29 de septiembre de 2012 - 22:40

España sobresaltada ante sus hambrientos

Una columnista de The New York Times nos cuenta desde los barrios de Madrid las estrategias de sobrevivencia que desarrollan en España infinidad de nuevos pobres que deambulan por los tachos de basura en busca de comida.

En una noche reciente, una joven mujer de apariencia moderna y sofisticada estaba revisando una pila de cajones afuera de una verdulería y frutería aquí en Madrid, en el barrio de clase trabajadora de Vallecas, al tiempo que ésta cerraba por la noche.

A primera vista, ella parecía como si pudiera ser una dependiente del establecimiento. Pero, no. La joven mujer estaba buscando su siguiente comida entre la basura. De hecho, ya había encontrado una docena de viejas papas que juzgó comestibles, las que había cargado al carrito de equipaje estacionado cerca de ahí.

“Cuando no tienes suficiente dinero”, dijo, negándose a dar su nombre, “esto es lo que hay”.

La mujer, de 33 años de edad, cuenta que alguna vez trabajó en la oficina de correos pero que sus prestaciones de desempleo se habían agotado y estaba viviendo actualmente con 400 euros al mes, aproximadamente 520 dólares. Debió invadir con algunos amigos un edificio que aún tenía agua y electricidad, al tiempo que colectaban “un poco de todo” de la basura después de que las tiendas cerraran y las calles estuvieran oscuras y en calma.

Ese tipo de tácticas de supervivencia se están volviendo cada vez más comunes aquí, con una tasa de desempleo superior a 50 por ciento entre personas jóvenes y cada vez más hogares que tienen adultos desempleados. Es tan extenso el problema de personas hurgando en la basura, que una ciudad española ha recurrido a la instalación de candados en botes de basura en supermercados como una precaución de salud pública.

Un informe por parte de una organización de caridad católica, Cáritas, asentó este año que había alimentado a casi un millón de españoles hambrientos en 2010, más del doble que en 2007. Esa cifra registró de nuevo un aumento de 65.000 en 2011.

Para cada vez más personas, la comida en botes de basura ayuda a llegar a fin de mes.

Hace poco, en el descomunal mercado de vegetales y fruta al mayoreo en las afueras de esta ciudad, un grupo de trabajadores iba y venía afanosamente, subiendo cajones a los camiones. Pero, prácticamente en cada bahía, aparecían hombres y mujeres recolectando furtivamente artículos que habían rodado a la alcantarilla.

“Va en contra de la dignidad de estas personas que tengan que buscar comida de esta manera”, dice Eduardo Berloso, oficial en Girona, la ciudad que reforzó con candados los botes de basura de supermercados.

Berloso propuso dicha medida el mes pasado tras haberlo oído de trabajadores sociales y viendo por sí mismo una noche “el humillante gesto de una madre con niños mirando a su alrededor antes de hurgar en los botes”.

El informe de Cáritas también arrojó que 22 por ciento de los hogares españoles vivía en la pobreza y que aproximadamente 600.000 no tenían ingreso alguno. Se prevé que todas estas cifras sigan empeorando en los meses próximos. Aproximadamente un tercio de quienes buscaban ayuda, según el informe de Cáritas, nunca habían usado un programa de distribución de alimentos o comedores de caridad antes del impacto de la crisis económica. Para muchos de ellos, la necesidad de pedir ayuda es profundamente vergonzosa. En algunos casos, las familias acuden a programas de distribución de alimento en poblados vecinos para que sus amigos y conocidos no los vean.

Hace poco en Madrid, a medida que un supermercado se preparaba para cerrar por el día en el distrito Entrevías de Vallecas, se reunió un pequeño grupo de gente, listo para lanzarse a los botes de basura que pronto serían sacados a la calle. La mayoría reaccionó furiosamente ante la presencia de periodistas. A final de cuentas, pocos lograron obtener algo, pues los camiones se llevaron la basura a los pocos minutos.

Pero, en la mañana, en la parada de autobús del mercado al mayoreo, hombres y mujeres de todas las edades esperaban, cargados con la recolección de la mañana. Algunos insistieron en que habían comprado los abarrotes, aunque la comida generalmente no se vende a individuos ahí.

Otros reconocieron que hurgaban en la basura. Víctor Victorio, de 67 años de edad, inmigrante de Perú, dijo que había venido con regularidad para encontrar fruta y vegetales tirados en la basura. Victorio, quien perdió su empleo en la construcción en 2008, dijo que vivía con su hija y contribuía con cualquier cosa que encontrara –este día, pimientos, tomates y zanahorias– a su hogar.

“Esta es mi pensión”, sostuvo.

Para los mayoristas que tienen negocios aquí, es duro ver a personas que buscan entre las sobras.

“No es agradable ver lo que le está pasando a estas personas”, afirma Manu Gallego, el gerente de Canniad Fruit. “No debería ser así”.

En Girona, Berloso indica que su objetivo al cerrar los botes de basura era mantener saludable a la gente y presionarlos a buscar comida en programas y comedores con licencia. A medida que los candados son instalados en los botes, la ciudad está apostando agentes civiles en la cercanía, con vales que le indican a la gente que se registre para servicios sociales y ayuda en alimento.

Algunos políticos dicen que los candados de Girona realmente son para proteger la imagen de Girona. Dominada por edificios medievales y las pintorescas calles empedradas de lo que fue un barrio judío hermosamente conservado, la ciudad de aproximadamente 100.000 habitantes obtiene la mayoría de sus ingresos del turismo. “Los trabajadores sociales o agentes civiles podrían referir a la gente al centro de distribución de alimentos sin tener que cerrar los botes con candado”, opina Pía Bosch, concejal socialista en Girona. “Es como matar una mosca con una bala de cañón”.

La tasa de desempleo sigue siendo relativamente baja en Girona, 14 por ciento global, comparado con 25 por ciento para el país en general. Sin embargo, hay cada vez más familias que carecen de ingresos. De los 7.700 desempleados en Girona, destacó Berloso, actualmente 40 por ciento se ha quedado sin prestaciones.

Muchos, agregó, “eran personas que nunca previeron encontrarse en esta posición”.

Ramón Barnera, quien dirige los programas de Cáritas en Girona, dice que la organización se había dado cuenta desde el principio que la vergüenza era uno de los factores que le impedían a la gente acercarse a pedir comida. Así que hace tres años, eso contribuyó a la creación de sitios de distribución de alimentos que parecían más bien supermercados, y eliminó el nombre de la organización de caridad del exterior del edificio.

“Nosotros buscamos un sistema que ofreciera dignidad”, destacó Barnera. “Esto no es fácil para las personas”.

Una mañana reciente, Juan Javier, de 29 años, quien había venido a recoger leche, pasta, vegetales y huevo a uno de los centros de distribución, fue uno de los pocos clientes que quiso hablar sobre sus circunstancias. Solía trabajar como impresor y actualmente lleva dos años sin trabajo.

“Me gustaría tener un empleo”, dijo, “y no estar aquí”.

En un comedor de ayuda cercano, Toni López, de 36 años, esperaba tranquilamente un almuerzo gratis con su novia, Mónica Vargas, de 46 años, esteticista. La pareja terminó en la indigencia hace poco, cuando se atrasaron dos mes en el pago del alquiler.

“Toda nuestra vida hemos sido personas trabajadoras”, narra López. “Sólo estamos aquí porque somos personas honradas. El casero estaba tocando a la puerta, exigiendo el alquiler, así que le dijimos: 'Toma, toma, aquí están las llaves’”.

López, quien últimamente obtiene trabajo ocasional en cocinas de restaurante, dijo que tenía una hermana pero no había ido con ella en busca de ayuda. “No soporto decirle”, concluye. “Siempre he salido adelante. Siempre me las he ingeniado para sobrevivir. Esto es nuevo”.

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