Me pregunto en qué va a terminar esta ola de rejuvenecimiento espiritual que observamos en nuestra querida Argentina desde hace pocas semanas, cuando fue elegido el cardenal Jorge Bergoglio como líder máximo del catolicismo.
Me pregunto en qué va a terminar esta ola de rejuvenecimiento espiritual que observamos en nuestra querida Argentina desde hace pocas semanas, cuando fue elegido el cardenal Jorge Bergoglio como líder máximo del catolicismo.
Por la tele se invita a los curas a todo tipo de programas, se transmiten las ceremonias del Vaticano, se llenan las iglesias de fieles distanciados hasta hace un mes y pareciera que esta onda expansiva de fraternidad nos va a cambiar a los argentinos a todo nivel.
Hay un legítimo orgullo que se siente al ver al Papa Francisco en el balcón de San Pedro, respetado y aclamado por la multitud. Es sin lugar a dudas un argentino con una trayectoria coherente y valorada, que tiene sobre sus espaldas la pesada carga de plantear cambios hacia una Iglesia Católica cercana a la gente. Esa emoción que genera tener a uno de los nuestros en ese lugar, nadie la puede negar.
Sin embargo, tengo la sospecha de que este entusiasmo que nos invade quede en la nada, como fueron las alegrías efímeras luego de ganar los mundiales de fútbol y tantas otras emociones de corto plazo que hemos vivido.
Cuando observamos hoy cientos de miles de chicos sin clases aún, todo por la pelea por el poder de unos pocos, la violencia cotidiana de los "barras", o las cifras de adolescentes que ni estudian ni trabajan, caldo de cultivo para más consumo de drogas y más inseguridad, el optimismo se desploma. O cuando se toma al pueblo trabajador como cautivo de la protesta más o menos justificada de cualquier grupo.
Para ir cambiando las cosas creo que hay que caer en la cuenta, convencerse, de que el violento es en el fondo un impotente, que el que le perturba la vida al otro, destruye a la propia vida, y que el corrupto y el tramposo (que en cada uno de nosotros anida) con certeza pasa a vivir una existencia de quinta.
Podría ayudar también el ver claro que las agresiones que respiramos a diario, la corruptela generalizada de los poderosos y las trampas que se hacen unos a otros los políticos, no son gratuitos, sino que causan mucha muerte.
Muerte en serio. Se pierde la vida de inocentes, como en la tragedia de Once; se mueren la alegría y las ganas de avanzar por el camino de lo bien hecho y se aniquilan las esperanzas de un pueblo entero, que no encuentra en quién confiar.
¡Qué bueno sería que la irrupción del Papa Francisco, como autoridad moral de un mundo necesitado de ejemplaridad, logre despertar más actitudes de compromiso de los que gobiernan y los que tienen poder en Argentina y en Mendoza! Que se hagan cargo de sus actos y sus omisiones y que los ciudadanos de a pie no pensemos que las soluciones a los problemas van a llover de arriba o desde Roma.
Los hombres y mujeres de esta tierra argentina, que es la que vio nacer e hizo crecer al Papa Francisco, tenemos la oportunidad de cambiar el corazón de piedra por el de carne.
Con la fuerza de ese ejemplo viviente que es el nuevo Papa, quizás podríamos desafiar a nosotros mismos a trabajar y seguir construyendo con responsabilidad el bien de la comunidad que somos, y también animarnos a denunciar y señalar, con coraje, todo lo que mata la vida digna, el crecimiento humano y la convivencia.
De ese modo, esta "movida espiritual" no quedará en meras declaraciones de buena voluntad, frases ornamentadas o emociones pasajeras.