“Los jugadores no pertenecen a sus clubes”, afirmó el francés Michel Platini. “Cada vez más son propiedad de compañías opacas controladas por agentes desconocidos o de fondos de inversión. Los jugadores no controlan sus carreras y son vendidos cada año para generar ingresos a individuos anónimos que sólo quieren manejar el dinero del fútbol”.
Aunque sin reglas muy claras, la FIFA pateó el tablero la semana pasada con la decisión de que los empresarios o los fondos de inversión, algo así como “los buitres del fútbol”, no podrán ser más dueños de los derechos comerciales de los jugadores de fútbol.
Esta práctica es conocida como “third-party ownership” (TPO). “Hemos tomado la firme decisión de que el TPO debe ser prohibido, pero no inmediatamente. Habrá un período de transición”, dijo el presidente Joseph Blatter.
A pesar de las presiones de la UEFA y el sindicato de jugadores (FifPro), la FIFA no había decidido actuar y el asunto no estaba en el orden del día.
La noticia produjo un revuelo importante en Europa y hasta en Brasil, donde se habla de que el 80% de los jugadores son propiedad de empresarios, quienes se quedan con el 30% de las transferencias internacionales, según cifras oficiales. Las mismas establecen que sólo en 2013 el monto total de las ventas fue de 3.700 millones de dólares, según datos divulgados por la FIFA.
Si bien en Europa es donde los empresarios tienen su mayor campo de acción, la realidad indica que quienes más necesitan de estos “mecenas” son las instituciones sudamericanas que se financian con los fondos que aportan los “buitres”.
La situación es clara, los empresarios ofrecen a las instituciones pagar deudas a cambio de los derechos de los jugadores (muchas veces de inferiores) o de un porcentaje de una futura venta.
Luego mueven a esos jugadores en el mercado con impunidad. Así desembarcan en distintas instituciones y van ganando poder. Los casos más significativos de los últimos tiempos han sido el traspaso de Marcos Rojo del Sporting de Lisboa al Manchester United, que fue decidido por el grupo Doyen Sports, el mismo que tiene gran participación en el Atlético de Madrid, y el frustrado pase del mendocino Enzo Pérez del Benfica al Valencia de España, en el que también había participación de un grupo empresario.
Se vulnera así un derecho fundamental del ser humano que es la libertad. Los futbolistas terminan siendo los nuevos “esclavos” y por lo que yo sé, al menos en Argentina, la esclavitud fue abolida en 1813.
Estos personajes toman rápidamente notoriedad y se convierten en los dueños del mercado. Así fue alguna vez con Guillermo Cóppola, Gustavo Mascardi y hoy Cristian Bragarnik.
Este último es el “representante” de cinco jugadores y el técnico de Godoy Cruz y hasta lo fue de los técnicos anteriores. Pero también maneja las compras y ventas de Defensa y Justicia y ya ha hecho pie en Independiente de Avellaneda y Racing.
Quienes defienden la situación, aseguran que la culpa de todo es de los dirigentes y algo de razón tienen. La impericia de los directivos para equilibrar las finanzas de sus instituciones es lo que les ha abierto las puertas a los “inversores”.
“Compartimos el riesgo. Así, si el jugador no hace las cosas bien, el club no pierde tanto dinero”, asegura un dirigente que advierte que sin los fondos de inversión sería imposible colocar un jugador en Europa.
La realidad es que por más que los anuncios son rimbombantes, es difícil creer que el escenario cambie, al menos en la Argentina. Porque hace tiempo que se amenaza con el descenso para aquellos clubes que no cumplan con sus presupuestos y resulta que los pasivos se siguen incrementando.
Nadie tampoco dice cuál será la sanción para aquellos clubes que no cumplan con la nueva decisión y hasta si se tomará la determinación de finalizar con los “paraísos fiscales” que resultan por ejemplo los clubes uruguayos desde hace poco más de una década.
Ni si también se va a hacer valer que los clubes sean asociaciones civiles sin fines de lucro y no sociedades anónimas, porque de lo contrario todo quedará en apenas un anuncio de la FIFA. Si no será una bomba más de humo a las que nos tienen acostumbrados las autoridades del fútbol.