21 de noviembre de 2015 - 00:00

El miedo de votar a la derecha

Muertas ya las izquierdas y las derechas, el único modo de calificar hoy a un gobierno es basándose en lo que hace, no en lo que predica.

Las categorías de “izquierda” y “derecha” han sido, desde su origen, más bien topográficas. La ubicación en la Asamblea Nacional francesa permitió identificar a los girondinos de los jacobinos, es decir unos revolucionarios franceses más moderados de otros más radicales. Más adelante, frente al fenómeno de las religiones políticas como el marxismo, la diada adoptó un aire más moral que político.

En la izquierda se ubicaron los idealistas de la igualdad y a la derecha quedaron los pragmáticos defensores de la propiedad privada y el capitalismo.

La caída del Muro de Berlín y el fracaso de los sistemas del “socialismo real” dejaron esas categorías vacías de contenidos fuertes. Desde el momento en que ya nadie cuestiona la conveniencia de un sistema económico basado en la iniciativa privada -lo que conlleva la defensa de los derechos de propiedad- ser de izquierdas pasó a ser más bien una categoría antropológica: la confianza en las bondades intrínsecas de los seres humanos y, por consiguiente, la creencia en la posibilidad de alcanzar rápidamente una sociedad más benévola y justa. Los más escépticos acerca de la presencia de esas virtudes en nuestra especie quedaron agrupados en la derecha.

Como las esperanzas en los ideales humanitarios han sido distribuidas generosamente por el Creador entre casi todos los seres humanos -sería difícil encontrar a un partidario acérrimo de la abierta desigualdad entre los seres humanos-, hoy las categorías se han hecho líquidas.

Cada uno llena el frasco con las esencias que considera más agradables y lo porta con orgullo para diferenciarse de aquellos que, en su opinión, han elegido una mezcla de menor calidad. Como resultado, el único criterio de verdad para saber si un gobierno está más a la derecha que a la izquierda -si es que todavía seguimos prendados de esas gastadas abstracciones- es calificarlo por lo que hace más que por lo que predica.

La prueba más elocuente de lo que decimos la ofrece este gobierno kirchnerista que en pocos días más acaba. Si lo analizamos desde la práctica concreta -apartando la crema del “relato”-, no podríamos evitar ubicar en el espacio de la derecha conservadora al gobierno que ha liderado la pareja formada por Néstor y Cristina Kirchner.

Gestos como la cesión del gobierno a la esposa, como una suerte de regalo de bodas; la ocupación del Estado como si de una finca privada se tratase; el estilo arrogante y autoritario más propio de las monarquías absolutas; la persistencia de un sistema fiscal anacrónico que deposita en los más pobres el peso de la carga pública; el descuido monumental por los servicios públicos esenciales para los menos favorecidos -como la salud y la educación- no permiten caracterizar de otro modo al gobierno de esta década desperdiciada.

Lo curioso de la cuestión es que el kirchnerismo ha hecho del “miedo a la derecha” su arma política más rentable. Autoubicándose a la izquierda -según la Presidente, a su derecha está solo la pared- y acudiendo al más descarado oportunismo, ha caracterizado como de derecha a cualquier rival político que se cruzaba en su camino.

Sin embargo, este juego de birlibirloque ha sido usado tantas veces que ha quedado desgastado al punto que hoy sólo creen en él los intelectuales-funcionarios y militantes camporistas que contemplan horrorizados la inminente pérdida de los puestos públicos que han venido ocupando.

Entre estos usos abusivos de las abstracciones de izquierda y de derecha, sobresale la caracterización de la coalición que lidera Mauricio Macri como de “derecha”. Si utilizáramos los parámetros que todavía se utilizan en Europa para etiquetar a los gobiernos, la calificación correcta que correspondería a “Cambiemos” sería la propia de un moderado partido liberal de centro. El modelo que más se aproxima, por ciertas similitudes de contexto histórico, es el de la Unión de Centro Democrático de Adolfo Suárez que inició en 1978 el proceso de reformas democráticas en España.

Es cierto que algunos intelectuales se sienten desorientados por las formas desenfadadas con que hoy se realiza el marketing electoral. El tono festivo de los globos de colores y los discursos ligeros que se elevan como pompas de jabón resultan desalentadores para quienes desearían una mayor densidad en las propuestas de los candidatos.

Pero este cambio meramente estético no significa, como algunos piensan, la desaparición de la política. Simplemente que ahora la disputa gira alrededor de la confianza que ofrecen los líderes partidarios para llevar a efecto con mayor éxito las complicadas tareas que demanda la gestión pública.

Como aconteció en aquel proceso que se denominó la “transición española”, hoy la Argentina se ve en la necesidad de salir de un sistema populista autoritario y acercarse a las formas en que actualmente se desenvuelven las democracias modernas. Los esfuerzos que demandan estos procesos de modernización son equivalentes a las enormes dosis de voluntad política que demandaron las primeras revoluciones socialistas. La enorme ventaja y diferencia es que ahora todo esto se puede lograr sin efusión de sangre.

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