8 de junio de 2014 - 00:00

El libro de Obama sobre política exterior

Cuando el presidente Barack Obama se siente a escribir sus memorias sobre política exterior, podría verse tentado a titular su libro con las cuatro palabras que, se dice, usa en privado para resumir su doctrina: “No hacer cosas estúpidas” (aunque esas “cosas” a veces vienen más condimentadas).

Hasta ahora, ese enfoque no le ha venido mal al país -combatir donde se debe, arreglar lo que se puede, colaborar con los aliados siempre que sea posible, pero sin olvidar nunca que la fuerza no es el único criterio para juzgar la seriedad- considerando, como consideró Obama en un discurso la semana pasada, que las guerras que más nos cuestan son aquellas en las que nos hemos metido sin preparación ni aliados y “sin consultar con el pueblo estadounidense sobre los sacrificios requeridos”.

Así pues, “No hacer cosas estúpidas” ciertamente sería un buen título hoy en día. Pero aquí donde me encuentro, en Kurdistán -una auténtica isla de decencia cerca del epicentro de lo que ahora es la guerra civil más grande del planeta, entre sunnitas y chiítas, que parte de Irán, atraviesa Irak y Siria y llega hasta Líbano- pienso que Obama podría llegar a decidirse por otro título: “Presente en la desintegración”.

Obama ha estado a cargo cuando el mundo ha fallado en más formas que con cualquier otro presidente reciente. George H. W. Bush lidió hábilmente con el colapso de la Unión Soviética. Bill Clinton fue el primer presidente que tuvo que lanzarle misiles de crucero a una persona -Osama bin Laden en Afganistán-, en la primera batalla entre una superpotencia y un hombre enojado que creía tener todo el derecho. Y cuando ese hombre enojado que creía tener todo el derecho atacó el país en 2001, George W. Bush respondió con dos invasiones.

Obama se ha tenido que enfrentar a la culminación de todas esas tendencias y más aún: la reacción a esas dos invasiones; una Rusia débil y humillada pero todavía poderosa; una guerra de drones contra muchos más hombres enojados que creen tener todo el derecho desde Yemen a Paquistán; la desintegración simultánea de Estados árabes tradicionales y la nuclearización de Irán. Además, el declive de las “esferas de influencia” decididas desde arriba por las potencias tradicionales y el auge de los “pueblos influencia” que han surgido desde abajo, en plazas y medios sociales. Ese Pueblo de las Plazas lo ha desafiado todo, desde la influencia de Rusia en Ucrania hasta el derecho de las fuerzas armadas egipcias pro-estadounidenses de seguir gobernando el país.

Tratar con todo esto a la vez ha sido un gran desafío doctrinal y táctico, especialmente cuando se combina con un agobiado pueblo estadounidense y una recesión económica que socava el gasto militar.

Obviamente, Obama preferiría mil veces que sus memorias de política exterior se llamaran “Presente en la reintegración”, en la creación de un nuevo orden estable y pro-occidental. Pero eso es mucho más difícil ahora de lo que dicen sus críticos. Era relativamente fácil ser el héroe cuando el proyecto principal de política exterior era disuadir a la otra súper potencia. Solo hay que ser firmes y superarla en gasto militar. Cuando eso ha sido necesario, con Rusia y China, Obama ha actuado bien.

Pero cuando buena parte de la política exterior implica tratar con países que se están cayendo a pedazos o con toda una región hundida en la guerra civil -y cuando la única solución real no es la disuasión sino transformar una sociedad que es completamente diferente de la nuestra y que carece de los elementos necesarios para su construcción, y cuando ya gastamos 2 billones de dólares en proyectos similares en Iraq y Afganistán sin tener grandes resultados- la noción de que Obama podría tener reticencias para involucrarse en Siria y que no le entusiasme esa oportunidad no me parece tan alocada.

Nunca pensé que con solo unas armas más al principio de la revuelta siria, los “demócratas” habrían derrocado al presidente Bashar Al Assad y de ahí todo hubiera marchado sobre ruedas. Los alauitas de Siria, una rama del chiísmo, no se van a ir tan tranquilos, e Irán, Rusia y el Hezbollah habrían procurado que no fuera así.

¿Y alguien cree que Arabia Saudita, nuestro principal aliado en la lucha siria, está tratando de promover lo mismo que nosotros, una democracia pluralista, que es precisamente lo que los sauditas no permiten en su país? 

Sí, desde el Kurdistán es evidente que la metástasis del conflicto sirio ha llegado a una etapa en la que se está convirtiendo en una fábrica de miles de yihadistas procedentes de Europa, Asia Central, Rusia, el mundo árabe e incluso Estados Unidos, que están aprendiendo, como me dijo un líder kurdo sirio, “a cortar cabezas y regresar a su casa”.

El conflicto, además, como comentó un experto en seguridad kurdo iraquí, está legitimando el desplazamiento de Al Qaeda, “desde las cavernas de Afganistán hacia las corrientes tradicionales del mundo árabe”, como defensora del Islam sunnita. Esas son grandes amenazas.

Pero cuando les pregunto a los kurdos qué hacer, la respuesta que recibo es que armar a los sirios decentes, como se comprometió a hacer Obama, podría ayudar a llevar a Assad a la mesa de negociaciones, pero “no existe una solución militar convencional”; ni los chiítas ni los sunnitas derrotarán definitivamente a los otros, observó un ex vice primer ministro iraquí, Barham Salih. “Pero tampoco es posible darle la espalda”. Siria está generando demasiada inestabilidad ahora.

La única solución, dicen, es que Estados Unidos y Rusia (¡qué improbable es eso!) negocien un acuerdo para repartir el poder en Siria, con la ayuda de Arabia Saudita, Turquía e Irán y sus aliados.

Repitan conmigo: en Siria no hay solución militar, e Irán y Rusia tienen que ser parte de una solución diplomática. Ese es el tipo de decisiones en política exterior, desagradables, nada románticas y totalmente improbables que nos plantea el mundo real de estos días. Un poquito de humildad, por favor.

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