Gustavo Garzón vuelve a Mendoza con una obra que lleva su firma en todos los sentidos: la escribió, la protagoniza y la construyó desde un lugar de exposición personal poco habitual en el teatro argentino. Un hombre solo es demasiado para un hombre solo se presenta este viernes 26 —en dos funciones, a las 20 y a las 22— y el sábado 27 a las 19, en Teatro en Casa (Delgado A. 272, Ciudad). Las entradas se reservan al 2616481664.
Garzón codirige junto a Julia Morgado una puesta íntima —una mesa, dos sillas, sesenta minutos— que alterna el humor con la emoción y rompe la cuarta pared para hablarle directamente al público. Teatro independiente en su forma más esencial.
Estilo lo entrevistó para conocer algo más sobre esta nueva presentación del actor en Mendoza.
—¿Cómo es la obra que traés a Mendoza y cómo surgió?
—Es una obra escrita por mí. Yo escribo hace bastante, hace como 30 años, pero es la primera obra de teatro entera que escribo. Hice adaptaciones de teatro, pero escribí más para cine y televisión. Es muy importante por ser la primera y porque estoy muy comprometido con lo que digo: mi persona está involucrada en el relato. Es lo que se llama un “falso biodrama”, donde me hago llamar con otro nombre al mío, pero en realidad tiene que ver con mi propia historia, sobre todo con mi historia con el amor: el amor filial, el de los padres, el de la infancia, y con todo mi recorrido amoroso a lo largo de la vida. La obra es, básicamente, una reflexión acerca del amor.
—¿El personaje principal es un escritor que pasa por un bloqueo?
—Es un escritor que nunca se pudo dedicar a escribir porque trabajó como profesor universitario en Filosofía y Letras toda su vida y escribía en los ratos libres. Ahora que se jubila quiere dedicarse solamente a escribir y se encuentra bloqueado, porque solo puede escribir de sí mismo y él no quiere hacerlo: quiere ficcionar.
Entonces recurre a una profesora de literatura, que es donde tiene su romance, y debido a ese romance tiene que dejar el taller porque no puede ser alumno y enamorado a la vez. Finalmente logra desbloquearse a partir de la obra y de su recorrido: logra reencontrar el camino de la escritura.
—O sea que el amor le ayuda a superar el bloqueo…
—Sí, porque encuentra algo para escribir, algo que le pasó. Él no quería escribir de sí mismo pero termina escribiéndolo, como hacen casi todos los autores. Y cuando uno se enamora se le encienden todos los sentidos, la emocionalidad lo toma... ¿y qué mejor para escribir que partir de la propia emocionalidad?
—¿Y en vos como autor qué prevelece? ¿Emoción o razón?
—Las dos cosas. La frialdad para construir una estructura narrativa sólida la trabajo casi de ingeniero: construir una estructura que haga que la obra tenga un desarrollo que no pierda el interés en ningún momento. Para eso recurro a la estructura clásica, que conozco por suerte porque la estudié. Pero si no tenés una emoción que le dé contenido a eso, terminás haciendo algo frío, técnico, en lo cual uno no está involucrado y que no genera emoción.
—Tengo entendido que esta obra empezaste a escribirla como guion para cine.
—Empecé a escribir un guión de cine de una historia que tuve en Mendoza: un amor que tuve con una mujer uruguaya, pero vivimos una historia tragicómica en Mendoza, lo que yo llamo las peores vacaciones de mi vida. La empecé a escribir y después, cuando vi que el gobierno de Milei se proponía terminar con el Instituto de Cine, dije: "Bueno, ¿para qué la voy a escribir si no la voy a poder filmar?" Ahí muté hacia otra cosa, pero creo que salí ganando: logré más profundidad, más compromiso, más tiempo para pensar y, además, la posibilidad concreta de hacerlo. Hacer teatro independiente es barato, se puede hacer, está al alcance de la mano. En cambio, filmar en la Argentina hoy es casi una utopía.
—Varios actores y dramaturgos que entrevisté me han dicho que el teatro hoy es un espacio de resistencia. ¿Es así o es más de supervivencia, de sobrevivir en esta época?
—El teatro para mí es mi lugar de trabajo, de creatividad y mi refugio creativo. Pero sí. Estamos resistiendo y vamos a resistir, porque al teatro no lo van a poder destruir. El teatro necesita el apoyo del Estado. El Instituto Nacional de Teatro —que también han desfinanciado y quieren cerrar— es imprescindible, sobre todo en las provincias, en el interior del país. Acá en Buenos Aires contamos con Proteatro, que también subsidia y es muy necesario. Pero yo hago esta obra con una mesa y dos sillas. Una obra de teatro independiente la podés montar con cuatro millones de pesos, incluyendo redes, prensa, escenografía y vestuario. Una película son 500.000 dólares mínimo. Fijate la diferencia.
Entonces, todavía podemos hacer teatro y lo vamos a seguir haciendo. Hay que ajustar al extremo para poder seguir trabajando, para poder seguir viviendo, para pagar la luz y el gas. Es un ajuste al límite de la dignidad, y no solo para la gente de teatro: todos los argentinos estamos en la misma.
—¿Ves alguna reacción en la gente de la cultura contra esta situación?
—Se hace lo que se puede, pero nada alcanza porque avanzan como una topadora: tienen mayoría en las dos cámaras. La cultura somos un sector muy minoritario. Si un millón de personas de la universidad no lograron torcerles el brazo, nosotros, que somos un grupo mucho más reducido, más que nada sentimos impotencia. Hacemos lo que podemos, y sabemos que no alcanza.
Lo único que sirve acá es ganar las elecciones. Como en octubre perdió todo el espacio amplio que se opone a estas políticas, si vuelven a ganar, no vamos a poder hacer más que lamentarnos. Lo que podemos hacer es ayudar a concientizar a la gente para que no vuelva a votar a esta gente.
—¿Y qué te parece que le ofrece el teatro a estas sociedades en las que prevalece la adicción a lo virtual y a las redes sociales?
—El teatro es para salir del encierro: del celular, de las redes. Afuera hay una vida en la cual uno está obligado a apagar el celular, a conectar con otros que te cuentan una historia, a encontrarse con otros ciudadanos y conversar. Es tan ameno, tan necesario y tan nutritivo. El otro camino —el de lo individual, el encierro, el celular, las redes— te aísla del prójimo. Yo no creo en las relaciones virtuales, no creo en los amigos de Facebook: creo en el amigo con el que te encontrás a conversar. Eso es la amistad; lo otro es un engañapichanga que no termina construyendo vínculos sólidos.