Estados Unidos está donde está actualmente, en parte, debido a que la fusión de globalización y tecnología informática ha transformado la manera en que bienes y servicios se compran y se venden, así como se producen y se diseñan. Esta fusión hace que los viejos empleos sean obsoletos más rápidamente y genera nuevos empleos con mayor rapidez, pero todos los buenos empleos nuevos requieren de habilidades superiores.
Como país, nota Lawrence Katz, el economista laboral de la Universidad de Harvard, los estadounidenses hemos asegurado históricamente que nuestra fuerza laboral se mantuviera al paso de nueva tecnología mediante la expansión constante de la educación pública; primero la educación primaria universal y después la educación secundaria universal. Pero desde los ’80, prosigue Katz, cuando necesitábamos pasar a cierta forma de educación universal después de la secundaria para mantener el paso de la globalización y la tecnología informática (TI), no lo hicimos.
Más bien, destaca, “nuestras altos porcentajes de graduación en la educación media superior dejaron de mejorar y nuestro crecimiento en graduados universitarios se desaceleró sustancialmente, muy por debajo de lo que necesitamos para un crecimiento acelerado y prosperidad compartida”.
Hoy día, nuestros trabajadores de 50 años de edad en adelante son los más educados del mundo; nuestros trabajadores más jóvenes están en medio del grupo global correspondiente a países industrializados; y nuestra tasa nacional de deserción escolar aún se mantiene empecinadamente alta, en aproximadamente 25 por ciento.
¿Entonces, qué hicimos? Creamos empleo para nuestros trabajadores no calificados mediante una inyección masiva de crédito subprime (aquellos que tienen una calificación crediticia baja y a veces nula para ser otorgados) que gestó un gran número de empleos en la construcción de hogares y ventas al menudeo. En el ínterin, Wall Street también se disparó, en parte pasando de una industria que financió “destrucción creativa” de nuevas empresas a una industria, en las palabras del economista Jagdish Bhagwati, que financió “destrucción creativa” de instrumentos financieros no productivos.
“A lo largo de demasiados años, nuestros motores de creación de empleos fueron reorientados excesivamente desde competitivos mercados globales hacia sectores orientados al interior que fueron llevados a niveles insostenibles (por ejemplo, la construcción, finanzas, vivienda y ventas al menudeo)”, escribió Mohamed A. El-Erian, el director ejecutivo de Pimco, en The Atlantic.com.
“El resultado fue una desequilibrada y vulnerable fuerza laboral. Nuestra generación también tuvo una sobredosis de deuda y subvención de crédito. Fuimos seducidos por la ingeniería financiera. Muy poco crecimiento genuino, demasiada deuda y una cultura de riesgo descontrolada culminaron en la misma y caótica crisis mundial de finanzas de 2008 y sus consecuencias; costoso choque para una sociedad cuyo impacto aún estará con nosotros durante bastantes años. Durante varios años, sociedades occidentales han invertido poco y mal en educación. A medida que descendimos por las tablas de clasificación mundial, nos convencimos de que nuestra tradicional ventaja global en espíritu emprendedor e innovación” podrían compensar nuestros descensos en aprovechamiento educativo. No pueden hacerlo.
Todo esto llegó a un punto en el que se debía hacer algo durante la terrible década de 2000. Los mercados de la vivienda y crédito estallaron, creando una crisis bancaria sistémica y una dolorosa recesión, que coincidió con nuestro creciente déficit educativo, el cual, a su vez, coincidió con dos guerras y una gran reducción fiscal que empeoró drásticamente nuestro déficit nacional. El resultado es un profundo hoyo.
Ese hoyo requiere que nosotros ahora reduzcamos el gasto, aumentemos y reformemos impuestos; estimulemos la economía mediante inversiones en infraestructura, investigación y profesores; fomentemos más empresas nuevas; y ofrezcamos a más gente educación vocacional después de la secundaria o educación universitaria. Así que, en primer lugar, presten atención para escuchar cualquier cosa como ese diagnóstico de los candidatos.
Y en segundo lugar, pongan atención para ver si escuchan un plan que esté a la altura de la verdadera magnitud de ese desafío, uno que proponga inversiones en infraestructura que cree empleos y que esté vinculada a un programa para estimular a más nuevas empresas (lo cual se ha desacelerado) y a un creíble plan de reducción del déficit -el cual sería introducido gradualmente a medida que la economía se recupera- que, a su vez, se vincule a un plan para lograr que más estadounidenses tengan educación después de la secundaria.
Sí, lo sé, el presidente Barack Obama tiene muchas iniciativas de ese tipo, pero no las ha convertido en un elemento central de su campaña o destacado en sus comerciales, como tampoco las ha vinculado juntas en un atractivo paquete que saque a la gente de sus sillas diciendo: “¡Sí, él tiene la respuesta!”
En vez de hacer campaña con respecto a cuán bueno es su plan, él ha conducido la campaña enfocado en cuán malo es el plan de Romney.
En tercer lugar, Estados Unidos quiere un plan que sea justo. Los ricos tienen que pagar más, pero todos deberían contribuir con algo. Y en cuarto lugar, el país quiere un plan que sea aspiracional; un plan que sea sobre convertir a Estados Unidos en un gran país para la siguiente generación, no solo “equilibrar el presupuesto”.
Durante un año ya he argumentado que el candidato que ofrezca un plan de este tipo, ganará la elección. Si ninguno lo hace, alguien ganará de todos modos -probablemente por muy poco- pero el país perderá por mucho.