3 de septiembre de 2018 - 00:00

El éxodo venezolano - Por Roberto Azaretto

En viejos noticieros hemos visto escenas como la marcha al exilio de los republicanos españoles derrotados por el fascismo. En otros, los pueblos que huían, llevando lo que podían, ante el avance de los nazis por Europa. Al fin de la guerra, le tocó a millones de alemanes desplazados de sus hogares, ante, la anexión de parte de territorios alemanes por La Unión Soviética y Polonia.

En los años veinte, millones de campesinos, fueron erradicados de sus tierras, en Ucrania, para ser trasladados a Siberia, por órdenes, del sanguinario Stalin.

Con motivo de la independencia de la India, millones de musulmanes fueron desplazados a Pakistán y otros tantos hindúes, de allí hacia la India, cuando el subcontinente se dividió en dos Estados, proceso que además provocó dos millones de muertos por los odios religiosos y raciales, crímenes bastante silenciados.

El  castrismo con su revolución cruel  y su fracaso económico provocó el exilio de un millón trescientos cubanos, pero en su mayor parte, más de un millón a los Estados Unidos y a lo largo de más de medio siglo.

Lo que ahora acontece, dos millones de venezolanos emigrando en dos años (según los datos más prudentes, pues algunos lo estiran a casi los tres millones) es algo inédito en la región, pues esa gran masa de gente, que en muchos  casos viaja caminando hacia donde pretende radicarse -a miles de kilómetros de su patria- lo está haciendo, en solo dos años. Se sabe, además, que un millón se está trasladando en malas condiciones de salud, dado la crisis alimentaria y el colapso del sistema de sanitario que ha provocado en la segunda potencia petrolera del mundo, un  régimen criminal, tiránico y mafioso.

Se presenta así un desafío para los países de América Latina, tanto en lo que puedan hacer para terminar con ese régimen, como para ayudar a las víctimas, de la tiranía cleptocrática chavista.

Todos los días miles de personas se están desplazando hacia Ecuador, previo paso  por Colombia, donde ya viven una gran parte de los emigrados; hacia Perú, Chile y la Argentina. Otros por la frontera común lo hacen hacia Brasil.

Esta emigración está tomando niveles comparables con la tragedia que ha provocado en Siria otro tirano sanguinario y corrupto. La novedad es que nunca se había dado en América Latina una catástrofe humanitaria de tal magnitud.

Es cierto que en el  siglo XIX y primeras décadas del siglo XX decenas de millones de Europeos se desplazaron hacia los Estados Unidos, Brasil, la Argentina y los países de Oceanía, pero fue en un contexto diferente y con otras expectativas. Era en  su mayor parte gente que buscaba trabajo y progreso.

En el caso de Venezuela coinciden la persecución política, el derrumbe de la economía, la hiperinflación y la crisis alimentaria. Estos problemas afectan en un corte transversal a toda la sociedad venezolana,  más allá de sus niveles educativos y socioeconómicos.

La crisis nos lleva a ciertas reflexiones sobre el silencio de la izquierda y el populismo sobre el fracaso chavista como así también queda clara la falsedad  hipócrita de ciertos organismos que se han arrogado y usurpado la causa noble de los derechos humanos y ahora están en silencio ante las violaciones que de ellos y todas las libertades democráticas hace ese régimen, que si  no fuera por la tragedia humanitaria deberíamos calificar de bufonesco.

El mismo silencio ante la represión del dictador de Nicaragua, Daniel Ortega, otro que ha implantado un régimen familiar cleptocrático, tan tiránico, cruel y corrupto como el somocismo.

Este drama no nos puede dejar indiferentes. Muchas veces se escuchan discursos sobre la patria grande y la hermandad latinoamericana, que en los hechos, para lo único que ha servido es para crear puestos burocráticos y proteger dictadores, que por ser electivos no dejan de serlo. Es hora que los gobiernos de la región adopten una agenda tendiente a aliviar la situación de estos millones de personas a las que nos unen raíces  y  culturas comunes e incremente las acciones  para lograr la recuperación democrática de Venezuela y de Nicaragua donde ya han sido asesinados más de trescientos opositores.

Venezuela, cuando era una democracia, fue muy solidario con los exiliados argentinos, se lo debemos.

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