Día feriado. Frío, muy frío. Con las primeras luces y suficiente abrigo, con mi profesor de gimnasia entramos al Parque. El Parque, a secas. Así dicho con el artículo que le antecede, en Mendoza todos sabemos a qué nos referimos, sin que sea necesario aclarar o agregar que se llama General San Martín. Ni tampoco se lo puede confundir con ningún otro de los que hay en la ciudad y en la provincia.
El Parque, ese parque, se constituyó de una vez y para siempre en el paradigma del vocablo parque. Parques hay muchos, pero el Parque es uno solo. Y hoy está totalmente deshabitado. El feriado alejó a los que allí trabajan y el intenso frío a los que lo visitan, sobre todo tan temprano.
A medida que nos internamos nos vamos alejando de los ruidos de los humanos y de las cosas de las que se sirven. Sólo está el Parque, majestuoso, y en él sus habitantes naturales, como los pájaros con sus inconfundibles sonidos, el rumor del agua en las fuentes y al discurrir por las canaletas.
Todo es armonioso y en natural secuencia con el entorno, al punto de advertir que hablar rompería ese momento distinto, inusual que invita a dejarse llevar y experimentar la placentera sensación del creciente goce que implica estar a esa hora en ese mágico lugar con todos los sentidos dispuestos a captar lo que el Parque ofrece sin retaceos.
La respiración profunda marca el ritmo de un trote suave, continuo y abre la puerta al pensamiento. Las palabras ya no alcanzan a describir ni representar las emociones, porque la percepción se despoja del lenguaje para aferrarse a los conceptos.
Y entonces adquiere dimensión la relación del hombre con el Parque. Cuánto y cuántos han trabajado a través de las generaciones para idear, proyectar, ejecutar, sostener y mantener ese espacio antes inhóspito hasta convertir el desértico pedemonte en un auténtico oasis vital e imponente, que exhibe una asombrosa variedad de árboles de todas las latitudes y hasta un lago propio.
La magnífica labor transformadora prueba la potencialidad de los hombres cuando convergen en un proyecto colectivo con esfuerzo creativo y mancomunado.
Casi paradojalmente, lo creado nos induce a reconocer la finitud humana, que sin embargo se resiste a ello mediante el recurso de reducir a su escala la propia obra con el nombre de un prócer, el más admirado y venerado, pero hombre al fin.
Como si de esa manera se tratase de inmortalizar una vida, la más ejemplar de todas y con ella a toda la especie humana.
Pienso que quienes nosotros llamamos indios, antiguos habitantes de América, se referían a los lugares que habitaban o conocían denominándolos por alguna característica que los singularizaban y no por el nombre de su cacique o guerrero alguno.
Pareciera que para el hombre la medida de todo está en sí mismo. Entonces, desde ese antropocentrismo el pájaro no se expresa con sonidos sino que canta y los árboles se desnudan en invierno al perder sus hojas.
Debe ser por ello que quien se encuentra solo en el Parque tiende a pensar que éste le pertenece en exclusividad.
Sin embargo, hoy pienso exactamente a la inversa, yo pertenezco al Parque, disfruto de él y reconozco su vigencia atemporal.
Es que, ¿quién puede sentirse importante cuando tiene frente a sí la majestuosidad de la montaña?
Creo que los mendocinos tenemos la maravillosa posibilidad de darnos un diario y necesario baño de humildad con solo mirar al oeste y admirar las montañas, esas que casualmente fueron testigo del cruce heroico que realizó San Martín, ese mismo que dio su nombre al Parque...