Veinticinco años después de la caída del Muro de Berlín, la mayor sorpresa es cuán mal le ha ido a la mayoría de las naciones poscomunistas desde esos días.
Veinticinco años después de la caída del Muro de Berlín, la mayor sorpresa es cuán mal le ha ido a la mayoría de las naciones poscomunistas desde esos días.
En esa época prevalecía una expectativa general en el sentido de que la mayoría de estos países saldrían de la tiranía y se sumarían de nuevo al club europeo de naciones prósperas. La mayoría no apreciamos el poder corrosivo de la desconfianza y cuánto tiempo tomaría sanar las cicatrices mentales causada por ella.
Branko Milanovic, economista en la Universidad de la Ciudad de Nueva York, midió la destrucción en un reciente ensayo en su blog, Desigualdad Global. Estudió los índices de crecimiento de países poscomunistas y los dividió en cuatro grupos.
En el grupo del fondo están naciones que son casos perdidos y no han recuperado el nivel de ingreso real que tenían en 1990, con base en la medición del PBI real per cápita.
Estos países que fracasaron incluyen a Ucrania, Georgia, Bosnia, Serbia y otros: alrededor de 20 por ciento del universo poscomunista. Milanovic escribe: “Esencialmente, estos son países con al menos tres a cuatro generaciones despilfarradas. A porcentajes actuales de crecimiento, pudiera tomarles alrededor de 50 a 60 años -¡más tiempo del que pasaron bajo el comunismo!- volver a los niveles de ingresos de que gozaban a la caída del comunismo”.
El siguiente grupo incluye a aquellas naciones que son meramente fracasos moderados, con índices de crecimiento económico per cápita debajo de 1,7 por ciento anual. Estas son naciones como Rusia y Hungría, que siguen rezagándose de manera constante respecto de Occidente; alrededor de 40 por ciento del mundo poscomunista poblacionalmente.
El tercer grupo incluye a aquéllos con índices de crecimiento entre 1,7 y 1,9 por ciento. Estos países, como la República Checa y Eslovenia, se mantienen firmes con el mundo capitalista.
Finalmente están los éxitos, las naciones que se están poniendo a la par. Este grupo incluye a Polonia, Azerbaiyán y Kazajistán. Sin embargo, Milanovic destaca que muchas de estas naciones están creciendo simplemente porque tienen petróleo o algo valioso que extraer del suelo. Hay solamente cinco países que han surgido como exitosas economías capitalistas: Albania, Polonia, Bielorrusia, Armenia y Estonia.
Para expresarlo de otra forma, solo 10 por ciento de la gente que vive en naciones poscomunistas vive en un lugar que hizo la transición exitosa al capitalismo. Noventa por ciento vive bajo fallidas transiciones de un tipo u otro. Este hecho ya está produciendo una jorobada política en países como Hungría y Rusia y moldeará el siglo XXI.
¿Por qué algunos países tienen éxito en tanto otros fallaron?
En primer lugar, dirigentes en algunos países simplemente tomaron mejores decisiones políticas. La mayoría de estos países promulgaron reformas económicas, como desregulación de precios y privatización de empresas nacionalizadas.
Algunas naciones como Estonia y Polonia promulgaron reformas radicales rápidamente, en tanto otros intentaron aplicarlas gradualmente o a duras penas; con onerosas mantas de seguridad para intereses protegidos. El grupo rápido y radical vio una caída en la producción ligeramente mayor a corto plazo, pero mucha más prosperidad a largo plazo.
Después está el nivel de las instituciones. Muchos asesores occidentales se concentraron en las reformas principales: redactar nuevas constituciones y crear mercados accionarios.
Sin embargo Larry Lawson, economista que trabajó con polacos y ucranianos, destaca que estas naciones carecían de las bases elementales que nosotros damos por hecho. Antes de que tengas un mercado accionario, por ejemplo, tienes que tener datos a disponibilidad pública sobre empresas, registros de crédito y sistemas contables.
Finalmente, y de mayor importancia, está el nivel de valores. La economía de una nación está enclavada en su ecología moral. El desempeño económico está vinculado a la historia, cultura y psicología.
Polonia, por ejemplo, había sido invadida a lo largo de su historia, produciendo unos valores pragmáticos y de supervivencia. Los polacos abrigaban un intenso deseo de lanzar reformas por cuenta propia.
De la misma forma, los polacos tenían una clara idea de justicia e injusticia, ya que habían visto a los rusos haciendo las cosas mal en su propio territorio. Conferían gran valor a la educación y la movilidad social.
Otros países carecían de esta mezcla cultural. Peor aun, la vida estaba marcada por el miedo, por el poder arbitrario, por la sospecha de que hay gente viéndote, por la desconfianza.
La gente criada en esta atmósfera de recelo tiene problemas para formar compañías y asociaciones. Es más probable que estén impulsados por una lógica de ‘toma lo que puedas’: una cultura de corrupción y apropiación. Es más probable que se hagan ovillo y eviten todo riesgo.
Muchos de los países convalecientes están marcados por distantes relaciones con el poder. Aquellos que tienen el poder -incluso en una oficina o barrio- son distantes y dominantes. Aquellos que no tienen poder anhelan la seguridad a cualquier precio. Albergan nostalgia por la estabilidad imaginada del comunismo. Cuando todo parece arbitrario y torcido, la gente tolera el mandato de un hombre fuerte.
La lección de los últimos 25 años es que la prosperidad democrática se forma sobre capas de pequeños logros. El comunismo desgarró toda esa formación de la sociedad de abajo hacia arriba y dañó las psiquis de sus víctimas. La sanación de esas heridas es gradual. El progreso no está garantizado.