5 de febrero de 2020 - 00:00

El cowboy de Comodoro Py - Por Carlos La Rosa

Todo ocurrió en los primeros dos días de la primera semana de febrero, cuando se terminó la feria judicial. Cristina Fernández de Kirchner, vicepresidenta a cargo de la presidencia, declaró la guerra a la Justicia que, según la señora, se la había declarado antes a ella. E inició una dura contraofensiva denunciando a sus acusadores de perseguirla con fines espúreos. De “lawfare”, como se dice en la nueva moda. A las pocas horas del ataque de Cristina, fallece el principal sujeto de su cruzada contra la Justicia: el juez Claudio Bonadío, quien la había multiprocesado y solicitado para ella varias prisiones preventivas. Aunque la mayoría de las causas ya fueron elevadas a juicio, probablemente nada será igual sin Bonadío, el magistrado que, si no fallecía, el kirchnerismo tenía todo preparado para desajolarlo inmediatamente del sillón de su poder.

Porque eso fue precisamente el fallecido, un hombre del poder que un inesperado día decidió asumir ese poder para sí y lo ejerció hasta las últimas instancias sin dudar y sin inmutarse. Con el mismo frenesí como cuando en 2001 acribilló a tiros a un par de delincuentes que intentaron agredirlo. Bien a lo cowboy, bien a lo far west. Como un John Wayne de Comodoro Py murió desenfundando sus pistolas hasta el momento final.

Fue un peronista peronista, de la agrupación Guardia de Hierro, de donde también proviene el Papa Francisco, con el cual conservó la amistad, ya que el Santo Padre lo reivindicó por algunas guapezas como su actuación en la tragedia de Once. Los “guardianes” en los años 70 se consideraban los soldados de Perón, aquellos que querían proteger al General tanto de los fachos como de los zurdos infiltrados en el movimiento. Se sentían leales y ortodoxos, los que leían la doctrina peronista literalmente, sin usarla para fines sectarios y criminales como los montos o la triple A. Mientras los grupos opuestos se mataban entre sí tras gritos de guerra, los guardianes, sin ser menos rudos, levantaban una rara consigna en medio de tanta violencia: “Sonríe, Perón te ama”. Y quien fue de Guardia de Hierro nunca deja del todo de serlo. Ni Francisco ni Bonadío.

En los años 90, ya bien entrada la democracia, Bonadío hizo sus primeras armas en la política con un cargo legal burocrático en el gobierno de Menem. Sin embargo, el menemismo lo quería para más y lo nombró juez federal en Comodoro Py porque necesitaba ampliar la cantidad de jueces leales al poder del gobierno. Si hay un nombre paradigmático escrito en la famosa servilleta de Corach que denunció Cavallo, ése es el de Claudio Bonadío, el juez del poder por antonomasia. Tanto que pudo zafar de todas las irregularidades que en discreta cantidad cada dos por tres le atribuían.

No fue menos con el kirchnerismo al que supo defender tan bien como al menemismo. Pero un día todo cambió, poco antes de que la presidenta dejara de serlo. Allí dejó de usar su poder para otros y comenzó a usarlo para sí mismo. O para Comodoro Py. Pasó a ser en pocos años el enemigo más enconado de Cristina Kirchner y sus principales espadas políticas y empresariales. Se granjeó, con sus acusaciones y procesamientos, un odio de esos que no se olvidan por parte de los imputados y sus defensores. Basta ver con qué saña y maldad ayer lo maldijeron los que fueron objeto de su dedo acusador. “La muerte le sienta bien”, dijo uno de los abogados de la señora de Kirchner. Alguien quizá debe también haber dicho que “viva el cáncer”. Odio vivo para los muertos, odio gorila o peronista, lo mismo da.

Sus acusados lo querían sacar de su cargo a lo Oyarbide, sólo que a éste lo sacaron por lamerle las botas (y todo lo demás) al poder, mientras que a Bonadío lo querían sacar no por sus anteriores obsecuencias, sino por enfrentarse con singular osadía contra el poder. Vaya uno a saber las razones del cambio del juez, pero la única verdad es la realidad. La mente humana tiene esos misterios.

Actuó en lo de Once, en lo de Nisman, en lo de Irán y en infinidad de causas más, pero su protagonismo estelar fue en la causa de las cuadernos que, sin él, hubiera sido muy difícil que se iniciara y continuara. Allí confirmó todas sus presunciones. Descubrió con pelos y señales no sólo la ruta del dinero de la corrupción, sino la matriz de la misma, el huevo de la serpiente. Desde entonces se dedicó -en medio de un clima bélico desatado por los acusados, sus abogados y sus jueces- a sacar todo el jugo posible a las innumerables conexiones que aportaron los cuadernos, caminos que conducían todos a la Roma de la corrupción en su quintaesencia.

De aquí en más, en los juicios orales donde depositó el fruto de sus investigaciones, deberá determinarse si los acusados son culpables o inocentes. Habrá que ver si sin él los juicios siguen y se ajustan a derecho. No será fácil. El clima de guerra judicial o de prosecución de la batalla política en el terreno jurídico, ya está instalado. Es una decisión del poder. Bonadío llegó hasta donde pudo. Ahora todo depende de la fortaleza, mejor dicho de la resistencia de las instituciones.

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