Quien ha estudiado latín en su escuela secundaria o en sus años de universidad habrá podido comprobar aquella afirmación según la que el género de los sustantivos es convencional o arbitrario; así, nos sorprendía aprender que los nombres de plantas eran, en aquella lengua, de género femenino y que ‘el ciruelo’ (“ciprus”), ‘el manzano’ (“malus”) o ‘el peral’ (“pirus”), si bien tenían terminación en –us, que asociábamos con el masculino, debían llevar a su lado adjetivos femeninos. Los frutos, en cambio, eran de género neutro; también, el mal y el vicio, el animal, el rayo y el río, el cuerno y el corazón, hoy masculinos, eran de aquel género. Por el contrario, la flor, para nosotros femenina, era un sustantivo masculino. Y la sangre y la rodilla, femeninas para nosotros, eran de género neutro. Podríamos citar muchos ejemplos más, que permiten inferir que el género que atañe a las cosas, a los animales, a los vegetales, a aspectos de la vida cotidiana, varía de una lengua a la otra, sin que el género gramatical esté determinado por la naturaleza de aquello que designa.
¿Qué cuestiones de género, en la evolución del latín al español, nos sorprenden hoy?
Nos causa sorpresa que un sustantivo neutro “lignum”, que traducimos al español como “el leño”, daba en su plural “ligna”; de este plural neutro, se deriva hoy un sustantivo femenino, “leña”, que toma valor colectivo. Asimismo, “caput” cuya traducción es “la cabeza”, era de género neutro; su plural vulgar “capitia” da origen al sustantivo femenino ‘cabeza’. El sustantivo neutro “nomen”, que traducimos como “el nombre”, de género masculino, daba en plural “nomina”, conservado en español como ‘nómina’ (“conjunto de nombres”) y que, a diferencia del latín, lleva tilde y es de género femenino.
Y ¿cuál era el género del sustantivo ‘arte’? En latín, era el sustantivo “ars”, femenino; curiosamente, tenemos en el español actual la coexistencia de los dos géneros para ‘arte’. Su significado abarca estas acepciones: “actividad humana que tiene como fin la creación de obras culturales”, “conjunto de habilidades, técnicas o principios necesarios para realizar una determinada actividad”, “instrumento que sirve para pescar” y “maña o habilidad”. Respecto de su género, si lo usamos en singular, le atribuiremos, generalmente, artículo y adjetivo masculinos: “El arte moderno se sustenta en principios diferentes” y “Allí encontrarás una síntesis del arte gótico”. En plural, se usa en femenino: ‘las artes marciales’, ‘las malas artes’, ‘las artes plásticas’. Sin embargo, no siempre en singular es de género masculino; si toma el significado de “conjunto de normas y principios para hacer bien algo”, tendrá género femenino: decimos, entonces, ‘arte poética’, ‘arte métrica’, ‘arte amatoria’. De todos modos, en singular, siempre el artículo que acompaña al sustantivo ‘arte’ es ‘el’, tanto si se desempeña como sustantivo masculino como si lo hace como femenino. En este último caso, se debe a que, por comenzar con una ‘a’ tónica y por razones de eufonía, el artículo siempre será masculino: “El Arte poética de Horacio es el nombre que se da, comúnmente, a su Epístola a los Pisones”; “El Arte amatoria o Arte de amar perteneció a Ovidio”.
Cuando éramos niños, cantábamos “La mar estaba serena”; también decimos que reina mal tiempo en ‘alta mar’, pero afirmamos que ‘el mar está embravecido’. ¿Cuál es, entonces, su género? En latín, el sustantivo era de género neutro y de ello nos queda hoy el comprobante en la palabra ‘maremágnum’ (“abundancia, grandeza o confusión”), pues esa terminación en ‘-um’ da idea de la concordancia en aquel género, entre el sustantivo (‘mare’) y el adjetivo (‘magnum) Sin embargo, al pasar al español, ha conservado los géneros masculino y femenino; será, en general, masculino: “El mar tiene sobre ella un efecto mágico” y “Me iré unos días al mar”. Pero, nos dice el Panhispánico, la gente de mar (pescadores, marinos, hombres y mujeres del puerto) lo usa ordinariamente en femenino: “Cuando las olas embisten, la mar se pone brava” y “Se hacen a la mar muy temprano”. Hay, en ese ámbito, una serie de expresiones, que dan cuenta del estado del mar, en femenino: mar crispada, mar calma, mar rizada. Otras frases hechas alternan los géneros: ‘la mar de gente’, pero ‘un mar de dudas’ o ‘un mar de lágrimas’. En cuanto al plural, siempre se da en género masculino: ‘los mares’.
¿Y qué sucede con el sustantivo ‘azúcar’? Sabemos por las fuentes académicas que es válido su uso en ambos géneros y, por esa causa, el diccionario nos dice que es “ambiguo”. Esa ambigüedad se advierte, sobre todo, en el uso del adjetivo que acompaña al sustantivo, no así en el artículo que aparece en masculino: ‘el azúcar blanco’ y ‘el azúcar blanca’; ‘el azúcar molido’ y ‘el azúcar molida’. En plural, siempre es de género masculino: ‘los azúcares’.
Con respecto al sustantivo ‘sartén’, no es igual su uso en cuanto al género en España y en América: mientras los españoles usan predominantemente el femenino que la palabra tenía en latín (“sartagine”), en América se dan los dos géneros, con claro predominio del masculino. Así, pues, un español dirá que ‘puso a freír la cebolla en la sartén’ y nosotros afirmaremos que hicimos lo mismo ‘en el sartén’.
Al revisar nuestros antiguos conocimientos de la gramática latina, encontramos que los verbos poseían, en su voz activa, un participio presente. Son innumerables las voces españolas que derivan de aquel participio y que podemos detectar por las terminaciones ‘-ante’, ‘-ente’ o ‘-iente’; ejemplos son las palabras ‘amante’ y ‘estante’; ‘ausente’ y ‘sedente’; ‘paciente’ y ‘valiente’. ¡Cuántas observaciones se han hecho respecto de no formar el femenino en –a para estas palabras! Y la duda se instaló, sobre todo, a partir del femenino de ‘presidente’. Claramente, la voz académica dice, en cuanto a su significado, que es “quien preside algo”, concepto que se extiende al Estado. Y añade:
“Por su terminación, puede funcionar como común en cuanto al género (‘el/la presidente’); pero el uso mayoritario ha consolidado el femenino específico ‘presidenta’:
Tatiana, la presidenta del Comité, no le dejaba el menor espacio”. Averiguamos, también, que, de manera análoga, son correctos los sustantivos ‘comedianta’, ‘gobernanta’, ‘clienta’, ‘ayudanta’, ‘intendenta’, ‘sirvienta’.
Antes de determinar un cambio de género, resulta útil conocer la historia de los términos, enriquecida por el uso secular de los hablantes y no reducir la cuestión genérica a una permuta de vocales.