Luego de que las tropas al mando de San Martín se impusieron en Chile la Libertad de América del Sur corrió peligro. Nuestro actual territorio entró en un proceso anárquico.
Luego de que las tropas al mando de San Martín se impusieron en Chile la Libertad de América del Sur corrió peligro. Nuestro actual territorio entró en un proceso anárquico.
La independencia sólo estaba en los papeles. Aun así se dio rienda suelta a saciar intereses personales.
Los caudillos enfrentaron a Buenos Aires y desde la capital requirieron que el libertador hiciese uso del Ejército de los Andes para someter rebeldes. Ante una total incomprensión, el prócer creyó ver desvanecerse años de esfuerzo y sacrificio.
Lo atormentó no tener fondos para rematar la empresa en el Perú y todo repercutió negativamente en su salud. Desgastado, pasó jornadas enteras en cama.
A mediados de febrero de 1819 San Martín visitó San Luis y encontró allí un desagradable panorama: seis días atrás habían sido fusilados los prisioneros españoles tomados en Maipú.
Muchos desconocen que el Santo de la Espada no ejecutó a sus antiguos camaradas. Es sabido que durante años San Martín sirvió a España, por ende, conocía a varios de los militares que enfrentó y procuró para ellos un trato hospitalario.
Así, en vez de mantenerlos en prisiones chilenas los envió a la ciudad puntana, donde llevaron una vida apacible y en libertad. Incluso uno de ellos —Juan Ruiz Ordoñez— se comprometió con Melchora Pringles, hermana del futuro coronel Juan Pringles.
Esta era la situación cuando Bernardo de Monteagudo llegó a la ciudad y convenció al encargado del gobierno de San Luis de imponer un régimen severo a los españoles.
Tanto destrato despertó un fuerte malestar y los jefes realistas se rebelaron. El motín fue apagado con brutalidad, algunos murieron en el acto. El resto terminó siendo pasado por armas, previa disposición de Monteagudo, quien inmediatamente se retiró de la ciudad.
Cuando el vencedor de Chacabuco arribó, solo Ruiz Ordoñez no había sido ejecutado debido a los ruegos de su novia. “Al verme el General San Martín —escribió Ruiz Ordoñez a Mariano Balcarce, muchos años después— conocí que se afectó al presentarme yo, tan joven, estropeado con una cadena tan larga que me cruzaba la cintura y tan pesada que no podía con ella. Me hizo sentar en una silla, me acarició y con dulces palabras me preguntó por lo acontecido; llamó a un ordenanza para que viniese un herrero y en su presencia me quitaron el grillete del pie con la cadena, y mandando al gobernador Dupuy, que estaba presente con mucha sumisión de pie, que inmediatamente se me vistiese con la decencia que me correspondía y el trato consiguiente y quedase hasta nueva disposición arrestado en el cuartel. A las dos horas vino al cuartel el gobernador Dupuy dándome la mano y diciéndome: está Ud. perdonado de la vida por la patria y por el Excmo. Sr. Don José de San Martín”.