El drama de estar adentro: cómo fue el primer Festival de Teatro Inmersivo de Mendoza
El Festim (Festival de Teatro Inmersivo) se realiza hasta este 16 de noviembre, y propuso dentro de la programación talleres y cuatro espectáculos que aquí reseñamos.
Si en vez de confrontación intelectual, actitud expectante y pasividad física, el teatro inmersivo supone deambular por las entrañas de lo que sucede, curiosear a más no poder, arriesgar todos los sentidos e importunar, opinando y modificando lo que pasa, el teatro inmersivo es más viejo que la escarapela. Podríamos sospechar que el origen ritualista del teatro ya lo coloca del lado de lo inmersivo desde su nacimiento, casi por definición, y que luego fue aburguesando sus modos, marcando una distancia/barrera hasta estabilizar al público en una posición y actitud "all’italiana".
Sin ir tan lejos, centrándonos solo en el XX, los dadá y luego los neo-dadá ya lo practicaron. También los artistas pánicos, los del "happening", Antonin Artaud, los que montaron "living movies", los que han hecho teatro ambientalista, itinerante y algunas variantes del teatro de guerrilla o del campesino; los del asalto u otros modos donde el público –involuntariamente- queda “inmerso” (por ejemplo, ante a una actuación en un colectivo). Asimismo, el Living Theater y el Bread and Puppet. O las experiencias de La Fura dels Baus y sus innumerables sucedáneos. Puede variar, en cada caso, el grado de participación/compromiso del público, pero la esencia es común a todos.
Como en el cine, donde los autores precedieron la expresión “cine de autor”, en el teatro lo inmersivo siempre estuvo, sin autoproclamarse como tal. Hasta que alguien potenció la etiqueta, muchas veces aplicada erróneamente y solo para llamar la atención. Hoy parece que todo es inmersivo, aunque no. La tecnología ha contribuido a una sensación “más real”, a estar “metido” en una puesta. La sobre estimulación ayuda a que la vivencia sea la de un protagonista, no la de un testigo. A lo que se suma, en ocasiones, el paso de lo convivial a lo tecnovivial, con una relación artista-espectador vía Zoom, Meet, WhatsApp, videollamada, mensaje de texto, chat…
Este preámbulo apunta a ubicar en contexto al reciente FESTIM (Festival de Teatro Inmersivo), cuyos organizadores (Santiago Silva, Florencia Módica y Natalia Polo) aseguran que se trata del primero del mundo en su especialidad. La propuesta tuvo lugar desde el 9 hasta el 16 de noviembre, e incluyó talleres presenciales y virtuales y cuatro espectáculos que se comentan a continuación. Que, en mayor o menor medida, sí son inmersivos.
Del amor oscuro
Inspirada en los "Sonetos del Amor Oscuro", de Federico García Lorca, esta propuesta de Compañía La Monarca (Mza.), dirigida por Agustín Díaz, recorrió los ambientes de la Casa de la Cultura y la Memoria de Godoy Cruz, siguiendo la conmovedora relación que el poeta sostuvo con su último amor, Juan Ramírez de Lucas. Una historia con final trágico, precedida por la intolerancia y la persecución, y cuya recreación apunta al homenaje y la memoria.
Del amor oscuro
A los sonetos se suman documentos y cartas que vertebran un espectáculo con puntos de impacto al comienzo y al final, pero de irregular desarrollo, en parte porque los jóvenes actores se muestran sobrepasados por el lirismo de la letra -en dicción, intención y proyección-, volviendo también arbitrarios varios de sus movimientos/desplazamientos. Como contrapartida, la labor de la experimentada actriz Celeste Álvarez, anfitriona-narradora, enhebra con sensibilidad y decir profundo las distintas instancias. Su personaje, clave, reencauza una y otra vez un interés que se dispersa o tiende a diluirse con cada escena.
Eternos hielos
La propuesta más arriesgada llegó de Chile con la Compañía La Ropa Sucia, dirigida por Valentina Lippi. Una experiencia personalizada, sobre históricas temáticas vinculadas a la emoción, que últimamente han adquirido más intensidad y complejidad. El espectador recibe en su casa una caja con objetos, que el paso de los minutos justificará plenamente por su valor utilitario, simbólico o afectivo. Más tarde atiende un llamado de alguien con un problema concreto. Pasa a ser coprotagonista, sin dejar de ser persona que se asombra, conmociona e inevitablemente decide e improvisa.
Eternos hielos
La apuesta toca fibras íntimas y puede llegar a remover aspectos de la espiritualidad o vivencias dolorosas o incómodas. Las cargas se comparten, y la predisposición, paciencia y comprensión son mutuas. Pero el actor/actriz tiene siempre el poder de reencaminar la “narrativa” no escrita. A diferencia del teatro “convencional”, aquí es el público el más expuesto. Para alcanzar verosimilitud, en esta experiencia es fundamental la puesta sonora, lograda con eficacia. Las acciones se deducen y revelan por los distintos planos del sonido, ruidos que se filtran, voces secundarias que agudizan el problema. A lo que se suma el intercambio de fotos por WhatsApp, que promueve cercanía e ilustra lo que pasa a distancia. Pero "Eternos hielos", desde un enfoque puramente humano, apunta a trascender lo tecno-moderno de su soporte. Lo cual no es poco.
¿Quién asesinó a Beatriz?
Más cerca del juego puro que del teatro, esta creación de Enigmax, Experiencia Inmersivas (Buenos Aires) coloca al espectador a resolver un asesinato. Le da una caja bien nutrida de claves y evidencias; le proyecta información en una pantalla y envía otro tanto por WhatsApp. Mientras, un inspector y varios sospechosos desfilan entre las mesas (del bar Arte Justo) aportando argumentos.
Es innegable el despliegue y los precisos detalles de esta producción dirigida por Sebastián de María y Mariano Rizzuto. También el carisma de los intérpretes Inés Cantarelli y Mariano Sanguinetti. Pero, la atmósfera que se persigue nunca alcanza los niveles de involucramiento y teatralidad deseados, y sí el espíritu de un bingo cool, donde la actuación se transforma en animación y el conflicto en un juego de mesa con realidad aumentada. Fuera de programa, el grupo sumó otra propuesta: La pregunta X.
Proyecto Aurora
En una clínica de salud mental, su desquiciado personal experimenta con los internos. Aunque prima la idea de lo abierto (donde juega el azar), el director Santiago Silva optó por un comienzo y un final bien delineados, de modo tal que el espectador se ve seducido al inicio y sorprendido al concluir. Tanto la “previa” como el “epílogo” ocurren con gran fluidez y una interacción nada forzada. Entre esos puntos se desarrolla la visita guiada a la clínica (también en Casa de la Cultura y la Memoria), donde el público es veedor de un organismo oficial de la salud.
La propuesta se vale de proyecciones y apela a los celulares. Durante el recorrido, el espectador conoce al personal, los internos, las instalaciones y los procedimientos; y su interés sube y baja como el estado emocional de los pacientes, espejándose en un espectáculo bipolar. No obstante, la modalidad de puesta escogida permite que se mantenga inevitablemente activo. Un punto fuerte son las actuaciones del personal de la clínica (Ren Muscolini, Jere Heredia y Lucas La Rosa) que desde la farsa ponen en foco las cosas, cuando éstas han descansado demasiado en los casos de los pacientes, a veces tediosos o deslucidos desde la interpretación. La reflexión social y el espectáculo de humor se funden en un pack bizarro, en el corazón de un sitio al que nadie le gustaría llegar.
Con su primera edición, el FESTIM sienta un precedente por demás importante: un festival independiente con perfil propio y de riesgo. Por delante queda el desafío de perfeccionarlo y volver inmersiva su continuidad.