Fue demasiado importante el debate entre los dos candidatos. Hace apenas unos meses pocos hubieran esperado que estas elecciones nos regalaran tanto. Gobernados por una secta que se concebía invencible, por una presidenta que utilizaba las cadenas oficiales como condenas mediáticas, por una oposición débil y un oportunismo exuberante, esta segunda vuelta confirma mi teoría que instalaba al kirchnerismo como una enfermedad del poder y, en consecuencia, pasajera.
Me cansé de discutir con analistas y opinadores que sumaban los votos de los senadores y diputados, de gobernadores e intendentes, como si fueran militantes de una causa que consideraban noble. Ni Scioli la nombró a la Presidenta, ya ni el oscuro personaje de Zannini habla sobre su futuro. Y gane quien ganare vendrá la hora de las traiciones y pases, del oportunismo más crudo, de ese que llevó a algunos a irse con Scioli cuando ya estaba en riesgo de derrota. Para ser traidor no alcanza con ser indigno, se requiere además algo de talento.
Todavía no apareció la política en su versión más acabada, fue una discusión entre dos aficionados apasionados, pero hombres que descubrieron la política de grandes, dueños de una vocación tardía.
La política es un arte y ningún arte se aprende de grande, algo nos pasó para que los partidos no tuvieran candidatos en sus estructuras, para que tanto progresismo no aportara siquiera personas dignas de ser votadas.
Llamativo, en una sociedad con tantos militantes los candidatos están ambos lejos de venir de ese mundo. Y Macri venía de varios debates, Scioli enfrentaba su primer desafío, ninguno de los dos se animó a salirse del libreto; este es el drama de los asesores, construyen cárceles del pensamiento, terminan dañando al asesorado al limitarlo de ese modo.
Scioli tuvo un gesto tardío de distanciamiento de la Presidenta, demasiado tarde para ser creíble. Siempre aplaudiendo y ahora quería que le creyéramos que tenía opinión propia. Le pesaba -y mucho- el kirchnerismo, un cerco desde el cual era imposible convocar otros votos de los fanáticos de la causa que agonizaba en su propia elección.
Y Macri necesita sacarse de encima al liberalismo económico, una escuela que siempre enfrentó al peronismo acusándolo de demagogia o populismo, pero cuando gobernó engendró dependencia y pobreza. Cada uno tiene una mochila que ocultar, disimular o al menos negar.
El proceso electoral es duro, se pegan fuerte, se respetan lo justo como para no quedar mal parados. Los grandes temas asomaron pero ni siquiera entraron en discusión. Para Scioli todo lo estatal es bueno, cualquiera sea su manera de expresarse, cualquiera sea el costo económico que exija. Hablaba de las universidades nuevas, verdaderas cuevas de oficialistas sin nivel, o tan solo con el currículo de ser Nacionales y Populares, universidades kirchneristas; ya el tiempo dejará en claro la mediocridad y corrupción de esas propuestas.
Y como algún economista habló de más, el tema de la salida del cepo quedó instalado como la pérdida del paraíso. Como si ese límite que nos instala en el peor lugar de la humanidad fuera un logro que necesitamos conservar para no devaluar. Parece que en lugar de un candidato y un partido terminamos votando un valor para el dólar. Pocas trampas fueron tan absurdas para la política, claro que si los economistas no aprenden a hacer silencio terminamos conducidos por los encuestadores, que esos sí son los verdaderos guías extraviados. Aprendamos de una vez y para siempre que la política es un arte que no tiene sustitutos.
Scioli defiende el Estado kirchnerista como si fuera el Estado necesario, como si diera lo mismo acomodar parientes y obsecuentes que construir viviendas o hacer escuelas. Macri no va a tocar el Estado actual en sus beneficios sociales, pero sin duda va a tener que desarmar la maquinaria de alcahuetería paga que termina convirtiendo a un filósofo en un triste decidor de estupideces. Eso es lo malo de cultivar oficialistas rentados, la droga del salario puede terminar desarmando la escasa cordura del portador.
Insisto con que me siento halagado por reiterar que el kirchnerismo era una enfermedad pasajera. Ahora viene una democracia en serio, de primeras minorías, obligada a negociar.
Vienen tiempos en los que debemos debatir grandes temas, nos dejan una sociedad en la que hay desocupación pero es muy difícil encontrar personas con voluntad de trabajar. La ayuda del Estado es tan importante como riesgosa cuando convierte al ciudadano en clientela electoral. Y el Estado se ha ido comiendo la energía productiva de la sociedad, el triunfo del burócrata sobre el esforzado trabajador o productor implica la degradación de la misma estructura social.
El orden no tiene ideología, cortar una calle es delito en La Habana y en Miami. El caos no es revolucionario, es atraso. Militantes no son los que cobran sueldos del Estado para construir fanatismos que de nada le sirven al crecimiento colectivo.
Y el antiguo conflicto entre el peronismo y el sectarismo de la izquierda marxista que los Kirchner mezclaron y utilizaron degradando a Perón, ese conflicto ejerce su venganza votando por Macri que no se dice de nuestro palo pero que no usa nuestra historia, y al menos nos respeta.
Macri y Scioli son el final del kirchnerismo, y éste, la peor decadencia que sufrió la política nacional. Desarrollaron el juego como el oscuro objeto del deseo al servicio de una causa corrupta. Corrupción y fanatismo, una mezcla explosiva que nos toca a todos desarmar. Y por suerte, en este final electoral no hay grandes aportes, pero ya nadie se anima siquiera a mentar la soga en casa del ahorcado.
Nadie nombró a la Presidenta, ambos candidatos saben que el oficialismo es lo que necesitan superar. El kichnerismo se va para siempre, pongamos fe en el país que viene, y que merecemos forjar entre todos.