Mañana se cumple un aniversario del nacimiento del gran escritor bonaerense, desaparecido por la dictadura. En esta nota, algunas de las coordenadas que atraviesan su vida y su obra.
Hacia el final del relato “Las doce a Bragado” el narrador escribe: “Acabo de volver del pueblo y por eso pienso tan fuerte en el tío en esta podrida noche de invierno mientras bebo un semillón en el bar Falucho, en Fitz Roy y Luis María Campos”. Es una frase breve, pero está llena de implicancias, como suele ocurrir en la buena literatura. En la calle Fitz Roy estaba la casa donde fue secuestrado Haroldo Conti por una brigada del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército, la madrugada del 4 al 5 de mayo. Allí vivía con su pareja, Marta Scavac y sus hijos. Por este detalle del bar Falucho en la Fitz Roy y por la alusión al “tío Agustín”, a quien además está dedicado el cuento, se puede conjeturar que el narrador de la historia es el propio Conti y que “la podrida noche de invierno” es la dictadura que se avecina. “Las doce a Bragado” forma parte del libro “La balada del álamo carolina”, publicado en 1975. Es uno de los cuentos más extraordinarios que se han escrito en la literatura argentina. A primera vista parece la semblanza deportiva de un personaje, el tío Agustín, un más que excepcional corredor de maratones, pero leído con atención el cuento se abre y entrega un sorprendente filón de significados y mensajes implícitos. Entre ellos el que se menciona más arriba: la simetría entre el narrador del cuento y el propio Haroldo. Así como se suele explicar que en cada célula del cuerpo está el ADN completo de cada ser humano, algo equivalente puede decirse de cada relato en la obra de los grandes escritores, que siempre pueden leerse como constelaciones. En “Las doce a Bragado” también está expuesta una parte de las claves de la obra entera de Conti: la vida de los pueblos del interior de Buenos Aires, el intento de mostrar la gesta de las personas comunes no tan comunes, destellos de lo real maravilloso en la vida cotidiana.
Haroldo Conti había nacido en el partido de Chacabuco, al noroeste de la provincia de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1925. Sus padres eran “gente de pueblo” como suele decirse. El padre era vendedor ambulante de ropa y fue fundador de la unidad básica del peronismo en Chacabuco. Haroldo hizo su educación primaria y secundaria en colegios religiosos. En uno de ellos fue convocado para escribir las obras de un teatro de títeres, y estos —según reconoce el propio Conti— fueron sus comienzos literarios. En 1939 ingresó en el Seminario Metropolitano Conciliar de Villa Devoto, una vocación religiosa con la que en algún momento de los ‘40 entró en crisis y que abandonó en 1947 para iniciar sus estudios de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, de donde egresó en 1954. No parece tan importante, de pronto, hacer el minucioso recorrido biográfico de Haroldo, el cual se puede leer en cualquier artículo hallado en un buscador, sino más bien hacer hincapié en que en estos años, entre los ’40 y ’50 su vocación literaria estaba más que confirmada. Como muchos escritores de su generación, que nucleó la revista Contorno (los hermanos Ismael y David Viñas, Juan José Sebreli, Rodolfo Alonso, Noé Jitrik, Oscar Masotta, León Rozitchner, entre otros), se identificó con la figura paradigmática de Roberto Arlt y con el pulso filosófico entonces en auge del existencialismo. En términos concretos esta elección implicaba anteponer la vida a la literatura. Una señal que venía también de parte de otro gran maestro literario de la época, el escritor norteamericano Ernest Hemingway, quien influyó con fuerza en muchos de los autores argentinos y latinoamericanos posteriores a los años 50. La vida antes que las letras; la acción y el movimiento epicentros estéticos del relato. En esos años, Haroldo Conti se graduó también como piloto civil y en uno de sus vuelos descubrió un paisaje que pasaría a formar parte de su obra: el Delta del Paraná. Allí comenzó a pasar temporadas a partir de 1960 en su casa en el Delta del Tigre, a orillas del arroyo Gambado, hoy convertida en casa museo, al mismo tiempo que empezó a escribir su primera novela, “Sudeste” (1962), en la que recrea el mundo y los habitantes del Delta. Allí transcurren también varios de sus cuentos, como el inolvidable “Todos los veranos”, que describe con minuciosa y melancólica belleza la vida trashumante de un poblador de las islas.
De fines de los ‘50 a mediados de los años 70, Haroldo Conti publicó el conjunto de una extraordinaria y breve obra, truncada por su secuestro y desaparición en el 76. Tras “Sudeste” vinieron “Todos los veranos” (cuentos, 1964), “Alrededor de la jaula” (novela, 1966), “Con otra gente” (cuentos, 1967), “En vida” (novela, 1971), “La balada del álamo carolina” (cuentos, 1975) y “Mascaró, el cazador americano” (novela, 1975).
Varias de estas obras recibieron premios importantes, como “En vida” que obtuvo el Barral en el 71, a través de un jurado compuesto nada menos que por Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Muy decisiva fue también su relación con Cuba, a donde fue invitado como jurado del premio Casa de las Américas en el mismo año y, luego, en 1975 recibió ese premio por la novela “Mascaró, el cazador americano”. Así como había ocurrido con aquel vuelo que le descubrió el delta del Paraná y terminó impactando en su obra, el viaje a Cuba y su contacto con la Revolución Cubana influyeron con fuerza en la vida y la escritura de Conti. La propia novela “Mascaró” es una expresión de ese impacto.
Ahora que “El Eternauta”, la obra de otro desaparecido por la dictadura, Héctor Oesterheld, en su versión Netflix es furor en la Argentina y el mundo, no está de más detenerse en las similitudes que esa historieta legendaria tiene con la última y bella novela de Conti, la cual relata la historia de Oreste, un joven que huye y se une a un circo itinerante organizado por el Príncipe Patagón. En tal viaje, Oreste se encuentra con Mascaró, un "tirador de fantasía", luego devenido en líder de una rebelión. Mascaró como Juan Salvo en “El Eternauta” es el “héroe-antihéroe”, el hombre común, surgido del pueblo, confrontado al poder, que no da la espalda a los acontecimientos extraordinarios y que marcha junto a todos en pos de una liberación.
Escrita durante en una época en que un par de generaciones de argentinos y latinoamericanos pensaron y sintieron que las utopías estaban al alcance de la mano, la obra de Conti se puede leer como una bitácora o un testimonio de ese proceso de transición que va de los pueblos frustrados y sumergidos, a merced de ominosos poderes, a los días y la hora en que esos pueblos empiezan a vislumbrar en un horizonte no demasiado lejano la llegada de un tiempo de redención.
Vigilia y homenajes por los 100 años del natalicio de Haroldo Conti
Este domingo 25 de mayo se celebrarán los 100 años del nacimiento de Haroldo Conti con actividades en distintos puntos del país y del mundo. En el Delta, donde el escritor vivió y ambientó su primera novela Sudeste, se realizará una vigilia en la casa museo del arroyo Gambado. La jornada comenzará a las 10 con recorridos, lecturas e intercambios. A las 15 iniciará la vigilia central, en la que se destacará la dimensión política, estética y ética de la obra del autor desaparecido en 1976.
En Mar del Plata, los escritores Emilio Teno y Mariano Taborda organizarán el espectáculo “Haroldo Conti: geografías de una escritura”, con teatro, lecturas y fragmentos del documental que vienen produciendo.
En Chacabuco, su ciudad natal, las actividades se extenderán hasta septiembre e incluyen festivales, recorridos literarios y una escultura homenaje.
También habrá un acto performático en Berlín y una proyección de Sudeste en la ex ESMA, con entrada libre.
Los homenajes buscan recuperar a Conti no sólo como símbolo de la memoria, sino como una voz literaria fundamental del siglo XX argentino.