29 de junio de 2015 - 00:00

El índice de feudalismo

Hay algunos rasgos comunes a determinados niveles de situación política. Es un signo de estos tiempos el faraónico museo con el nombre del ex presidente Kirchner, así como la construcción pública en San Luis: ambos tocan conceptualmente lo que se llamó arquitectura estalinista, cuyo símbolo fue el hotel Moscú, una especie de gigante adefesio, surgido de las ideas de una mente totalitaria, cuya sombra oscurecía -y aún oscurece- a Rusia.

Es que cuando los regímenes se prolongan bajo una persona y no bajo la ley, el régimen supone que los límites no se encuentran en el otro -al fin, qué derecho tiene este otro si la Patria la encarno yo- y por tanto las ideas válidas sobre el mundo son mías y no de otros.

Esas obras son el signo de parte de la Argentina que ingresó en el Siglo XXI, tomadas de la mano de sistemas cerrados de poder. Viene a cuento porque Mendoza, hasta ahora, viene escapando de ese destino, cuestión que, si no advertimos con suficiencia, podemos perder y caer en la ristra de las provincias feudales que nos rodean.

San Luis, San Juan, Neuquén, La Pampa, Santa Cruz, La Rioja, Catamarca, Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Jujuy, Chaco, Misiones, Corrientes, son tituladas provincias feudales. En este contexto, sólo Mendoza y Córdoba escapan de esa clasificación. Ahora bien, ¿podrán seguir fuera de ese sistema que algunos denominan “regímenes híbridos subnacionales?”.

El asunto es saber qué lo provoca. Arriesgo una interpretación, a la que llamo “índice de feudalismo”: tiene que ver con cuánta gente depende del Estado, de una u otra forma. Esa dependencia es el origen de los votos a favor del poder.

En las provincias que denominamos feudales, a diferencia de Mendoza, el empleo público supera el 50% de los puestos de trabajo. Sumados los contratos, licitaciones, subsidios, empleos, esto hace que una masa mayoritaria de votantes tenga un lazo de sujeción económica dependiente del poder.

Lo peor que hicieron para la provincia los dos gobiernos del FpV es, a su vez, lo mejor para su partido: al incrementar como nunca la administración pública -y con esto el descenso en calidad de servicios- y las intervenciones a través de subsidios y contratos, ha logrado una provincia con bajísimos niveles de efectividad por parte del Estado pero, a su vez, le permite desarrollar, en elecciones, ahora, la posibilidad de controlar votos, ya que a quien trabaja para el Estado se le amedrenta que, de no continuar quienes gobiernan, perderán sus puestos de trabajo y con ello la posibilidad de mantener a sus familias.

Ese proceso es el populismo en pleno. El asunto es que si en Mendoza no se revierte, el proceso consigue instalarse y con vocación perpetua. Es lo que ocurre en las provincias feudales: son tantos y tantos los intereses que dependen del Estado, que ya es casi imposible construir una oposición, ya que ésta es obligada a desistir de sus intentos porque quien no vote al partido gobernante es dejado fuera del Estado. Intente ser oposición en San Luis, por ejemplo.

El sistema es ciertamente perverso y Mendoza parece encontrarse a su borde mismo. Es lo que podría denominarse “índice de feudalismo”, esto es, cuánto es la tasa de dependencia del Estado para que un gobierno pueda permanecer sin una oposición que permita la alternancia.

No es una cuestión cultural, no es sociológica o propia de nuestra raíz latinoamericana o española. Se trata simplemente de cuestiones económicas. Carlos Marx decía que si a un hombre se le controla su plato de comida, se le controla la vida. Hoy estamos en cuestiones relativas a esa etapa.

Si miramos el contexto no sólo de las provincias sino de ese sistema llevado a la Nación, vemos que se repite el mismo patrón: cada vez todos más dependientes del Estado. No es casualidad que el gobierno nacional provenga del gobierno de Santa Cruz, ícono del feudalismo provincial.

Si una primera etapa es ir extendiendo los lazos económicos del Estado, con ahogo de la actividad particular, el círculo de opciones de quienes dependen de él se hace más chico.

Ya si no vivo de mi trabajo en el Estado, no tengo dónde recalar en caso de querer irme. Mendoza, sin contar subsidios y contratos con el Estado, incrementó su planta de personal en más de 26.000 personas, siguiendo la forma que propicia con fuerza el Gobierno nacional, del mismo partido provincial. Un paso siguiente es amedrentar, asustar para que esa población que se encuentra sujeta al Estado y que cada vez tiene menos opciones fuera, se vea obligada a votar a quien dice garantizarle el trabajo o puesto. Es la etapa del miedo y del control: “Si en esta mesa no sacamos x votos, el lunes perdés tu trabajo”.

Ese miedo también tiene ribetes externos más públicos, aunque no menos mafiosos, para implantar temor: “El otro es el ajuste; el otro te va a dejar sin trabajo”.

Mendoza está a punto. Por eso los pases innumerables a planta desde el gobierno, no por convicción sino para tomar control del voto de esa gente; ingenuos los que crean otra cosa. Si de populismo se trata, se va en el buen camino. En un próximo gobierno que mantenga esos signos a semejanza del gobierno nacional, sólo se esperará más de lo mismo, pero ya será casi imposible concretar, posteriormente, una oposición: al que lo haga el gobernante perpetuo -sea un hombre o una facción- dejará fuera del sistema a su persona, a su familia, a sus amigos. También a su partido. Ya estaremos, ahí, en una Mendoza de partido único, de régimen.

LAS MAS LEIDAS