El año del Apocalipsis -según nuestra siempre pobre interpretación de lo maya- llega a su fin sin mayores cataclismos planetarios. La Argentina, sin embargo, sí ha experimentado un movimiento. Uno que comenzó con la manifestación ciudadana de principios de noviembre, esa cosa multitudinaria y multifacética que, sólo por comodidad, se ha dado en llamar el 8-N.
Esa cifra sin duda condensa cierto espíritu de época que aún no se ha descifrado cabalmente. Pero siempre es así: las cosas ocurren a espaldas de sus propios protagonistas. Ningún francés fue a hacer la Revolución a sabiendas, como tampoco tendrían plena conciencia de lo que hacían quienes tomaron el Palacio de Invierno en 1917, ni quienes fueron a Plaza de Mayo en el octubre aquél.
Simplemente, una y otra vez, miles de anónimos se sienten llamados por algo que los interpela y los saca a las calles.
Algo parecido -en esencia, que no en escala- sucedió aquí esa noche de noviembre, cuando nuevamente el curso de las cosas volvió a pedir salir de casa, mostrarse afuera. Ese día algo -impreciso, pero presente- sucedió. Y siguió sucediendo.
Aquella noche calurosísima, miles de personas ganaron calles y plazas de todo el país, se encontraron con muchos otros excluidos del aparato discursivo oficial, y -en un mismo instante- comprendieron que no eran ni tan “minoría” como les había contado ni tampoco todo eso (golpistas, conspiradores) que los acusaron de ser.
En la calle, casi la mitad del padrón electoral (ese 46% del electorado que no votó y que posiblemente tampoco votaría a la actual presidenta si se cumple el plan “Cristina eterna”) se muestra como lo que es: una muchedumbre variopinta, vibrante y cuestionadora. Tal vez por eso moleste. Porque no aplaude; pregunta. Porque no es ejército sino multitud: personas distintas entre sí pero iguales en derechos y en vocación de saber.
Ése tal vez sea el segundo e imprevisible corolario del 8-N: la discusión (desordenada y ruidosa, pero discusión al fin) que instaló en torno de la idea de democracia. ¿Es votar?¿Es sólo votar? ¿Se es ciudadano sólo cada cuatro años? ¿O hay también otros modos -menos convencionales, igual de atendibles- de expresión popular?
Esta experiencia inédita de lo no K pidiendo ser escuchado por un gobierno empacado en la sordera significó, también, la oportunidad de conocer qué entiende la Presidenta por “democracia”. Su escuálida -y en nada inocente- concepción, estrictamente acotada a elecciones, mandatos y partidos hegemónicos. En tiempos militantes, la Constitución puede revisarse; la democracia, no.
Hace días, de visita en Buenos Aires, Pierre Rosanvallon -autor de la luminosa trilogía Contrademocracia, La legitimidad democrática y La sociedad de iguales- se permitía pensar el tema. ¿Su conclusión? Que “la democracia no se limita a la elección. Cuando las dictaduras o los populismos intentan ‘vender’ sus democracias, las definen casi siempre como el resultado de una elección. Esto es una definición minimalista.
El ciudadano no se contenta más con ser un simple elector y pide hoy que la democracia deje de ser un proceso de autorización para gobernar y que, en cambio, sea definida como un gobierno democrático, como una acción democrática”.
Éste fue, en ese sentido, un año de inflexión y de inicios. Un año D. Por democracia, por disenso y por debate. Pero también por división de poderes y por despertar de los desoídos. Definitivamente, mucho por celebrar.