26 de noviembre de 2015 - 00:00

El respeto y la seguridad que reinaban y la alarma por el caos de hoy

A los ciudadanos que felizmente hemos vivido las décadas de los ’30, ’40 y ’50 del siglo XX, cada vez nos cuesta más entender y aceptar los hábitos de vida impuestos por los gobernantes de los últimos años, con un sistema en el que impera la falta de respeto, solidaridad, cordialidad y seguridad, todo bajo un enorme manto de impunidad. Se percibe en la vía pública y habita en el seno de las familias.

Se ha perdido el trato amigable y casi familiar de la ciudadanía; ahora parece que nadie se conoce, hay indiferencia y se está perdiendo la costumbre del saludo cordial, el abrazo acompañado de un recuerdo familiar y el deseo de un futuro encuentro compartiendo un vinito.

Es difícil admitir que estamos hablando del mismo país de aquellos tiempos en que la Argentina era considerada una nación confiable, con una moneda estable, con una producción de granos y de carne que rompió récords y nos posicionó en el séptimo lugar en todo el mundo, con lo que se facilitó el comercio internacional; una Argentina con un nivel cultural envidiable en todo el mundo y que, en 1936, tuvo el honor de que un hijo de este suelo, el canciller doctor Carlos Saavedra Lamas, obtuviera el honor del Premio Nobel de la Paz, y once años después, el doctor Bernardo Houssay, el Nobel de Fisiología y Medicina.

En contraposición con esos años, nos encontramos con que en las dos últimas décadas hemos tenido que sufrir a gobernantes perversos que se han dedicado a enriquecerse en detrimento de la calidad de vida de la ciudadanía argentina e infectándola con una inseguridad que atenta contra el futuro de nuestras familias. Los viejos observamos con preocupación la pérdida de optimismo, de la alegría de vivir. ¿Cómo no hacerlo si parecieran ser dos mundos distintos? ¿Analizar a los políticos de hoy con los de aquellos tiempos? El resultado salta a la vista.

Aquellos gobernantes asumían con probada honestidad; dedicaban todo su tiempo a cumplir con las obligaciones de gobierno en las que era impensable la idea de realizar negociados ni maniobras políticas en beneficio propio y a espaldas del pueblo ni se entrometían en otros poderes; respetaban los principios de la democracia. Al contrario de lo que sucede hoy, no se sentían vitalicios: cumplían su período y entregaban el poder con los sueldos y el pago a los proveedores al día y sin que se les pasara por la mente realizar nombramientos de última hora comprometiendo a las futuras autoridades. Al volver a sus vidas de simples ciudadanos no habían aumentado sus bienes, continuaban viviendo en la misma casa.

Recuerdos respetuosos a presidentes argentinos

No quiero terminar sin recordar a los presidentes argentinos que constitucionalmente gobernaron el país en el período de 1928 a 1934. La fórmula Hipólito Yrigoyen y Enrique Martínez, período interrumpido el 6 de setiembre de 1930 por un golpe militar del Ejército Argentino; el siguiente fue de 1932 a 1938, Agustín P. Justo y Julio Argentino Roca (h); continuando el de 1938 a 1942 por Roberto M. Ortiz y Ramón S. Castillo. El período presidencial siguiente fue 1946 a 1952, integrado por Juan Perón y Hortensio Quijano.

Finalmente, como cierre, me gustaría homenajear al autor de la letra del tango Cambalache:

“Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, pretencioso, estafador. Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor (...) los inmorales nos han iguala’o...”.

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