Raúl Silanes y el desierto

El recientemente fallecido escritor supo textualizar reiteradamente, casi obsesivamente, al desirto, y transformarlo en metáfora.

Raúl Silanes y el desierto
El escritor mendocino y los paisajes de sus obras.

En la “Advertencia” a sus Rimas (1837), Esteban Echeverría estampa la siguiente valoración: “El Desierto es nuestro más pingüe patrimonio, y debemos poner nuestro conato en sacar de su seno, no sólo riqueza para nuestro engrandecimiento y bienestar, sino también poesía para nuestro deleite moral y fomento de nuestra literatura nacional”. Ciertamente, el “desierto” que el poeta tenía, si no ante sus ojos, sí en su mente, era la enorme extensión de la pampa, vacía pero potencialmente capaz de enorme desarrollo. Baste recordar, si no, los versos de Rafael Obligado en su Santos Vega: “Como en mágico espejismo, / al compás de ese concierto, /mil ciudades el desierto / levantaba de sí mismo” (canto IV).

El de Echeverría y Obligado es ese desierto, enorme por sus proporciones, que “inconmensurable / abierto y misterioso”, se extiende a los pies de la Cordillera (Echeverría, La Cautiva, Canto I), pero que era capaz de sustentar la riqueza agroganadera de todo un país por sus potencialidades, como bien observaba el poeta en las primeras décadas del siglo XIX. Y sus versos fueron capaces de incorporarlo definitivamente a la literatura considerada “nacional”.

También para las letras mendocinas el desierto es “un pingüe patrimonio” artístico y muchos son los autores que han abrevado en él para sus creaciones. Baste recordar a Juan Draghi Lucero, que ha sido llamado el “poeta de las tierras de la sed” y que en su novela La cabra de plata (1978) crea la más completa imagen del secano lavallino. Porque ese es nuestro “desierto”: un “desierto viviente”, un territorio habitado (no vacío) pero desolador en su extrema aridez.

Entonces, no son solo la soledad y el vacío las notas que se unen en ese campo semántico, sino también la idea del terrible ardimiento del clima, de una atmósfera casi irrespirable por los efectos del Zonda, privada hace mucho del agua y de la vegetación… que pervive en su realidad dura, casi ominosa, de pueblos aislados… como extraviados en un laberinto de arena.

Y es este desierto el que Raúl Silanes (1958-2023) textualiza reiteradamente, casi obsesivamente, y transforma en metáfora (la opinión de sus críticos es unánime al respecto) en muchas de sus más logradas páginas.

Silanes había nacido en Chile, según testimonios, o en Argentina, según él hacía consignar en las biografías para sus libros; sin embargo, se educó en Mendoza, en el Colegio “San Luis Gonzaga”; residió en Las Heras y luego se trasladó a Estados Unidos, aunque no dejó de volver reiteradamente a la que de algún modo consideraba “su tierra”. Quizás este hecho de su residencia en el exterior lo haya transformado, en cierto modo, en un “ilustre desconocido” para los mendocinos, y alimentado su fama de “escritor de culto” solitario y misterioso (que lo llevó incluso a rechazar una distinción de la Legislatura).

Al respecto, en una entrevista con Martín Campos, publicada en Piedra y Canto; Revista del Centro de Estudios de Literatura de Mendoza N° 11-12, afirma: “Me oculto cada vez más, sí, es cierto. Nuestra vida es rica en paradojas horribles, y se podría pensar que en cada uno hay dos personas, una privada y una pública. La pública domina, limita y asfixia a la privada, hasta que nada bueno puede salir de ella. Hace tiempo me di cuenta de que el adormecimiento de la vida pública se debe a que en ella sólo se muestran los méritos, nunca los defectos, y una danza de méritos es como una danza de esqueletos. Tal vez me equivoque, pero yo sólo quiero rebelarme en mi verdad y lo hago escribiendo y expresándome con pasión” (2005-2006, p. 267).

A pesar del relativo desconocimiento de sus coterráneos, sus obras han sido destacadas en el ámbito nacional e internacional, y muchas de ellas han sido traducidas a más de quince idiomas. Se inició con la poesía, a la que define como un “luchar contra un silencio que sofoca. Nunca se sabe dónde va a suceder, de qué manera se va a manifestar, o a través de cuál mecanismo íntimo. Después, como en la reconstrucción de un sueño, se puede descubrir la victoria de las causas. Pero la creación del poema es ingobernable y lo único que cabe al poeta es mantener la mayor disposición, aun en las peores condiciones” (en Piedra y Canto 11-12, p. 257).

La sucinta exposición de su poética, en la entrevista citada, comporta también una imagen del poeta como “el encargado de originar un estado especial, obsesionado por buscar respuestas, haciendo que la imaginación interrogue a la experiencia. Esa interrogación continúa permanentemente, incluso cuando dormimos, enfrentando la imposibilidad de expresar todo lo que quisiéramos” (pp. 258-259).

En poesía ha publicado No dejarse llevar (1982, California, EE. UU.); Los soles subterráneos (1982, Mendoza); Nidos y Redes (1995, Mendoza); Sitiados (1997, Ayuntamiento de Arnedo, Logroño, España); El Cielo” (1999, Buenos Aires); La iluminada (2001, Ayuntamiento Villanueva de la Cañada, Madrid, España); Dumb (2004, Georgia, EE. UU.) y Dumb II (2006, Georgia, EE. UU.). varios de estos libros han recibido premios y distinciones, al igual que sus colecciones de cuentos y sus dos novelas: Devolución de Babel (1986, Premio Alberto Cirigliano, otorgado por SADE Mendoza) y Envidia el viento a los difuntos (Premio Publicación del Certamen Novela Ciudad de Mendoza, 2010).

Además, fue periodista, asesoró a varios dirigentes políticos, y su puesto salarial -aunque no solo eso, ya que el del agua era uno de sus temas primordiales- estuvo en el Departamento General de Irrigación. Precisamente en relación dialéctica con el agua se inscribe esa suerte de obsesión por el desierto, que reconoce varias razones: “El desierto es modelo de origen y culminación; contiene en su marco cultural la dimensión colectiva de una comunidad ‘fuera del tiempo’, alusiva a nuestro continente y a nuestro presente. Allí podemos explicarnos la vida, concentrada en odiseas anónimas, desenmascarando una precariedad extrema que todo lo vuelve sagrado. Porque el desierto es una incógnita simbólica a desentrañar” (Piedra y Canto, p. 262).

Mauricio Runno, escritor y periodista, confeso discípulo y admirador por descontado de Raúl Silanes, declara lo siguiente: “Me cautivó el ‘cosmos’ encerrado en un desierto. El vacío que me producía mudó a otros colores, a sentir el viento, a enamorarme del espectáculo de las tormentas eléctricas durante los veranos. Jamás fui al desierto con Silanes […] Pero Silanes me reveló el desierto. Es lo primero que pienso, ahora. Y me siento parecido: desamparado, condenado a la vida, a la espera, a la espera, a esa espera metafísica, la que tanto exaspera y hasta agota en los textos de Antonio Di Benedetto” (https://lavozdechile.com/argentina-muere-en-mendoza-escritor-y-poeta-raul-silanes/).

Esa hondura metafísica que alcanzan las novelas de Silanes: Devolución de Babel (1986) y Envidia el viento a los difuntos (2011), es lo que las singulariza en el concierto de la literatura mendocina contemporánea.

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