jueves 25, agregada en la última semana ante la demanda de público, estuvo coronada con una ovación de pie. La estrella en el escenario, y sin dudas el gancho para que muchos fueran a verla, es Joaquín Furriel en el rol de Ricardo III. El magistral y popular actor ya había trabajado con Bieito en "La vida es sueño", de Calderón de la Barca, en 2010; y fue él mismo quien convocó al director para este proyecto, donde Adrià Reixach monta una dramaturgia que une un episodio contemporáneo con textos de Shakespeare, traducidos por Lautaro Vilo. El resultado es una obra que es al mismo tiempo una descarga física, intelectual y emocional.
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Furriel y Luis "Luisón" Herrera en uno de los momentos más impactantes de la puesta. Foto: Prensa TGSM.
Cómo es esta adaptación de la obra de William Shakespeare
La tragedia escrita por William Shakespeare a fines del siglo XVI narra el ascenso al poder de Ricardo, un noble dispuesto a asesinar, seducir, manipular y traicionar a cualquiera para convertirse en rey de Inglaterra. A diferencia de otros villanos, como Macbeth o Iago, Ricardo abraza el mal con plena conciencia y lo convierte en un espectáculo, haciéndonos cómplices a los espectadores de todos sus planes. Pero esta puesta introduce una lectura adicional que resignifica toda la obra.
Desde el comienzo, el escenario exhibe el hallazgo arqueológico del verdadero cadáver de Ricardo III, encontrado en 2012 bajo un estacionamiento en Leicester. Ese descubrimiento desmontó uno de los grandes mitos históricos: Ricardo no era el monstruoso jorobado que la tradición había instalado. Tenía escoliosis, sí, pero estaba lejos de la deformidad grotesca con la que fue retratado durante siglos.
Esa constatación científica, que merece una nueva línea argumental paralela al texto de Shakespeare, sirve aquí para denunciar cómo el relato histórico puede construirse desde la propaganda. Y cómo la manipulación de la verdad, tan debatida actualmente, data de siglos y parece venir codificada también en nuestra condición humana. Shakespeare, escribiendo bajo la dinastía Tudor, contribuyó a consolidar una imagen demonizada del rey derrotado. La obra expone así una idea profundamente contemporánea: quien controla el relato controla también la memoria. Bieito plantea esto desde el primer minuto, con una suerte de prólogo a cargo de Marcos Montes, un virtuoso y divertido intérprete.
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La obra plantea el uso de la verdad y la propaganda. Foto: Luis "Luisón" Herrera.
Y allí aparece Joaquín Furriel. Su Ricardo, desde el primer momento, nos cuenta sus planes. Y lo hace con una malicia verborrágica, que trabaja desde la inteligencia, la ironía e incluso el humor. Hace su aparición en escena con un silbato y un bonete, para darle al personaje un aire, más que monstruoso, grotesco. Por momentos parece un verdadero clown. Pero lo más impresionante quizás sea el componente físico de su interpretación. Corre (arriba y abajo del escenario), trepa, se cuelga, se arroja al suelo, pelea, seduce, se contorsiona produciendo sonidos indescriptibles, interactúa con el público, manipula objetos, mueve pesadas escenografías y hasta come una torta. Transforma constantemente su cuerpo sin perder jamás el control del personaje.
Pero Furriel nunca está solo. Luis Ziembrowski, Ingrid Pelicori, Belén Blanco, María Figueras, Marcos Montes, Luciano Suardi, Iván Moschner, Luis Herrera y una asombrosa Silvina Sabater ("Cuando acecha la maldad", "En el barro") responden con una precisión admirable. Todos integran un engranaje de altísima exigencia técnica.
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El dispositivo escénico ideado por Bieito incluye un automóvil colgado del techo. Foto: Prensa TGSM.
El responsable de semejante operación teatral, decíamos, es el director español Calixto Bieito. Desde hace décadas, se ha ganado una reputación por desmontar los clásicos para exponer su costado más salvaje, más político y más humano. Sus espectáculos suelen ser físicos, violentos, sexuales, incómodos. Y esta no es la excepción.
Su puesta convierte el escenario en un organismo en permanente transformación. Incluye grandes estructuras metálicas, mesas, sillas, micrófonos, pantallas y hasta un auto colgado del techo. El diseño lumínico, el desplazamiento incesante de los actores y hasta la decisión de quebrar la cuarta pared en momentos de máxima tensión hablan de la astucia de Bieito para mantener el ritmo y captar siempre la atención.
Pero tampoco hay que ser ingenuos. "La verdadera historia de Ricardo III" no es una experiencia fácil. No es una obra cómoda ( y tampoco busca serlo). Exige, por ejemplo, máxima atención del público, que preferentemente debería ir a la sala sabiendo que estamos frente a un clásico y que, por ende, deberíamos saber al menos de qué va la historia. Pide una entrega algo desprejuiciada y disposición para dejarse arrastrar cuadro por cuadro, resignando el empeño de querer entender y ver todo lo que sucede en el escenario. De hecho, desafía constantemente las expectativas del espectador. Y vale la pena verla precisamente por esto.