—Es otra de las grandes obras de Shakespeare. ¿Cómo fue hacerla?
—En términos literarios o actorales inclusive, Ricardo III es menos compleja que Hamlet. Ricardo es un tipo que dice “Voy a hacer esto” y va y lo hace. No tiene tantas contradicciones internas, no es dubitativo; es un personaje marcial que va adelante con todo. La gran dificultad que para mí tiene esta obra no radica tanto en el texto en sí, sino en el enfoque de la puesta que dirigió Calixto Bieito. Él es uno de los mejores directores del mundo, está dentro de los tres directores de ópera más importantes de Europa. Acaba de dirigir un Wagner en la Ópera de París, viene de dirigir en Zúrich, ahora se va a Berlín... está todo el tiempo dirigiendo al más alto nivel.
—Ya habías trabajado con él anteriormente en La vida es sueño. ¿Cómo lograste convencerlo para traerlo a la Argentina con este proyecto?
—Sí, hicimos La vida es sueño de Calderón de la Barca y ahí quedó un vínculo muy fuerte. Cuando quise hacer Ricardo III, lo convoqué y le propuse la idea. Sé que él ama Buenos Aires y le gusta mucho la riquísima vida cultural de la ciudad, así que logré convencerlo para que viniera. Lo interesante es que en Europa la gente viaja entre distintos países solo para ver sus puestas, porque son extremadamente visuales, por momentos parece que estuvieras viendo cine. Él genera imágenes muy potentes que se quedan dando vueltas en la cabeza del espectador y trabaja muchísimo sobre las emociones. No le gustan las convenciones típicas del teatro, eso de que termina una escena, se apaga la luz, baja el telón y arranca la otra. En esta obra estamos los diez actores trabajando permanentemente arriba del escenario. Es un verdadero festival de teatralidad.
Ricardo lll-Calixto Bieito-ctba 2025-foto Carlos Furman
El actor Joaquín Furriel encabeza la obra Ricardo III, con un notable elenco
Ricardo III: una superproducción
—Salir de gira nacional con una puesta de semejante envergadura tiene que implicar un desafío enorme de producción…
—Cuando decidimos salir de gira por el país, la propuesta inicial fue firme: no ceder ni cambiar absolutamente nada de la puesta original para poder adaptarla. La trasladamos y la hacemos exactamente de la misma manera que se montó en Buenos Aires. Por eso solo se pudo realizar en Córdoba, Rosario, San Juan y acá en Mendoza, que es donde vamos a terminar la gira nacional antes de irnos a Barcelona, al Festival Grec, y luego a Shanghái. El año pasado estuvimos en Madrid y en Bilbao, y fue increíble ver cómo venían los fanáticos europeos del director a ver la puesta.
—Al encarnar a un personaje así, ¿hubo algo que te incomodara o te desafiara físicamente?
—Físicamente siempre me mantengo entrenando y la obra es sumamente física. Tengo una enorme cantidad de textos, voy, vengo, y manejo muchas inflexiones de voz. Ricardo III es un personaje que quiere el poder absoluto, quiere ser rey, pero para llegar a la corona tiene a su hermano mayor que es el rey actual, luego viene su hermano del medio, luego los sobrinos... en fin, tiene mucha gente en la línea de sucesión. Y está dispuesto a matarlos a todos con tal de alcanzar su objetivo. Lo fascinante es que lo hace de una manera que por momentos roza lo fársico; es muy gracioso cómo habla directamente con el público y cómo va preparando la aventura criminal en la que se va a meter. Es un camaleón absoluto. En ese punto es donde más tuve que trabajar: hacer un personaje que, a su vez, es muchos personajes diferentes. Por momentos es un bufón, por momentos un héroe romántico, trágico, dramático, intelectual, filosófico o un estúpido. Va probando todo lo que necesita. Arranca la obra y todos lo maltratan, lo subestiman bastante, y a él le conviene que lo vean como un tonto. No hay nada más eficaz en la construcción del poder que lograr que los demás te subestimen.
Ricardo lll _Calixto Bieito-CTBA2025-Foto Carlos Furman
El actor Joaquín Furriel encabeza la obra Ricardo III, con un notable elenco
El reflejo del personaje de Shakespeare en la política argentina
—¿Ves reflejados varios "Ricardo III" en la realidad de la vida pública argentina?
—Sí, totalmente. Nosotros, al ser un país tan personalista, funcionamos de esa manera. Hay otros países que son parlamentarios y tienen una cultura muy diferente. En esas culturas parlamentarias, el ser egocéntrico, estar todo el tiempo con el "autobombo" se ve como algo de gente histriónica y un poco tonta. En cambio, en los países personalistas como el nuestro, somos extremos.
—¿En qué sentido notás ese personalismo en la política actual del país?
—A la gente le pasa con este presidente actual lo mismo que pasaba con la presidenta anterior o los mandatarios anteriores: se enojan muchísimo con algo que dice el presidente o con una ley en particular, pero se olvidad de que esa ley está votada por un montón de gobernadores y legisladores que vienen de otros partidos, que quizás se dicen opositores, pero terminan votando las leyes de este presidente. Como somos una sociedad marcadamente personalista, el foco y la responsabilidad absoluta siempre se ponen sobre una sola persona. En ese sentido, Ricardo III pertenece a una época donde los reyes eran los reyes, bajo la idea de que un solo individuo es el responsable de todo lo que sucede. En ese grado de personalismo, el personaje funciona muy bien porque, al ser inicialmente invisible para los demás, observa todo el tiempo y, cuando ve el momento oportuno, ataca.
La ¿dificultad? de hacer Shakespeare
—Existe un prejuicio instalado de que Shakespeare es complejo, aburrido o exclusivo para un público de culto. Vos sostenés que esta obra es para todo el mundo.
—Es que es para todo el público, y la gente se va a sorprender mucho cuando la vea y la entienda perfectamente. Hay que recordar que Shakespeare escribía en el año 1600 para una población donde el 80% era analfabeta. Cuando él hacía teatro, tenía que escribir de una manera tal que lo entendieran perfectamente quienes no sabían leer, porque si no, nadie conocería sus obras; y al mismo tiempo tenía que conformar a una burguesía incipiente y a la monarquía. Por supuesto que sus obras tienen grandes momentos de pensamiento y textos elaborados que te hacen decir: “Che, esto parece que fue escrito hoy”. Pero la obra se entiende, sobre todo, porque quien la concibió escribía sobre la condición humana, sobre cómo somos en esencia. Te doy ejemplos simples: la estructura de El Rey León es Hamlet. De las ocho telenovelas que yo hice en televisión, seis eran Romeo y Julieta en esencia: dos familias enfrentadas, los Capuleto y los Montesco, los chicos que se enamoran, que no pueden estar juntos y toda esa tensión dramática. En Ricardo III, Shakespeare armó la estructura matriz de las grandes películas y series contemporáneas que vemos hoy, donde los personajes avanzan sobre el poder de una manera totalmente impune.
—Para lograr esa cercanía, el trabajo con el lenguaje habrá sido fundamental.
—Totalmente. El público no solo va a poder comprender el texto y lo que sucede, sino que se va a sorprender porque la obra es una adaptación del inglés al castellano argentino. Fue un trabajo extraordinario que hizo Lautaro Vilo, uno de nuestros mejores dramaturgos, quien trabajó codo a codo con Calixto, y en el cual yo también me involucré muchísimo para acercar los textos a nuestra identidad y a la puesta. Además, la obra arranca con el actor Marcos Montes, que es un showman absoluto —canta, baila, actúa—, haciendo una presentación muy al estilo stand up donde le va contando de forma muy graciosa al público lo que está a punto de ver para que no quede ninguna duda.
El actor presentará en Mendoza "Ricardo III", una obra de Shakespeare dirigida por Calixto Bieito.
Joaquín Furriel presentará el último fin de semana de junio en Mendoza "Ricardo III", una obra de Shakespeare dirigida por Calixto Bieito.
Marcelo Álvarez
Joaquín Furriel: una carrera exitosa
—Al repasar tu recorrido, impresiona la cantidad de ficciones, series, obras clásicas y películas que acumulás. ¿Sos consciente de la dimensión de la carrera que construiste?
—No, consciente no soy, porque a mí lo que verdaderamente me gusta es trabajar. El ámbito donde más cómodo y pleno me siento es en el trabajo, en el proceso de investigación de los personajes y de los proyectos. Pero te confieso que cuando fuimos a actuar a Madrid y a Bilbao, en los programas nos pedían los currículums porque en Europa se estila mucho que el espectador entre con el código QR a ver detalladamente la formación del actor y todo lo que hizo. Cuando miraban el mío, no lo podían creer. A mí mismo me impresionó. Ya hice La vida es sueño, hice Hamlet con Alfredo Alcón, hice Rey Lear, Final de partida, ahora Ricardo III, Sueño de una noche de verano...
—Te noto una especie de pudor para reconocer el orgullo por tu propio éxito.
—Sí, puede ser... Yo le dediqué y le dedico mi vida entera a esto. No concibo mi existencia sin estar actuando. Creo que cada uno encuentra en la vida algo particular para sentirse vivo. Los que tenemos una vocación profunda contamos con uno de los privilegios más hermosos que le puede tocar a una persona. Yo tuve la enorme fortuna de descubrirla y, además, de poder vivir de ella. Es algo por lo que estoy inmensamente agradecido. El otro día un amigo me decía que, a partir de los 40 años, uno empieza a notar con mucha claridad qué personas tienen una pulsión de vida y quiénes tienen una pulsión de muerte. A mí la actuación me genera muchísima vida, me da ganas de seguir investigando, de mantener la curiosidad despierta. Consumo mucha cultura en mi día a día porque entiendo que nos brinda herramientas y valores fundamentales para poder desarrollar un pensamiento crítico. Y vaya si lo necesitamos, porque entiendo que los tiempos que estamos viviendo actualmente son tiempos de una gran estupidez.
—¿Por qué definís a la actualidad como “tiempos de una gran estupidez”?
—Porque todo se volvió extremadamente plano, las discusiones públicas y políticas son totalmente estériles. Todo se reduce a un “yo soy de acá, vos sos de allá” y chocamos constantemente, sin que medie ninguna reflexión de fondo. Es una época boba. Funciona muy bien a nivel tecnológico porque los teléfonos y las redes sociales están haciendo que se nos pase un poco la vida de largo. El algoritmo funciona de una manera muy previsible: te ponés a mirar videos de gatitos, por ejemplo, el algoritmo entiende que te gustan los gatitos y te empieza a inundar con eso. Eso que nos pasa con las pantallas nos está trasladando a la vida real: la gente está empezando a vincularse únicamente desde la empatía del algoritmo, y los seres humanos somos muchísimo más duales, complejos y profundos que eso.
—Frente a esa inercia digital que describís, ¿cómo hacés para proteger tus propios espacios de lectura y silencio?
—Yo leo mucho. De hecho, tengo establecido un límite estricto de 45 minutos diarios de uso para Instagram, la única red social que tengo. Me los administro muy bien durante el día, porque sé que si me los quemo scrolleando en la cama a la noche, ya me quedo sin tiempo para el día siguiente. Fue una decisión deliberada que tomé hace un tiempo.
—Tenés una hija de 18 años. En un mundo hiperconectado, ¿sos un padre estricto con estos temas?
—Bueno, la adolescencia es un invento un poco capitalista. Antes eso no existía: pasabas de la infancia a los pantalones largos, te ponías a laburar y listo, a los 18 o 19 años ya eran padres. Hoy las adolescencias se están extendiendo muchísimo en el tiempo. Respecto a mi hija, a los 18 años ya hay cosas que, si no las plantaste o las conversaste antes, es medio difícil querer forzarlas o ponerte autoritario a esta edad, la relación ya va por otro camino. Para mí, lo verdaderamente valioso que uno puede transmitir es el pensamiento crítico. Hoy en día me pasa que me pongo a hablar con una persona y si percibo que simplemente está repitiendo de manera idéntica lo que leyó en un solo diario, o que cambió radicalmente su forma de alimentarse solo porque se lo recomendó un desconocido en TikTok, siento que falta un ejercicio fundamental.
—¿Ese ejercicio de contrastar información lo aplicás también para analizar la realidad política del país?
—Sí, a mí me gusta mucho leer los diarios, pero me gusta leerlos justamente para observar los mecanismos de manipulación de la información. Agarro la noticia del momento y leo deliberadamente los diarios que van para un lado y los que van para el otro para ver cómo la misma realidad es manipulada según la conveniencia de cada quien. Por supuesto que hay analistas y periodistas específicos que me interesan muchísimo más por cómo escriben y cómo desmenuzan la realidad, pero el ejercicio de contrastar es vital.
El interés de Furriel por la política
—Teniendo una mirada tan analítica sobre lo social, ¿te interesaría en algún momento involucrarte activamente en la política partidaria?
—No, no, para nada. No es un campo en el que me interese participar internamente. Me gusta observarla como un espacio de modificación desde afuera, pero cuando sos una persona relativista como es mi caso, la política partidaria se vuelve algo muy complicado. Cuando relativizás ciertas pasiones se hace difícil, porque la política en nuestro país, lamentablemente, hace mucho tiempo que se transformó en una construcción puramente emocional más que intelectual. Hace muchísimo tiempo que en la Argentina no tenemos la figura de un estadista, alguien que piensa estratégicamente a largo plazo. En nuestro país es todo tan difícil por cómo somos, por esa pasión desmedida y esa grieta constante que existe y que lo tiñe todo: a los periodistas, a los actores, a la sociedad entera.
—Llevamos décadas discutiendo los mismos problemas estructurales en el país sin encontrar un rumbo claro. Desde tu experiencia de haber viajado tanto por trabajo, ¿qué creés que nos falta para salir de ese bucle?
—Tuve la fortuna de visitar unos 38 países a lo largo de mi vida. Estuve en países teocráticos, autárquicos, en democracias protestantes, católicas, ortodoxas... Lo que noto que nos falta a los argentinos es recuperar el consenso básico sobre algunas cuestiones esenciales y, fundamentalmente, ser previsibles. Decir: “Bueno, si como nación vamos a ir hacia este lado, pensemos seriamente cómo podemos potenciar estratégicamente al país en esa dirección”. Geográficamente estamos lejos de muchísimas partes del mundo, por lo tanto hay que pensar de forma inteligente qué necesita el mundo de nosotros que podamos exportar con valor. Es pura estrategia. Fijate, por ejemplo, el crecimiento sostenido que ha tenido Mendoza a raíz del desarrollo de la industria vitivinícola. Bueno, perfecto: ahí hay un sector creciendo. El Estado lo que tiene que hacer es garantizar las condiciones de previsibilidad y regulación para que el sector privado pueda invertir y crecer de la mejor manera, y para que la gente que trabaja en esa industria lo haga en condiciones óptimas. Si el Estado no equilibra y regula esa actividad, las cosas fallan.
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En la cima
Podés ver la entrevista completa de Laura Rez Masud a Joaquín Furriel, como parte del ciclo En la cima, en losandes.com.ar