"El juego más lindo del Mundo", como suele calificárselo, tiene sus bemoles. Quedó palmariamente demostrado en esta súperfinal y todo el carnaval de acontecimientos desgraciados que la rodeó.
"El juego más lindo del Mundo", como suele calificárselo, tiene sus bemoles. Quedó palmariamente demostrado en esta súperfinal y todo el carnaval de acontecimientos desgraciados que la rodeó.
Desde mucho antes del atentado al bus, desde el momento mismo en que la Conmebol decidió cambiar el reglamento para permitir que, por primera vez, dos equipos de un mismo país llegaran a la final eliminando la cláusula que los obligaba a enfrentarse en cuarto de final o, a lo sumo, en semifinal.
Desde entonces y sin pausa los protagonistas papelonearon. El amarillismo de cierta prensa lanzó de inmediato las especulaciones y las preguntas incómodas a los candidatos a jugar un hipotético Boca-River nada menos que en la final de la copa de clubes más importantes del continente y una de las competiciones más importantes del Mundo, la "Libertadores de América".
Todos respondían que les gustaría jugarla, era la única respuesta posible, pero con esa cara de "no me hagas preguntas difíciles" tan, pero tan acentuada, que no podía disimularse la verdadera respuesta, la que muestra hasta dónde nuestro bellísimo deporte más popular y su folclore se han degradado.
La verdad es que parecía que ninguno de los dos quería jugarla porque desde hace tiempo que la humillación del rival es mucho más importante que el sabor del triunfo en el fútbol argentino. Por ende, el miedo a la derrota superaba con creces, ya desde ese primer momento, a la aspiración a la gloria de la victoria.
No querían jugarla, habrían preferido no jugarla, no asumir ese compromiso. Lo hicieron simplemente porque no les dejaron opción. Al final, el fútbol, es decir la forma en que ambos plantearon y jugaron el partido dejó muy en claro que era el temor y no la ambición lo que los motorizaba.
Que fue negligencia, que fue zona liberada, que son cosas que siempre ocurren, que pasa también en Europa, que algunos hacían "la gallinita" desde el bus, que faltaban las vallas de madera, que el chofer sufrió una lipotimia, que el bus de Ríver también fue apedreado, que el médico de la Conmebol, que las heridas son superficiales, que "podemos morir en esa cancha", que "vení a jugar" y todo el larguísimo etcétera que le siguió.
Son solo palabritas. El hecho es que la final más importante de toda la riquísima historia del fútbol argentino y sudamericano perdió su sede natural y la perdió para siempre. A partir del año próximo no se jugarán dos partidos alternando la localía sino solo uno y en un terreno neutral, en un país distinto del de los protagonistas.
Fuere por razones de seguridad, de organización o por negocio, los dirigentes argentinos se dejaron arrebatar la ocasión de una final única, histórica, y, como queda dicho, irrepetible.
Fue penoso.
Lo más triste fue que se faltara el respeto a 60.000 personas que colmaban el Monumental después de esperar muchas horas para ingresar y de nuevo muchas horas al sol hasta que se definió la suspensión del encuentro y alguien se apiadó y les dio la pésima noticia.
Se estima que el 30% había viajado desde otras ciudades con el sacrificio que eso implica. La frustración fue enorme y a ella hay que sumarle el destrato de los inútiles controles, cacheos, barreras, etc, cuando no en algunos casos la brutalidad policiaca más desconsiderada e injustificada.
Finalmente ni Quatar ni Dubai, Madrid.
La Copa Libertadores de América, torneo homenaje a Belgrano, San Martín, Bolívar, Miranda, Martí y tantos otros prohombres de la independencia americana de la Corona Española, se jugó en Madrid, España.
Solo nos quedaba, a los hinchas del fútbol, el partido. Era lo único, lo demás nos lo quitaron todo.
A los hinchas de uno u otro equipo les quedaba también el resultado. Paupérrimo consuelo degradado a cargada cruel que ya no a gozo triunfal.
A los que no somos de uno ni de otro pero amamos el buen fútbol, nos quedaba la esperanza de presenciar un encuentro a las alturas de esa enorme expectativa.
La manera en que lo jugaron nos hizo trizas esa tenue y pobre esperanza.
Los dos en consonancia con toda esa triste previa, jugaron "a no perder". Un solo delantero, volantes agrupados y retrasados, ambas defensas completamente libres para salir jugando porque los rivales no presionaban, por el contrario, retrocedían, pero aun así tan timoratas que no se animaban a salir ni a jugar.
El partido, sin dejar de exhibir la jerarquía y calidad de los futbolistas, fue un bodrio que solo podían disfrutar los fanáticos de uno u otro, pero no por el fútbol, solo por la adrenalina de la incertidumbre del resultado y, otra vez, no por genuina ambición deportiva sino por ese miedo pánico a la gastada.
Uno acertó un contragolpe en el primer tiempo (gran pelotazo muy preciso y derroche de calidad de su delantero goleador) y el otro hilvanó una buena jugada en el segundo tiempo, muy buena pero la única en 90 minutos.
¡Pobre fútbol! Ambos equipos muertos de miedo y sin voluntad de arriesgar nada, ni de moverse "ni un tranco de pollo" más allá de sus muchas precauciones.
Si creen que exagero, baste observar la actitud del goleador en el primer tanto del partido. Tenía a su hinchada de frente, una hinchada que cruzó el Atlántico para alentarlo, sin embargo su primera actitud fue burlarse del rival, recién después se acordó de gritar el gol.
¡Qué pena me dio!
Fue parejo y pudo ganarlo cualquiera de los dos. Ninguno quiso jugarlo, eso queda clarísimo.
Un grosero error del árbitro terminó de inclinar la balanza para uno de los contendientes y recién en los últimos minutos pudo verse algo de emoción cuando ya la suerte estaba echada.
Parejo en sus errores, el referee había perjudicado al equipo al que al final favoreció.
Todo horrible.
Los protagonistas desde muchas semanas antes, los encargados de la seguridad afuera y adentro del Estadio Monumental (no olvidar que el Presidente de la AFA tuvo que abandonar el palco amenazado por los socios y el Presidente de la FIFA fue groseramente agredido), los dirigentes de la Confederación Sudamericana, los dirigentes de los clubes, los periodistas, los tirapiedras, todos se confabularon para generar un gran, inmenso papelón.
El fútbol mezquino y timorato desplegado por ambos, indigno de semejante final, completó la obra: un papelón descomunal y que duele mucho.
Lo peor, como dijo el inmenso Dante Panzeri, es que "el fútbol es una muestra gratis del país".
Esa es la imagen que damos porque así somos, así es nuestra sociedad, no es por otra razón.
Para corregirse hay que primero reconocerse en falta. Mientras no lo entendamos, no lo cambiaremos.